Horizonte de sucesos

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Uno escribe en la página que la ciudad es un despliegue absurdo de simetrías, pero cuando deja la computadora, levanta la cara y otea por la ventana, la encuentra convertida en un mural de figuras irregulares y torcidas. Uno se descorazona con eso y acepta la incerteza rezongando, pero luego olvida la disparidad que hay en cada pensamiento humano y se esmera por seguir con su tonta tarea de cronista. Es seguro que deberá procurarse un punto de apoyo más firme para la cantidad de verbos y sustantivos que tiene trabados en la punta del lóbulo temporal.

Quizá se engañó con la ventana, por eso uno se levanta de la silla y corre los visillos hasta el tope: es la misma ciudad la que contempla, sólo que esta vez sobra el agujero que la ventana abrió en el paisaje. Si uno es consciente de su labor, se detendrá en este punto, dejará de escribir y se dedicará a otra cosa más provechosa, pero si ya no le importa nada, si tiene las ideas encarnadas, seguirá con la purga, tratará de hallar un sentido a ese pináculo de techos oxidados que traban su visión. Si persiste topará con la otra ventana, en el edificio de enfrente, en un nivel propenso al voyerismo. Chocará con la pareja que se encuadra en ella y con el calor endemoniado en que se debaten sus cuerpos. Tendrá que desviarse a escribir acerca de su desnudez, de la lascivia con que traban sus extremidades inferiores, pero cuando enumere eso, cuando lo cuelgue de la página, la pareja habrá cambiado, tendrán sus huesos revestidos de calor y estarán enfrentados a muerte.

Despotricará uno contra la incertidumbre de los hechos, contra ese movimiento del mundo, contra su huida cruel. Apartará la cara con asco, pensando, nada es posible en esta realidad indómita y deslucida donde se sobrevive y, además, los humanos somos unos animales.

Nomás aparte la vista, la ciudad lo deslumbrará de nuevo, se habrá ido transformando, en el ínterin, en un diagrama de siluetas ennegrecidas y los autos remarán entre sus senderos con fastidio. Volverá la vista hacia la pareja, mejor: dos líquidos en ebullición, dos masas que se lancean con estupor. Tendrá uno deseos de cerrar la ventana, trancarse las palabras que le escuecen el cerebro; querrá irse a dormir. Pero el embotamiento no lo dejará moverse, verá sus extremidades estaqueadas, su trasero empantanado en la silla. No hay manera de quitarse de en medio, quedará uno aterrado frente a aquel enorme horizonte de significados.

Decidirá jugar a las probabilidades entonces. Qué tal si cambiamos el destino de las cosas, por qué no hacemos que se despojen de sus apariencias despiadadas, por qué no las echamos a andar, que participen de nuestra tristeza. ¿Sería posible algo como eso? Hasta hace poco nos llamada la atención su desencanto descomunal; pero al voltear a mirarlas de nuevo, uno vuelve a descorazonarse, sería ingrato pensar que van a romper con sus leyes físicas para acompañar nuestra soledad.

Mejor volver a la pareja que piafa, mejor embrocarse en la contemplación del amasijo de sus miembros agresores. Probemos a transportarlos hacia este sitio estéril de la página, piensa uno, que invadan nuestra intimidad. Su retozo podría tener un significado más firme de este lado. Uno trata de llamar su atención, pero ellos se hacen los desentendidos, se enfrascan en su patosidad. ¿Y si transformara su jueguito en una burda enunciación gramatical? Vamos, muchachos, vengan, crucen la calle, evadan el tráfico, suban los pisos, cerquen la cama calientita… hay espacio suficiente para ustedes en esta conciencia.

Mientras uno hunde el diminuto teclado, deja de verlos y eso crea la imposibilidad, la tristeza. La precisión no es un componente esencial de este universo cruel, razona uno, golpeándose la sien, mientras los deseos de arrojarse desde la ventana crecen en el pecho.

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