Desaparecer

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“Son los últimos sobresaltos de un mundo que agoniza.

Todos podemos ver el árbol muerto,

pero no todos vemos la hierba

que empieza a crecer alrededor”. 

Graeme Allwrigth

En el año 1991 trabajaba en una asociación de carácter humanitario que tenía entre sus estrategias el padrinazgo de niños “de” y “en” la calle. De alguna manera, estaba vinculado a esta asociación el cantante neozelandés Graeme Allwrigth, cuya música escuchaba con mis hijos pequeños (recuerdo las hermosas “Lumière”, “Petite fille” y “No Man’s Land”). En los años 60, Allwrigth se había convertido en un fulgurante artista; admiraba a Leonard Cohen y Bob Dylan, de quienes adaptó varias canciones al francés; sin embargo, ese excesivo éxito terminó por hastiarlo. La vida reservada que decidió vivir a partir de ese momento tuvo su punto culminante en la voluntaria y total desaparición de los escenarios y de su ámbito cotidiano (parece que tomó el rumbo de Rimbaud cuando abandonó la poesía, aunque no creo que haya llegado a ser traficante de armas o mercenario), para reaparecer años después y continuar con su dilatada carrera. Las respuestas a dónde estuvo durante ese lapso, qué hizo mientras estuvo desaparecido no están a mi alcance ni al de muchos interesados en saberlo; pero puede afirmarse que tanto su desaparición como su reaparición fueron voluntarias y no dejaron de tener un halo poético de rebeldía contra el estatus de business man que las masas le habían concedido.

Sobre el tema de desparecer hay mucho qué decir y más que investigar y conocer. El vuelo 370 de Malasya Airlines en el año 2014; Amelia Earnhart, la piloto americana, quien fue la primera mujer en el mundo que voló sola por el océano Atlántico; la primera edición del Jonás de Cardona Bulnes, por citar sólo unos cuantos casos, parecen confirmar que la desaparición de cosas y personas es una constante de la historia. Desaparecer es -cuando no un misterio- un accidente inesperado, una necesidad, un truco, una tarea, una obligación, para algunas personas. Para otros es una impostura poética llevada a penosos actos de pésimo histrionismo en los que empinarse una botella de Gramoxone cargada de ron concitan la credulidad y buena fe de los incautos. Sabido es que un roñoso revólver con una bala sería más efectivo para ese conato de desaparición. La única razón que excusa comportamientos como este último señalado, es que, tristemente, la fantasía de desaparecer ya es considerada por psicólogos y psiquiatras como una patología de nuestras sociedades en crisis.

Hablemos de crisis como núcleo de esta visita al Hotel Insomnia. Crisis personales y colectivas derivadas de una realidad histórica inestable. Para Estados como el de Honduras y otras latitudes, la crisis es un asunto cotidiano con el que se vive, al cual se trata de sobrevivir y contra el que gran parte de la población lucha intentando trascendentales cambios en la estructura social. De esas crisis se desprende una de las más oscuras entradas nacionales del verbo intransitivo desaparecer, cuando en la década de los 80´s la crisis de derechos humanos que persiste en Honduras tuvo uno de sus momentos de mayor actividad. Fuentes de entero crédito como los informes del Comité de Familiares de Desaparecidos en Honduras (Cofadeh), señalan que en esa época de represión política –desde finales de los años 70 hasta principios de los 90- fueron desaparecidas  de manera forzada 184 personas y decenas más fueron asesinadas por los llamados “escuadrones de la muerte” –financiados y entrenados por Estados Unidos e Israel, asesorados por las Fuerzas Militares Argentinas-, los cuales en ocasiones operaban con la colaboración de las fuerzas paramilitares contrarrevolucionarias de Nicaragua, mejor conocidos como “los contras”, como parte de una estrategia para frenar movimientos rebeldes de izquierda en América Central. Esta cifra de desaparecidos -que nos negamos a contribuir a estructurar, por lo que de invisibilización tendría de las personas desaparecidas contra su voluntad- ha sido incrementada con creces a partir del golpe de Estado del 2009 hasta nuestros días. No mencionaré a ninguno de los desaparecidos por no correr el riesgo de omitir a nadie. Las listas están en la memoria de los agravios y pueden consultarse en diferentes archivos, además de poder construirse con ellas otra columna de reclamos nuestros y oprobio de quienes los cometieron.

