De Königsberg a Tegucigalpa y viceversa

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Un amigo me envía un enlace junto al críptico mensaje “tenés que leer esto” y la curiosidad me empuja al click inmediato: ahí está, encabezando la edición electrónica de un diario capitalino, el titular a cuatro líneas que da la razón al cofrade: “No escribo por fama o dinero, es una forma de caridad” (sic). Siempre pasa, cuando crees que ya lo has visto todo, Anchuria te reserva cada sorpresa…

Sigo con el “texto” y la cajita de Pandora empieza a desgranar su contenido. Así nos enteramos que el susodicho escribe los versos más apasionados mientras observa por la ventana cómo el mundo sigue su curso, que declamaba en el Día de la Madre, que de niño su poesía era muy mala (y los años no la han enmendado pese a que puede pasar toda la noche en un solo verso), que lee a Vallejo, Pessoa, Cavafis, Machado, Borges, Neruda (aunque este hecho no incida en su poesía), que ha publicado nueve libros, que ha sido traducido a diez idiomas (entre ellos al esperanto, como vociferaba el olvidado vate costeño a quien Sosa comparaba con la soledad sahariana).

Frases inolvidables que nos preparan para las perlas auténticas: no cocina “porque si cocinara tendría que ir a al supermercado”, además ha investigado que “el cerebro funciona con oxígeno y eso lo da el deporte”, que no es de derecha ni de izquierda pero asevera que “Juan Orlando ha trabajado seriamente en sus objetivos propuestos en campaña y tiene años para mejorar lo que no ha hecho hasta ahora”, y así prosigue hasta revelar que su momento musical del día es cuando pone en su vitrola la marcha del general Carías (¡!).

Todo este despliegue verbal sería puramente anecdótico si el individuo de marras mantuviera su vida circunscrita a su casa, donde no hay televisor, ni estufa ni refrigerador, pero lo preocupante es que su actividad, más allá de su trabajo en la banca privada, trasciende a otros ámbitos mediáticos donde pontifica, junto a otros piantados vernáculos, sobre arte, cultura y literatura. Aquí aplica el dicho que advierte que “Dios los cría y el diablo los junta”.

Y los junta en la autonombrada, pero ilegítima, televisión educativa. Cada semana, en una noche digna de Berthe Trépat, podemos asistir a un pintoresco cenáculo donde el poeta caritativo expele axiomas junto a contertulios de excepción, donde destacan los jerarcas nativos de la academia que “limpia, fija y da esplendor” y el recio pensador híbrido wittgensteniano-kantiano que enfatiza sus asertos a golpe de borgeano bastón.

En esas noches inolvidables se pueden escuchar juicios hermenéuticos reivindicativos de la foto-sujeción del amuleto pensante, diatribas al ritmo de relámpagos y gritos de Jericó (censurados por su parecido al estribillo de moda “fuera J”), disertaciones gödelianas sobre la teoría de cuerdas y la dinámica subatómica de partículas, rematadas con frases lapidarias que anuncian que Tegucigalpa, la ínclita capital de Anchuria, apunta a convertirse en la Königsberg del nuevo siglo. ¡Vade retro Kant!

En un país del primer mundo, tan insólitos actos de habla disfrazados de mediática puesta en escena no concitarían más que un par de sonrisas y una palmadita en la espalda, pero en Anchuria (la tierra de acá, opuesta a la tierra de allá) estas tertulias son tomadas por una pléyade de incautos (y una claque de ocasión) como la versión posmoderna de la academia platónica que motiva a los eternos diletantes seudo literarios a sumarse a la farsa con el discreto afán de lograr el ansiado reconocimiento mediático.

Ya Debord adelantó en 1967 con notable precisión los peligros de la entronización del espectáculo, incluso en dimensión aldeana, en detrimento de la vida cultural, y en 2012 Vargas Llosa, desde la atalaya del Nobel, puntualizó los riesgos de esta banalización de las artes y la literatura, tras advertir que la vacuidad y la chabacanería han ido socavando la cultura a punto de que “está en nuestros días a punto de desaparecer”.

Pero esta visión que para muchos es “fatalista” tiene antecedentes nacionales que se podrían rastrear hasta Heliodoro Valle, a quien el caritativo personaje adjudica en su entrevista una visión paradisíaca de Anchuria, lo que nos hace concluir que jamás leyó siquiera su frase más célebre: “la historia de Honduras podría escribirse en una lágrima… han corrido largos ríos de sangre en una larga noche de odio y de dolor.”

A un paso de distancia, Marco A. Rosa añadió que Honduras es una “tierra de pasado histórico tristísimo”, mientras Roberto Sosa suscribía la imagen de un “peñasco sin posible salida”, en el que la historia “se puede escribir en un fusil, sobre un balazo, o mejor dentro de una gota de sangre”, y Ramón Oquelí concluye que nuestra historia “puede resumirse en una lágrima y en un bostezo: historia trágica y aburrida, reiteradamente monótona.”

Avanzado ya el primer cuarto del siglo XXI, ejemplos como los arriba citados de poetas e historiadores, confirman la vocación profética de tan ilustres antepasados: han corrido ríos de sangre y nos abaten la oscuridad, el dolor, el odio, pero nunca se alcanza el aliento trágico que ennoblece la desgracia, por el contrario, al final de la jornada el análisis concluye con una lágrima furtiva seguida de un amplio bostezo. Y nuestra vida cultural reivindica, especular, la expresión lapidaria de Oquelí: es reiteradamente monótona. Y la imagen que dibuja es, en algunos aspectos, definitivamente caricaturesca.

Caricaturesca es, sobre todo, la deriva que marcan la literatura y sus prácticas en esta modernidad líquida y tercermundista. Atrás han quedado el civismo ejemplar de Froylán Turcios, la lucidez crítica de Salatiel Rosales, y la herencia universal de Roberto Sosa y Óscar Acosta se ha degradado al nivel del más zafio provincianismo; lo que queda, salvo excepciones notables, se parece al “manicomio” esbozado por Daniel Laínez el siglo pasado.

Y en este manicomio ocurrencias como los del poeta caritativo y sus contertulios de la televisión educativa se tornan ejemplares y el desbarajuste cultural “marca país” se consuma y propaga, mal que les pese a Debord, Vargas Llosa, Heliodoro Valle y Oquelí, “bajo esa sensación de ternura que produce el dinero”, una vía paralela que nos recuerda a la ecuación de Bolaño: literatura + enfermedad = enfermedad.

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