Primera visita

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“Un perro que intenta escribir un poema sobre el porqué ladra,

¡ese soy yo, querido lector!”.

Charles Simic

Para la ciencia médica, el insomnio es una patología de causas múltiples; pero cuando esos motivos cobran características colectivas, se convierte en un fenómeno social de difícil cura o tratamiento. Y esto es lo que “sociedades” como la nuestra, en un istmo tan propenso a la ira y la extinción, nos ofrece a diario como sello de identidad. Vivimos (o sobrevivimos) con los ojos abiertos, con el temor a los súcubos permanentemente retratados en la mirada, en permanente vigilia, como el condenado a muerte que no sabe en qué momento caerá sobre su cabeza la espada de Damocles. Somos los eternos vigilantes de un orbe que se desmorona, que colapsa sobre sí mismo.

No tenemos que ir a ningún lugar exótico para experimentar la pesadilla, pues forma parte de la argamasa de nuestros días y sus noches; en cambio, el sueño, tendemos a buscarlo más allá de nuestro espacio cotidiano –en el norte imperialista, en el cielo cristiano, en el motel “Mi segunda ilusión” o “La maroma”, en el horizonte siempre esquivo de una patria que se quiere refundar sobre arenas movedizas-, tal vez porque ya hemos abandonado la idea de que en lo cercano es posible ser feliz y, con soslayada resignación, ubicamos nuestras aspiraciones en el más allá de nuestras posibilidades como momentum histórico. Entretanto, nos revolvemos en nuestro camastro, damos el pataleo necesario, hacemos la protesta y las cosquillas de la fiera; sentimos que, en el sueño liviano, caemos interminablemente por un abismo que nos ha sido dado por patria y por época. Vivimos en el paleolítico de la evolución social, entre monstruos que alimentan generosamente nuestra pesadilla e insomnio.

Cuando me invitaron a escribir una columna sobre lo que yo quisiera, pensé en muchos temas posibles, pero, indefectiblemente, terminaba en ese foso de las pesadillas en que se convierte cualquier asunto para alguien que forma parte de este colectivo insomne, para “…esa minoría que se rehúsa a ser parte de una minoría oficialmente reconocida”. Que otros escriban sobre el sueño –pensé-, que yo me ocuparé de escribir, vértebra por vértebra, acerca de la pesadilla. Al cabo que también soy huésped involuntario de este inframundo, de este tremendo recinto plagado de fantasmas, bestias y gorgonas. Si busca usted la isla de la fantasía, el Hostal Coelho, póngalo en Trivago y, seguro, encontrará cientos de entradas. De hecho, hay uno en Chiclayo, a 1.3 kilómetros de la ciudad. Pero, para encontrarnos en el Hotel Insomnia, basta con haber nacido en Honduras o visitarlo con ojos ajenos al voyerista para vivir su pesadilla ciudadana.

En este punto debo referirme a dos seres que hicieron de la pesadilla y el insomnio -esos dos componentes inseparables de la vida y de la muerte-, una obra de arte, de la imaginación y de la inteligencia: uno es el escritor serbio-estadounidense Charles Simic, y el otro el artista alemán nacido en Suiza Paul Klee. Ambos comparten en mis insomnios o aficiones un lugar privilegiado. Descubrí a Paul Klee en mi adolescencia. Lo más fácil era que me arrobaran sus imágenes coloridas, las cincuenta marionetas que diseñó y construyó para su hijo Félix o las fantásticas pinturas para decorar habitaciones infantiles; sin embargo, hay una ilustración de Klee, que viene bien para esto de lo que hablo. Se trata de “Simbad el marino”, pintada en 1923 como frontispicio para la obra literaria homónima. Es esta la pintura que yo hubiese elegido para decorar mi habitación de niño, si me hubiese sido posible. En ella Klee entenebrece su paleta hasta la pesadilla, con su estilo ilusoriamente infantil. Por su parte, Simic publica en 1992 su libro de poemas Hotel Insomnia, en el que “la suspensión de lo sublime”, logrado con un humor preciso, hace que el poema asuma aires de grandeza desde la miseria y corresponde perfectamente a esa protohistoria de Simic, en un país en guerra (la antigua Yugoslavia), bajo la ocupación alemana. Dice Simic que, en esos años, sobre la mesita junto a su cama, había una radio y que “…la tentación de encenderla es la culpable del insomnio que padezco desde tiempo inmemorial”, tal vez para recibir alguna advertencia de la bomba que podía caer sobre él, en forma de bendición, del cielo.

Alguna vez Simic se dedicó a la pintura, para abandonarla después y entregarse a la poesía. Alguna vez Klee escribió poemas. En un lugar de su poema de adolescencia, dice Klee “Al norte de mi corazón de cuero/ comienza el marfil de un país que recorro/ muy raras veces/ No hablo de mi ofrenda al demonio del naipe/ …Este momento es mío/ vértice íntimo o víctima frecuente/ El azar no me quema las manos/ Soy entonces el gran negador/ dueño por un instante del mundo y de la nada/ Entonces por qué ceder en la última escalera/ saltar al vacío si el manotazo es luego/ como un solo disparo que derrumba castillos”. No me sorprende que existan esos vasos comunicantes entre estos dos hombres. Con toda seguridad nos alimenta con esos mismos jugos este país o esta realidad de guerra de baja intensidad entre ricos y empobrecidos, entre imbéciles e insomnes que tratamos de despertar del sueño inducido para caer en la pesadilla consciente. Ya habrá tiempo y espacio para ver a profundidad el bestiario.

¿De qué se trata, entonces, esto? De asistir, puntuales, a la negación de todo lo que se nos dijo que era convencionalmente aceptable; de asumir la tragedia con despiadada ironía e imaginación; de abrirle el pecho a los monstruos y dejarlos sin sutura; de señalar y desnudar la impunidad con que gobernantes, gremios, gnomos y poetas oficiales (entre otros esperpentos) administran el país, en todos sus órdenes. Todo para sobrevivir a la estulticia, para ser algo más que bestias en medio del páramo. El Belgrado de Simic es nuestra Tegucigolpe de ahora y de siempre, esa “res quemada viva” que dice el poeta José Luis Quesada. Simbad es Luis el albañil, Carmen la maestra o Berta, que siguen luchando contra los monstruos corporativos y su misión de expoliar nuestras riquezas y estupidizarnos en el intento. Para algunos nacionalistas por definición o por partido, empeñados en estimular todo lo “hecho en casa”, decir esto o comportarse en consecuencia es alta traición; salvo que, como dice el buen Simic, “El nacionalismo es el amor al olor de nuestra mierda común”. Se necesita algo más que eso para enfrentar la pesadilla: junto a la indignación, es necesario poner imaginación, ironía, acción inteligente; es decir, cierto arte propio y cultivado que, lamentablemente, pero así está bien, no se puede transmitir por ósmosis, en concordancia con la célebre sentencia del fundador de la Bauhaus: “El arte no puede enseñarse”.

Entremos, pues, diestros o siniestros, a esta sucursal modesta y personal de Hotel Insomnia.

2 Comments
  1. maya garcia yu-shan says

    Si Samuel es un placer leerlo. Definitivamente el que tiene lo suyo, lo tiene y debe esforzarse en mejorar siempre y compartirlo (donde aplique). Seguire leyendo…

  2. carlos rodezno says

    Que placer leerte… idea, lenguaje, estética, arte y letra.

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