Los días y los muertos, o el tachar y reescribir desde Honduras

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En los últimos años, la frontera narrativa en Honduras se ha ido difuminando cada vez con mayor rapidez. Y hablo de una frontera entre dos edades creativas, así como de una frontera que venía haciendo aduanaje entre lo cívico y el desarraigo. Dualidades puras. Las edades a las que me refiero son las de una tradición enmarcada en el realismo mágico y la de una muy esperada ruptura hacia ficciones que le apuesten al lenguaje enérgico de la más bizarra realidad. Una realidad que, en Honduras, muchas veces, supera a la ficción por su descarnada y aparente elaboración. En cuanto al desarraigo, podría decir que pocos novelistas hondureños u hondureñas han logrado encontrar el aleph donde el paisajismo y la auto conmiseración se transformen en un hecho universal, un desarraigo obligatorio para decirle adiós, para siempre, al aporte creativo en pos de la tan manoseada identidad nacional. Clichés duales. Mellizos dialécticos que se han resistido al lenguaje en aceleración de la época.

En Los días y los muertos pude celebrar, en principio, la llegada ya madura de esa ruptura y desarraigo. Giovanni Rodríguez monta una historia precisamente en base a esa dualidad, algo que muestra desde el arranque mismo de la historia, donde López -voz narrativa y actor principal de la novela- va tachando y corrigiendo al ritmo de un teclado aún mecánico – ¿el costumbrismo nacional? – su informe cotidiano, que luego se revela crucial en su trabajo como reportero de nota roja. Gran formato -me dije-, nadie mejor que un cazador de horrores para contar una ficción dentro del ámbito de un país donde las noticias policiales desbordan la no ficción. Y ni que hablar de los dos personajes detonantes de la trama, el ahora occiso Walter Antonio Laínez Enamorado -un gran guiño al sempiterno modernismo local – y Guillermo Rodríguez Estrada, el victimario alter ego que, como bien descubre López, irá revelando las motivaciones que lo llevaron a asesinar a Enamorado a través de su libro Autobiografía criminal. Un espejo dentro de otro espejo, fue mi segunda celebración. El reportero ya no es reportero, es policía de investigación.

Al principio de Los días y los muertos, la voz narrativa de López es una frontera transparente que pierde más que tradición. Pierde terreno, y se vuelve casi confusa con la voz de Guillermo Rodríguez Estrada y sus soliloquios existenciales, pero poco a poco, López va posesionándose de la novela y va desplegando su propia psiquis. Ahí es donde comienza la genuina personalidad de novelista en Giovanni Rodríguez, un despliegue de situaciones donde alcanza la soltura del célebre novelista chino Qiu Xiaolong, autor de sagas policíacas de enorme éxito en el mercado editorial. Y bien que puede López llegar a convertirse en el primer personaje de saga en la novela hondureña. Tiene todos los elementos: una vida marginal que le permite moverse con naturalidad entre los dos mundos de la precariedad y el riesgo; una soltería acérrima que le brinda cierta sed de aventura libre de contenciones moralizantes; y, sobre todo, una plasticidad de cine Noir que deja en el lector una buena cantidad de momentos memorables, al mejor estilo de los filmes policiales de los noventas.

Giovanni Rodríguez ha alcanzado ya su inequívoca edad adulta narrativa. En Los días y los muertos nos entrega una novela donde Honduras y sus atrocidades son apenas referencias en la dimensión de la creatividad y no el sustrato para hacer del escritor un prócer de la identidad.

4 Comments
  1. Cristian Rodríguez says

    ¡Qué obsesión con los dólares, por el amor de Dios!

  2. Giovanni says

    Muy buena triple lectura, Napo. Siento haberte hecho perder tanto tiempo (sin contar el que gastaste en abrir dos correos electrónicos nuevos -con la misma dirección IP y tres minutos de diferencia- y el invertido en dejar este comentario). Estoy de acuerdo en todo lo que decís, excepto en lo de que yo sea capaz de producir mejores ficciones. No hay que tener tantas esperanzas. Saludos.

  3. Ernesto says

    Buena reseña

  4. Napo Cruz says

    Me cuesta creer que de verdad esta novela reciba una reseña tan positiva. Después de una lectura incial de principio a fin, una segunda lectura también total pero no secuencial y un final repaso de las secciones más importantes, hay una sola conclusión admisible: esta no es una buena novela.
    Temáticamente carece de la resonancia a la que el autor apunta, estilisticamente resulta repetitiva y llana, y argumentalmente requiere de largos lapsos de suspensión de lógica para siquiera considerar ligeramente posibles sus ocurrencias.

