Escribir o tropezar en la página seca

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Cuántas veces la hoja vacía desafió las intenciones del hombre de letras, descolocó su conciencia. No aquella página rebosante de acertijos que el hombre antiguo vio crecer antes sus ojos miopes y que lo empujó a la iniciación teosófica. No. Tampoco la otra, esa que lo hizo delirar en una noche de fiebre y tormenta y que le restregó en su rostro perturbado el significado absurdo de la muerte y del nacimiento. Menos la que en su vaciedad inmanente lo llevó por los caminos de la venganza y del suicidio inútil. Esas páginas en blanco sólo representan una tregua en la convalecencia afectiva del homo sapiens autor, momentos tímidos en que se abrió ante él el despeñadero del desaliento.

Pero hay una página en blanco, verdadera, inescrutable, que ningún hombre de letras ha logrado conquistar todavía, una que perdura por los siglos y que las corrientes artísticas y literarias ignoran por completo, pero que arrastran en su desbordante travesía. Los más doctos, los que han padecido su crudeza con mayor determinación, creen adivinar su origen divino, o infernal. Piensan que ya estaba presente ante el tosco banco de trabajo del autor del libro del Eclesiastés cuando éste iniciaba con sus balbuceos exóticos y que, desde ese tiempo indeterminado de la historia, se proyecta hacia un futuro inabarcable, fatuo. Su sustancia ha cambiado, creen: arena, arcilla, cuero, madera, pergamino, papiro, bronce, papel, el lomo de una computadora, la red infinita; no así su contenido, su desconcierto.

Desde la humedad cóncava de una gruta en la prehistoria hasta el laberinto imponente de los rascacielos en la época actual, el hombre de letras ha sentido los aguijonazos de la sinrazón que supone una superficie vacía, que se resiste con afán a sus signos. La hoja en blanco que rechaza la escritura, que se burla del individuo taimado que cabecea ante ella, es el más poderoso síntoma del absurdo en la existencia de un hombre que ha nacido para hablarle a las cosas. No ha habido nadie que no sucumba ante su desatino, que no termine entregándole sus nervios, aplastados por su aridez. El sabio se aparta con asco de ella, pero el necio la idolatra y persigue con entusiasmo la sombra de una esperanza efímera que cree ver perfilada en ella. No se da cuenta, no entiende, que en ella están contenidos todos los significados del universo, que alguien ya escribió sobre su superficie lo que no existe o lo inabarcable.

Cuando el libro ya está terminado, nos olvidamos de esas páginas tristísimas que nos han dado tantos dolores de cabeza, pero todas las obras magníficas contienen innumerables instantes en los que todo se detiene y se frustra. Y la verdadera esencia de la obra se va en esas páginas secas, abominables; ellas le cuentan al cesto de la basura de los fracasos y las penalidades del autor. Son partícipes de una novela, un cuento, un poema, una historia, una lección amorosa, que nadie habrá de leer jamás.

Las aventuras de Don Quijote no serían posibles sin aquellas noches de desolación en las que el espíritu de Cervantes batalló con la página maldita. La página descartada se llevó una parte del infierno del maestro y por eso el personaje nos resulta tan apacible, tan ingenuo, aunque en el fondo no lo sea. Con Dostoievski tal vez haya sucedido lo contrario. Las páginas no escritas de su Crimen y Castigo cargaron con la voluntad reposada del escritor, con su caridad; por eso el relato final nos parece tan irritado y tormentoso. Ha habido quienes han dejado definitivamente de escribir anulados por la imagen de la página vacía, prefieren renunciar a su condición de pro-hombres, confinarse en el olvido, a tener que padecer de nuevo el infierno de repetirse en la nada. Tal vez las claves para entender la frase tan paradigmática de Bartleby, el escribiente, “Preferiría no hacerlo”, estén relacionadas con la negación del mundo que le impone una página vacía a su autor. Lo cierto es que muchos escritores famosos o que prometían algo se han valido de pretextos inauditos (Rulfo es uno de ellos, Vila-Matas nos ofrece un listado generoso en Bartleby y compañía) para alejarse de manera definitiva de la escritura y, tal vez, la página en blanco haya tenido algo que ver.

De todos los hombres de letras es a los poetas, según sus íntimas declaraciones, a quienes más dificultades impone la página vacía. Una página en blanco puede derivar fácilmente en una mañana en blanco, en un día en blanco, en semanas de esterilidad, hasta meses y por qué no, años. El pensamiento entrecortado, pujante, certero, que tanto favorece al poema, parece obnubilarse, de vez en cuando, ante la superficie silenciosa de la página y de nada valen dietas ni vitaminas, cuando las musas están dispuestas a resistirse. El poeta puede permanecer horas inmutable ante la página, ensimismado, tal vez porque eso le permite entrar en ensoñaciones fáciles, soportar con pusilanimidad aquella vaciedad insensata; no así el narrador que está hecho para correr, que requiere que la pluma avance y fluya la tinta con entusiasmo. La naturaleza reflexiva, estoica, del poeta, le impide demudarse ante aquel significado enorme que no está a su alcance. O tal vez sea lo contrario, qué sabemos. Tal vez el poeta sea el único capaz de leer en la página en blanco. La carencia de signos podría impulsarlo a mirar el poema terminado antes de haber puesto la primera letra o le ayude a recoger los códigos adecuados un tiempo antes de haberse atrevido a borronear algo en la superficie que lo desafía. Como un pequeño dios, el poeta puede resistir el desaliento de no poder escribir ni un verso o, en última instancia, consigue vencer su resistencia aderezando el poema inexistente con la misma aflicción que le impone una espera tan firme. No sabemos qué sucede con él, la verdad. Pero, en fin, lo único que podemos sacar en claro es que la página en blanco ha decidido durante siglos el destino de obras y escritores.

1 comentario
  1. Erick says

    Muy buen artículo, encantado de leer esta nueva propuesta cultural de la revista.

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