Raúl López Lemus: “A la novela hondureña le falta osadía”

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En 2014 un jurado calificador en Guatemala decidió otorgar a la novela presentada al concurso con el título Sombra en el tintero el Premio Centroamericano Mario Monteforte Toledo. La novela, que vino a llamarse después Alguien dibuja una sombra, correspondía a Raúl López Lemus, un autor apenas conocido en Honduras y definitivamente desconocido en Centroamérica. Había publicado en 2011 su primer libro, una colección de cuentos breves con el título Entonces, el fuego, pero a pesar de la enorme noticia que suponía la obtención de ese importante premio (nunca otro hondureño lo había ganado), el tiempo pasó sin que esa novela llegara a publicarse. Antes, incluso, su autor publicó otro libro de cuentos, Perro adentro (2015), con el que reafirmó sus aspiraciones de convertirse en uno de los cuentistas más sólidos del país. Tres años después de la obtención del premio en Guatemala, con el apoyo de la Dirección de Cultura de la UNAH y en una bonita edición de la Editorial Universitaria, Alguien dibuja una sombra por fin ve la luz, y en esta entrevista le preguntamos acerca de ella y de otros temas obligados de la narrativa hondureña:

Mario Gallardo dice en el prólogo que esta novela “representa una novedosa incursión” en el “relato neo-policial latinoamericano”. ¿De qué manera creés que la novela se apunta o se desmarca de ese género?

Es casi seguro que la propuesta de la novela se nutre de los elementos del neo-policial latinoamericano, se afinca en sus límites. Eso se debe a que nuestra generación creció siguiendo a grandes autores del sur del continente, y entre ellos a Borges y Bioy Casares, que lo pusieron de moda en su tiempo. Sin embargo, hay rasgos que se desmarcan definitivamente de él, entre ellos están los elementos que señaló el jurado del premio Mario Monteforte de Toledo para otorgarle el primer lugar. Incorporar elementos de otras disciplinas artísticas, sobre todo del teatro y el cine, permite enriquecer la estructura imaginativa de la novela y, de alguna manera, desvía la atención del argumento para darle oportunidad al lector de que haga nuevas consideraciones.

¿Qué tanto importan los crímenes en tu novela?

Tienen la misma importancia de cualquier otra de las múltiples anécdotas que conforman el argumento. La novela no está concebida para reflejar la muerte o la desaparición de las personas afines al protagonista, ni para mostrarlas como hitos importantes; los crímenes constituyen sólo el pretexto en que se sustentan sus perturbaciones emocionales e intelectuales. Son una especie de anclaje alrededor del cual gira su pensamiento y, por lo tanto, su propia existencia. Algunos de estos asesinatos son creados por su imaginación para tener motivos de defender su soledad.

Hay dos temas que atraviesan la novela: las desapariciones de personas y la búsqueda del llamado “sueño americano”. ¿Cuál tenía más peso para vos como autor cuando decidiste abordarlos?

Diría que el tema de las desapariciones es el leitmotiv de la novela, es su sustento teórico; el tema del “sueño americano” y otros que aparecen esbozados en la novela sólo son consecuencias del primero. Marcharse hacia los Estados Unidos es también una forma de desaparecer, no sólo porque se puede morir en el intento, sino porque representa un desmembramiento con respecto a las personas y las cosas apreciadas. Eso sucede con un amigo del protagonista.

¿Te siguen llamando la atención esos temas como para escribir nuevos cuentos o novelas?

Mentiría si dijera que no. Se trata de temas que están a la orden del día; nos alimentamos de ellos a cada segundo, conforman nuestro ideario; son parte del contexto en el que sobrevivimos en esta república profunda. Considero que, aunque quisiéramos sustraernos de ellos, siempre van a perseguirnos a donde quiera que vayamos, son parte de nuestra naturaleza social. Aunque miremos hacia otro lugar siempre van a permear nuestra escritura.

Y en cuanto al asunto de la forma, sobre lo cual ya te hemos visto algunos pases interesantes en tus tres libros publicados, ¿qué inquietudes tenés? ¿Hay algún “modo de expresión” particular que querrás probar en la narrativa?

