Allí nomasito

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“Ustedes los modernos no saben andar. No está tan lejos, es allí nomasito…” (p. 79)

Silvia González Carías ha publicado la novela Renata entre back-tunes, bajo el sello de Ediciones Paradiso, en la que la escritura fluye de manera diáfana. En efecto, cabe destacar cómo la autora coloca minuciosamente las líneas de esta primera incursión suya en la literatura, y escribe con esmero y limpidez.

Se trata del laberinto imprevisible del azar, en el que la protagonista Renata es transportada, como por un pasadizo secreto, a una dimensión paralela: “Era como una Alicia en el País de las Maravillas, aunque tropical y sin conejos” (p.16). En efecto, aquí el “wonderland” resulta ser el mundo lenca. Pues lo que enciende la imaginación de González Carías, de oficio antropóloga, es justamente la cosmogonía de la población lenca, la que conoce tanto por su formación profesional como por haber vivido en esa región del país durante una larga temporada.

Así, pertrechada con esas armas (“teórico-prácticas”), esta nueva narradora (en cuya familia ya hay dos generaciones previas de escritores) ensambla su novela y hace encajar las piezas una vez que comprueba que se trata de las palabras precisas y adecuadas.

“Como en trance” (p. 168), Renata entre back-tunes conduce al lector por los meandros reales e imaginarios de esas comarcas rurales y, merced al bagaje de la autora, le sumerge en las honduras de la cultura nativa. Mejor dicho, la capacidad fabuladora que preside el relato se desgaja de la pasión por “ese territorio mágico” (p. 69) y se orquesta con el dominio del lenguaje al uso.

Y aquí debe mencionarse la incorporación al texto de expresiones locales como “¡pierda cuidado!”, “nos despachamos las burritas de tortilla de maíz…”, “chineando un tierno”, “ni quiera Dios” (a la que Miguel Albero le dedicó un poema en su libro De estas honduras mis estampas), “payulito”, entre otras. Ello se acentúa en el capítulo La Chamana donde la entonación verbal desgrana modos peculiares del habla local: “vieras que montón de enfermedades cura”, o bien “A pues, no ve que ahí voy corriendo…”.

Hay que anotar que el personaje de Renata a ratos alude a su mente, como una entidad aparte (¿independiente?), en un curioso desdoblamiento: “Mi mente, siempre burlona, continuó con las preguntas (…) ¡Mente! -¡No molestés! -le dije-. La voseo porque es una mente ¡bien igualada!” (p. 16) “Como siempre mi mente haciéndome bromas” (p. 120). O si no: “…pensó mi mente, haciéndose de nuevo la simpática” (pp. 140 & 141).

El interés de Renata entre back-tunes sólo languidece cuando, de sopetón, se cuelan algunos clichés como “tomar cartas en el asunto”, “aportar el granito de arena”, “algo en él llamó poderosamente mi atención”, o “como alma que lleva el diablo”. Tales deslices distan de opacar la calidad de la escritura que predomina en la novela. Se trata de un libro pulido y escrito con pericia, y el talento literario de Silvia González apenas ha comenzado a despuntar.

Tegucigalpa, 21 de junio del 2018.

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