Vieja escuela

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El otro día un amigo me contó que tiene planeado viajar próximamente a Tegucigalpa. Se trata de un viaje de trabajo y lo hará junto con tres compañeros suyos. Está pensando llevarse un libro porque, según me dijo, los tipos son insoportables y sólo si lo ven leyendo lo dejarán en paz. Mi amigo es así, calcula el hastío que le provocan sus acompañantes en libros y duración del trayecto. Como el trayecto es de casi cuatro horas, y los tipos en cuestión son tres, supone que con un libro “mediano” puede bastar. De vez en cuando, me explica, debe lidiar con compañeros de viaje tan insoportables que en un viaje de San Pedro Sula a Villanueva ha llegado a leerse El arco iris de gravedad cuando apenas van por Chamelecón.

Pasan los años y está claro que los libros siguen teniendo una consideración especial, son como una moda que se niega a desaparecer y que no han heredado los que, durante un viaje, prefieren leer ebooks. Cuando estás leyendo un libro, la mismísima tapa ya es una clara advertencia de “no me jodan la puta vida”; en cambio el cobertor de un smartphone es, no obstante, una señal de auxilio.

Esa mala fama de leer en smartphones está relacionada con el hecho de que no sólo existe la posibilidad de que te molesten sino que sea obligatorio que lo hagan. Es algo incluso encantador: no ser conscientes de qué estamos haciendo significa que estamos desaprovechando nuestras vidas. Es como si estuviésemos a punto de morir de aburrimiento y tomásemos la decisión de leer en el teléfono al no tener con quién hablar, cuando lo cierto es que para no tener que hablar con nadie leemos en el teléfono. La imagen de alguien que clava su mirada en la pantalla de un dispositivo celular siempre me ha perecido un claro indicativo de modernidad, de que el tiempo transcurre muy deprisa y además lo hace estupendamente bien. Ya sea pornografía o sean escritores japoneses los que veamos, de cualquier modo nos estamos asomando al mundo.

En todo caso, yo sigo haciendo lo mismo, aun cuando soy consciente de que lo más probable es que me vaya mejor con un aparato incómodo y mucho más caro. Llega un momento en la vida en el que hay que saber diferenciar lo que querés de lo que te puede joder la existencia misma, como cuando vas a cubrir una noticia con una máquina de escribir teniendo a disposición una tablet. No logro adaptarme a esa carencia de romanticismo implícita en cada avance de la ciencia: todo el tiempo estoy rodeado de individuos quejándose de otros individuos que leen y escriben en aparatos que, según ellos, son diseñados para que perdamos el tiempo. Y es así como concluí que los que leen son los necios del smartphone y los que te fastidian el rato contándote sus mierdas, los nostálgicos de la “vieja escuela”.

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