La trascendencia de la pintura en el arte contemporáneo hondureño (1)

Darwin Mendoza

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En este tiempo, nuestro tiempo, el arte ha tenido unos cambios estéticos y conceptuales muy acelerados, mayores, incluso, a los de cualquier otro período del arte en la historia. Puede sentirse en una cuantitativa y cualitativa vertiginosa evolución que se imponen, por lo general, transformaciones drásticas en aspectos técnicos y una deriva hacia el nihilismo y el vacío conceptual.

Entre la lapidaria tesis de Arthur C. Danto, que proclamó la muerte del arte, y la renovación conceptual y técnica de La estética relacional, de Bourriaud, prácticamente solo la segunda mitad del siglo XX dejó las bases establecidas de lo que ahora se desarrolla como arte contemporáneo.

En términos del estudio de la pintura, esta era tan inestable para comprender las artes que la crítica Rosalind Krauss termina de estructurar una dimensión teórica y formal que nos lleva a apreciar el arte desde una perspectiva sensorial en una era posmedium. En esta exploración teórica se cuestiona o se motiva, entre otras cosas, a que analicemos y debatamos sobre la trascendencia de la obra de arte o, en su caso contrario, la inmediatez e irrelevancia ya no de un producto –obra de arte- sino de un objeto específico y genérico.

“El arte contemporáneo es nuestro arte porque no cree en nada, no espera nada, no aspira a nada, no se propone nada, y se expresa como una nadería que baila graciosamente sobre un abismo al que contempla con el desprecio de los temerarios (no de los valientes)”, nos dice Félix de Azúa en su Diccionario de las artes.

La artista plástica María Pilar Leciñena.

Si visualizamos el arte contemporáneo como un lugar, sería un sitio donde las fronteras pueden ser cuestionadas y nuevamente restablecidas, como un continente intencionalmente desconocido y a la vez explorado. Los recursos para rastrear y reconocer visualmente este suelo se plantean múltiples: happenings, performances, instalaciones, intervenciones, situaciones; todos ellos involucran de una forma u otra las disciplinas artísticas más esenciales y fundamentales como el dibujo, la escultura y la pintura, pero a su vez, de alguna manera, las anulan.

En este territorio y desde esta Honduras, dos valientes: Pilar Leciñena y Ezequiel Padilla redefinen dos direcciones seguras y libertadoras por dónde transitar la plataforma del arte contemporáneo hondureño desde la pintura.

Es para mí un placer comenzar a analizar la obra pictórica de estos dos extraordinarios artistas en el contexto del arte actual hondureño, pues se convierten en dos abanderados y defensores de la pintura contemporánea de primer nivel, siendo ambos artistas multidisciplinarios que nos han compartido parte de su propio universo simbólico en diferentes tipos de proyectos artísticos. Fácilmente recordamos entre muchos otros proyectos, las instalaciones Minas S.A. (2000), de Ezequiel Padilla y Vía aérea (in memoriam: a mis padres, ejemplo de coraje, valentía y amor), una obra de 2014, de Pilar Leciñena.

Ezequiel Padilla, Cotidiano y trascendente II, 1989.

Estos dos excepcionales artistas se consolidan con sus propuestas como dos exquisitos escritores cromáticos impregnados de dotes poéticas; no es casualidad que ambos artistas también escriban poesía e incorporen esos textos a su obra plástica, infundiendo así un mayor nivel de plasticidad a una “prosa visual” personal.

Para seguir introduciéndonos en la relevancia del transitar pictórico que deja huella imborrable en la historia del arte hondureño por parte de Ezequiel Padilla Ayestas y María Pilar Leciñena es necesario mencionar que ambos han rubricado su nombre con notable grafía en las dos bienales que mayormente estimulan la creación pictórica en nuestro medio: la Bienal de la UNAH y la Bienal del IHCI.

Por un lado, Ezequiel es el primer ganador del Premio único en la Bienal de Artes Plásticas de la UNAH de 1989 con su óleo sobre tela Cotidiano y trascendente II.

Mientras que Pilar es la primera mujer que gana el Premio único en la Bienal de Pintura del IHCI, después de que este certamen había sido dominado por los artistas varones por más de 30 años. Ese 2002, año en que Pilar gana con su singular propuesta (sello personal) de grafito y tinta sobre papel, Sin voz ni voto, es el momento clave donde el destino hila -sin ellos aún saberlo- los dos caminos artísticos de estos dos grandes de la pintura: Ezequiel era uno de los tres miembros del jurado que de forma unánime otorgaron el premio a esta talentosa y original artista, desconocida para él hasta poco tiempo después, cuando un encuentro fortuito en un café del centro daría comienzo a una amistad, respeto y admiración mutua. Un hermanamiento que perduraría hasta el fallecimiento de Padilla en 2015.

María Pilar Leciñena, Sin voz ni voto, 2002.

En la obra de ambos encontramos la enriquecedora dicotomía de la propuesta innovadora en la pintura, sin dejar de explorar el infinito mundo de la tradición técnica plástica-estética. Esto es de agradecer, pues como mencioné al principio, en este momento en que el arte se esfuerza por renunciar a la tradición y a las propuestas correctamente confeccionadas donde prima lo inmediato, lo ready made, estos dos artistas dan paso a un discurso preciso y cuestionador de las problemáticas sociales más urgentes de atender, entrelazando en su propuesta plástica-visual una sutil interacción entre forma y contenido. Los artistas no dejan de desafiar el concepto de contemporaneidad y lo hacen eficazmente también desde la plataforma de la pintura.

Como podemos ver son dos artistas que redefinen nuevos y liberadores senderos para la pintura contemporánea hondureña desde las primeras obras que comparten en el medio cultural de nuestro país. Y a su vez, en la prolífica carrera pictórica de ambos artistas, localizamos una propuesta de pintura lírica-poética que no está sujeta a accesorios complementos racionales, y que no por ello rehúyen al reto de lecturas analíticas teóricas de alto nivel.

En próximas entregas seguiré transitando otras importantes huellas en los caminos de estos dos emblemáticos artistas del arte contemporáneo de Honduras y trataré de analizar de manera individual su visión de la realidad a través de su singular propuesta visual y cromática, de su particular y fascinante manera de hacer pintura.

Mientras tanto, quiero finalizar compartiéndoles una nueva cita de Felíx de Azúa cuando analiza el concepto de color y nos dice que “no hay artista, de da Vinci a Van Gogh, de Durero a Goya, que no haya dejado noticia de sus invenciones cromáticas. Son notas de un lirismo tan inmediato que nos hacen sonreír, pero sobre ellas descansa la posibilidad misma de la pintura, porque los colores no son cuerpos, sino figuras… y un pintor sin su propia y original leyenda cromática, sin un color significador del mundo, un color capaz de hacer mundo, de figurarlo, carece de todo interés. No existe”.

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