Fotografiar las noches violentas

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“Soy un fixer, alguien que entra hasta donde no pueden llegar los demás”, dice Héctor Edú Cantarero, el joven de 22 años autor de las fotografías que siguen a este texto. Un fixer es eso que Edú describe, pero no sólo eso. Un fixer es la persona que le facilita las cosas a un periodista, que vive en los lugares de la noticia o se mueve en esos lugares, que tiene contactos y puede conseguirle a los periodistas lo que a ellos les cuesta conseguir. Ha colaborado para medios como Nat Geo o el New York Times. “Comencé como traductor pero después entré de lleno”, agrega. Con la fotografía lleva nueve meses y ahora sabe que la realidad es algo muy particular cuando se ve a través del lente de una cámara. Y esa realidad es la de las noches en San Pedro Sula, la ciudad más violenta del mundo.

“Sólo una “morguera” (vehículo para trasladar los cadáveres a la morgue) opera en San Pedro Sula y debido al reducido personal, son los civiles quienes colaboran con el levantamiento de los cuerpos”, dice, ya hablando sobre los avatares de su trabajo. La víctima en esta ocasión: un joven, como cualquier otro: “Como muchos en la zona, prometía ser un buen futbolista y llevaba buenas notas en el colegio. Se sabe poco de lo demás. Esa noche preparó la cena para su hermanito, apagó la estufa y luego decidió ahorcarse en su cuarto, a puertas cerradas”, dice Edú.

Los menores de edad suelen estar en el centro de todo. En una noche cualquiera, dos de ellos son capturados por el delito de robo, otro por extorsión y asesinato y dos más por robo de vehículo. Lograr una buena fotografía resulta difícil: “Un policía me aleja y me advierte: “Fotos a sus caras no”. Para la Ley son sólo niños”.

“En la Primera Estación de la Policía, a la medianoche, los “clase”, con su escudo, su casco desgastado y su “tolete”, están alerta al llamado del 911. En una sala, dos de los agentes presentan ante los medios de comunicación, con el rostro cubierto, a uno de los menores de edad capturados”.

Dos horas después, en el sector Rivera Hernández, la Policía Militar ejecuta la “Operación Avalancha”. Los agentes llegan a una “cámara de tortura” en una “casa loca”, situada en la frontera entre el Barrio 18 y la MS-13. Una “casa loca” es un lugar destinado comúnmente para castigar a miembros de las pandillas. Huesos humanos y de animales se observan en el suelo, en una habitación de la segunda planta, a la que se accede por unas gradas sucias.

A poca distancia de ahí, tres sicarios se refugian en su guarida, alertas al encuentro con la Policía, con otra pandilla de la zona o por el llamado anónimo para volver a las calles por “el encarguito”.

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