Exceso de equipaje

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Fue al pasar por el Lago de Yojoa, cuando el bosque cambió de pinos a húmedo tropical y cuando los vidrios del bus se comenzaron a empañar contrariados por el aire acondicionado en el interior y el vapor afuera, que me di cuenta que ya no estaba en Tegucigalpa. Habían transcurrido apenas dos horas desde mi partida, muy cobarde, por cierto, porque no me despedí de nadie. Apenas dos horas y ya extrañaba cosas que ahora no puedo ni nombrar. Llegué a la terminal a mediodía, justo dos horas antes de mi entrevista de trabajo. Supuse que me quedaría tiempo de almorzar y se me hizo agua la boca al pensar en tortillas de maíz recién hechas; con lo que no contaba es que además de las tortillas me ofrecerían tajadas de plátano. Confundida, rechacé las segundas, y es que todos sabemos que se come una cosa o la otra, pero no ambas y menos en el mismo plato. Tres meses aquí y ya entendí que los sampedranos no tienen reglas para el consumo de carbohidratos.

Con remordimientos y ahora con mucha pereza y dificultad, corrí a buscar taxi. En el camino, el señor me hizo las preguntas obligadas: ¿de dónde viene?, ¿es la primera vez en SPS?, ¿tiene familia aquí o amigos?, ¿se vino por trabajo?, mientras se quejaba por una breve espera en el semáforo.

Tegucigalpa, no, no, sí. No contesté tan lacónicamente en realidad, solo me aburren las preguntas obligadas. Yo estaba más concentrada en ver el comportamiento de la ciudad. San Pedro Sula me pareció igual de acelerada que Tegucigalpa, pero más enfocada. Común y corriente, pero más ordenada. No quise seguir, las conclusiones apresuradas nunca me han salido muy bien después de todo.

Tres horas más tarde ya había conseguido el trabajo y ahora más me valía comenzar a acostumbrarme al calor, a sudar todo el tiempo, a tener montañas a un solo lado de la ciudad, al agua tibia en el lavamanos, el lavatrastos y demás tuberías. Tres meses y todavía me despierto si en la madrugada no hay aire acondicionado cuando se va la luz. O cuando “no hay energía eléctrica”, como les gusta corregirme aquí.

En las semanas siguientes me dediqué —sin resultado alguno— a buscar reemplazos para mis lugares favoritos en Tegucigalpa. Tuve el descaro de preguntar directamente cuáles eran los equivalentes para sitios como el Hostal La Ronda, Café Paradiso, Glenn’s, Librería San Antonio, el CCET. Me empeñé en llevar una vida lo más capitalina posible y tuve que darme un par de tropezones con la soledad, la frustración, el aburrimiento, la sensación de no pertenecer e incluso el aborrecimiento, para darme cuenta que nadie se muda cargando en la maleta más de lo que necesita y que no tenía sentido cambiar de escenario si me rehusaba a aceptar las costumbres locales. Que cualquier intento por hacer algo distinto a irme de parranda todos los fines de semana sería considerado “intelectualoide” y me haría merecedora de la vieja consigna: “es que es capitalina”.

Ahora hay días en los que olvido dónde estoy, son detalles muy pequeños los que me devuelven la realidad: se habla de “La Prensa” para referirse al periódico, se arman grandes jolgorios cuando juega el Real España o el Marathón, se ven carretas tiradas por caballos en las vías principales a hora pico, se leen cartelitos donde dicen vender “topogigios”, aunque no lo sepan escribir, o se habla de junio como sinónimo de feria y no de pago del decimocuarto.

El tema de mi inmigración se vuelve casi humillante cuando hay que hablar del nombre que le damos a ciertas cosas en la capital: mínimo, minimitos, pastelitos de perro, charamusca, paletas, lápiz tinta… esas palabras —pronunciadas de forma inocente por mi boca—  me han convertido en el objeto de risas y burlas en varios grupos. Así como yo me he reído en silencio cada vez que me hablan de “rebanar” o cuando para referirse al ventilador le llaman “abanico”.

Sí, hay días en los que olvido que no nací aquí, que no crecí como sampedrana, luego debo escribir mi número de identidad en alguna lista y siento calor otra vez, solo que ya no me estorba. Me enfermo de la garganta cada tres semanas y tomo más agua de lo acostumbrado, pero confío en que mi cuerpo algún día aceptará las coordenadas. Ya no hago comparaciones entre una ciudad y la otra, sigo los chistes sobre las inundaciones en Tegucigalpa y la paradoja de que no tenemos agua. Ciertamente amo la amenaza de que después de una noche de fiesta, podríamos terminar en la playa, amo nunca llegar tarde porque el tráfico aquí no existe, me encantan las calles amplias, aunque me confunda su nomenclatura, es fascinante ver los restos del tren a la orilla de un bulevar importante, es como si aquí nunca olvidaron nuestra historia bananera. Es difícil resistirse a la sensación de prosperidad que da ver fábricas enormes con chimeneas humeantes como centinelas en cada una de las salidas de la ciudad. La vida es más barata y más fácil en San Pedro Sula y para los que nacimos en medio del caos esta tierra se vuelve “refrescante”.

Apenas han pasado tres meses desde que me mudé y todavía cargo con hábitos capitalinos, pero ya hoy acepté las tortillas y las tajadas en mi almuerzo.

5 Comments
  1. Jose says

    ¿No es curioso?
    Habla de mudarse de departamento como si fuera un cambio de país. Eso nos dice algo.

  2. Stephany Nicole says

    Me encantó la aceptación al final.

  3. Francia Cerrato says

    Mr encanto la anécdota de esta capitalina, nada fácil a cualquier cambio de ambiente, lo importante es que le sigue buscando el lado amable a la vida. Bella historia!.

  4. Desconocido says

    Excepcional. Me encanta la creatividad y el carisma que este escritor emana en sólo leer un escrito. El hecho de comparar las diferencias culturales en el mismo sector geográfico, y en un país un tanto pequeño, lo hace un escrito interesante e inspirador que nos lleva a reflexionar del como la diferencia de regiones cambia, alterna e inclusive se modifica de acuerdo a las necesidades o a las influencias del mismo.

    Muy buen trabajo, Jabón.

  5. Anonimo says

    Aceptar a San Pedro Sula no sólo es aceptar sus costumbres,si no aprender a convivir con diferentes formas de pensar

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