Desaparecer fue y sigue siendo un acto perpetrado por unos y sufrido por otros, de diversas maneras que incluyen la desaparición por muerte. En nombre de la Doctrina de Seguridad Nacional, de la democracia, de la (vaciada de significado) paz, incluso, agentes oficiales y no oficiales tomaron la tarea de desaparecer como un deleznable apostolado. En el cercano pasado y en el presente, los nombres de estos agentes de la muerte son asquerosamente conocidos: Roberto Suazo Córdoba, José Simón Azcona, Gustavo Álvarez Martínez, Alexander Hernández, Billy Joya Améndola, Roberto Micheletti, Pepe Lobo, Juan Orlando Hernández, y sus respectivos adláteres, unos desde las sillas presidenciales y otros desde los cuarteles. El acto criminal y continuado de desaparecer a otros fue una tarea obligatoria y cotidiana para estos agentes, una acción para la que se entrenaron. Señala el Cofadeh que los 184 casos de desapariciones forzadas identificados quedan todavía a esta fecha en total impunidad. En la década de los años 80 hubo algunas investigaciones judiciales, pero todos los presuntos culpables fueron finalmente sobreseídos. La impunidad sobre estos actos de lesa humanidad es tan grave como el mismo crimen. Para ello, en beneficio de los criminales, el Estado creó y aprobó mecanismos como la Ley de Amnistía de 1991, que entró en vigor el 24 de julio de 1991 y concedió «amplia e incondicional amnistía» a todas las personas que, con anterioridad a la entrada en vigor de la ley, hubieran sido «sentenciadas, procesadas o sujetas a ser procesadas» por ciertos delitos políticos o delitos comunes relacionados con los primeros. Entre los crímenes amparados por la ley se incluían los homicidios, las torturas y las detenciones ilegales cometidas por miembros del ejército y la Policía.

En la actualidad, el cuadro de desapariciones forzadas se amplía y mantiene como víctimas de ello a personas consideradas por el Estado como peligrosas para la seguridad nacional, y como victimario a este último. De ese modo, la pesadilla está garantizada y la década de los 80 es una casa de terror a la que año con año le son agregadas nuevas habitaciones dedicadas al insomnio, la tortura y el asesinato sistemático.

En el repertorio de los magos no falta el acto de desaparecer objetos y personas. El inventario de la impunidad tampoco puede carecer de unos buenos trucos para, junto con la víctima desaparecida, desaparecer los rastros del crimen y desaparecer al victimario, con lo cual –dentro de esa lógica- el crimen no existe. En el contexto del golpe de Estado de 2009, que abarca hasta la fecha actual, el Estado de Honduras descalifica de forma oficial en sus informes la figura de desaparición forzada y evade –mediante acción u omisión- su responsabilidad al respecto. Resulta aterradora la conclusión del Cofadeh cuando afirma que “la desaparición forzada pasó de ser solamente un mecanismo de eliminación y control de la disidencia política a un mecanismo más amplio de control social y despojo territorial. Practica que se beneficia de total impunidad y falta de acceso a la verdad, la justicia y la reparación en los casos de desaparición forzada y que este hecho transmite a los perpetradores el mensaje de que se puede continuar cometiendo desapariciones forzadas en contra de las personas defensoras de derechos humanos, sin consecuencias legales”.

Sin embargo, no hay crimen perfecto, ni desaparición perfecta cuando el dolor y la persistencia de los familiares pone a disposición de la búsqueda de la verdad sus mejores recursos (esos que no cuentan entre los haberes del Estado consuetudinariamente corrupto en el que vivimos), esto es, la necesidad de una respuesta, la moral de la víctima inocente frente a sus victimarios y el rechazo de esos crímenes por parte de una sociedad cansada del atropello.

Así que no todo es sorna cuando se habla de desaparecer. En el monstruario siempre disponible en la sala de recepción, hay toda clase de especímenes, desde los simples mandatarios, magistrados, policías y soldados que creen defender la paz y la democracia, hasta sus amos que les han amaestrado y mueven los hilos de su teatro de marionetas.

Volvamos a Graeme Allwrigth, quien en 2005 adaptó el llamado a las armas, sanguinario y racista, de la Marsellesa, por unas estrofas de amor por la libertad y la solidaridad, lo que causó la ira del alcalde Jean-François Douard, quien declaró: “Yo seré un viejo imbécil, pero es lo que hay. La Marsellesa es sagrada. Es nuestro himno nacional, pero ésta (la adaptación de Allwrigth) es una versión descarriada”. Al menos reconoció que es un imbécil, como deberían hacerlo muchos de los señalados en cuanto a las desapariciones forzadas en Honduras, para quienes muchos de nosotros somos unos descarriados, terroristas, que no entendemos su significado de paz y democracia. Ante ellos habrá siempre nuestro reclamo de una justicia real que vaya más allá de la poética.

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