Un “Modo de expresión”, en el amplio sentido de la palabra, no creo haberlo alcanzado todavía; sin embargo, me encuentro en la etapa experimental, que es la etapa obligada para todo aquel escritor que se precie. Las inquietudes siempre se mantienen allí, latentes, en ese lugar profundo que contiene el ego. Creo que escribir una buena novela pasa, precisamente, por encontrar una estructura perfecta, aquella que atrape al lector en un mar de enredaderas, pero que, al mismo tiempo, atomice los temas expuestos de manera que le cierre las salidas fáciles a ese mismo lector. Pienso que las posibilidades de convertir una narración en un juego con el lector son infinitas y que debemos lanzarnos a buscar ese juego que todavía nadie ha hecho. La novela es el único género que nos permite eso.

Sabemos que, aunque ésta es tu primera novela publicada, no es la primera que escribiste. ¿Qué pasó o está pasando con esas otras novelas escritas y no publicadas?

Llega un momento en la evolución de un escritor, aunque no me considere como tal todavía, en que se comprende que no todo lo que escribe tiene la suficiente calidad para ir de camino a la imprenta. Hay muchos de mis textos escritos que considero apenas meros ejercicios literarios. Intentos de mantener los músculos en acción, como diría algún extraviado comentarista deportivo de nuestro medio. Permanecen allí, en estado de hibernación, esperando el impulso final, la renovación del pensamiento para poder ser retomados y darles una forma definitiva.

¿Has pensado en escribir “la gran novela hondureña” del modo en que se habla de “la gran novela americana”? ¿Cómo sería esa novela?

Seguro que sí. No creo que haya alguien con pretensiones de escritor que no haya pensado en eso alguna vez. Es la asignatura pendiente en Honduras. Cómo sería, no tengo idea todavía. Sin embargo, creo que debería ser una novela capaz de proyectar al verdadero ser del hondureño, con su identidad inacabada y sus grandes contradicciones. Además, debe contener todos esos elementos históricos y sociales que han moldeado nuestro contexto y ser capaz de llenar esas enormes lagunas que se aprecian en las etapas evolutivas de la literatura del país.

¿Cómo considerás las novelas de Roberto Castillo o de otros autores de su generación respecto a este tema? Pienso particularmente en La guerra mortal de los sentidos, que parece reunir esos requisitos que apuntás…

A la novela hondureña le falta osadía. Creo que una característica de los escritores nuestros, y no sólo de los que mencionás en la pregunta, ha sido la timidez con la que afrontamos nuestras propuestas literarias; además, no han sido capaces de mantener un ritmo y un balance de calidad que sirva de referencia para medir sus alcances. Son novelas muy buenas, pero incapaces de configurar un universo total que englobe los aspectos crudos del individuo hondureño y del país. Es decir, su lejanía con respecto a lo que se narra no está acorde con los canales empleados. Tal vez la insistencia en temas muy poco literarios o muy trillados haya hecho mella hasta en su constitución. Caso aparte lo constituye La guerra mortal de los sentidos, donde hay cierta intención de excederse, de probar la resistencia del lector.

¿Cómo ves el panorama de la narrativa hondureña de los últimos años? ¿Hacia dónde apunta lo que se está escribiendo actualmente?

Se percibe mucho entusiasmo en el ambiente, sobre todo en la costa norte del país, que es la que conozco mejor; sin embargo, es seguro que no basta con ello. Cuando digo entusiasmo, me refiero a los intentos de muchos jóvenes por ponerse al día con la literatura mundial o, más precisamente, con lo que se escribe en Centroamérica. Considero que el mayor problema que enfrentan nuestros escritores en Honduras es creer que para hacer literatura basta con contar historias en las que los finales sorpresivos o inauditos llenan las carencias de tipo estructural y estilístico que tienen. Mientras pensemos de esa manera, la literatura hondureña seguirá en la cola de la región, sin dirección definitiva, y un panorama sombrío se abatirá sobre ella.

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