    Estamos frenta una novela negra light: un homicidio desencadena una investigación (periodística, no policial) que sirve más como espejo social y temático que como eje argumental. El personaje principal, López, realiza pesquisas (palabra abusada por el autor, quien irónicamente es abiertamente crítico del abuso periodístico de ciertos términos) relacionadas a un caso donde víctima y victimario son figuras periféricas de su vida. Esta labor investigativa nos introduce a la vida de López (su hogar, su trabajo, su entorno) de forma limitadísima. Más allá de un par de detalles personales, no hay mucho que decir o pensar sobre este protagonista. Su función es ser nuestros ojos en esta historia y la cumple sin dejar una impresión tangible. Su trabajo es tratado con la misma ración de indiferencia y esto resulta particularmente decepcionante. La novela inicia con López en medio del proceso de redacción y corrección de una nota periodistica. Además de interesante, esto prometía ser un buen dispositivo de caracterización, pero, desgraciadamente, este recurso desaparece por completo y es en su mayoría reemplazado por una voz narrativa utilitaria hasta el punto de la insipidez.

    La novela se desarrolla en San Pedro Sula y gran parte del comentario crítico alrededor de ella se ha centrado en el retrato que pinta de esta ciudad como capital mundial de la violencia. Violencia que se percibe como omnipresente, grotesca, frecuente. Todo esto es cierto, el texto no se presta a la hipérbole en cuanto a su recuento del volumen y modalidades de muerte en San Pedro, pero tampoco es efectivo en cuanto a su misión de hacer al lector pensar en cómo es posible que los habitantes de este centro urbano se hayan acostumbrado a convivir con la muerte al acecho. Principalmente, esto se debe a dónde Rodríguez decide enfocar su narración: en López. Al presentar todo lo que ocurre a través de los ojos de un personaje a todas luces acostumbrado ese nivel de violencia y muerte, la crudeza de los hechos objetivos se pierde. No saber despegar un narrador omnisciente de la perspectiva de un personaje principal es un error común que muchos narradores cometen y en esta novela es particularmente grave debido a que el lector no puede interpretar la violencia como fenómeno, sino como una reacción de un personaje. Rodríguez pudo haber solucionado esto de varias maneras. La más fácil hubiese sido objetivizar los actos violentos que son narrados (uno en particular, en el que mucho del peso temático recae, resulta víctima de una yuxtaposición crasa), presentarlos con la crudeza y desapego con que son cometidos. Bien se dice que no es lo mismo verla venir que hablar con ella y la prosa de Rodríguez mantiene a su más importante motor temático a una distancia que resulta reductiva, condescendiente.

    Parte de la novela también es ocupada por los diarios tornados en novela de Rodríguez Estrada: el homicida que pone en movimiento el argumento. Después de cuidadoso repaso, creo que Los Días y Los Muertos es un caso de ficción canibalista, es decir, un texto que engulle a otro: quizá esta comenzó como la historia de Rodríguez Estrada y terminó siendo la de López. De ser este el caso, es toda una lástima. Esta es la mejor parte de la novela y por mucho. Rodríguez (el autor no el personaje) habita la piel de este joven inestable de forma interesante. Logra capturar muchos de los elementos clásicos de los narradores no confiables de la tradición negra y les da un giro perfectamente sampedrano. Es aquí donde como autor, debió apegarse a lo que sabe hacer (juegos metaliterarios, intertexuales) en lugar de buscar robustez temática por medio de un género literario sobre utilizado. Es toda una pena que al regresar a espiar a López, Rodríguez (el autor, de nuevo) decida infantilizar los aires de grandeza temática de su obra original. Al creerlos por debajo de lo necesario para plasmar adecuadamente la situación de la violencia local y nacional, Rodríguez, como dicen los gringos, se dispara en su propio pie: ciego a que su original intento era más interesante y que con el suficiente oficio pudo haber resonado con la realidad nacional, optó por crear una nueva trama que se tragara a la anterior y exacerbara sus problemas.

    Existe otro hilo argumental que corre paralelo y hasta se enreda con los dos principales, pero su planteamiento y resolución son tan fortuitos e improbables que no lo creo digno ni de un paquín.

    Esta novela ganó el Premio Roberto Castillo 2015 y no es difícil ver cómo lo logró, es de sobra sabido que los jurados (de la misma forma que los lectores incautos) son embobecidos por la posible relevancia de una obra más que por su calidad. La ya publicada (con sus debilidades y, claro, con sus aciertos) Tercera Persona rehabilita un poco la imagen de Rodríguez: regresando a su zona de confort, es obvio que es capaz de producir mejores ficciones. Espero que tenga la capacidad de mantener la cabeza fría y nivelada, y ojalá que no llegue a creer que de verdad escribió una novela digna de 10,000 dólares.

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