Cuentos de terror y un misterio innecesario

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Entre las obras literarias publicadas este año, resulta sumamente curiosa, tanto por el género que desarrolla como por tratarse de una colaboración entre dos escritores, la colección de relatos El visitante y otros cuentos de terror, de los autores Kalton Harold Bruhl (Tegucigalpa, 1976) y Dennis Arita (La Lima, 1969).  Editada por JK Editores, esta colección promete sorprender al lector presentando “todas las gamas del horror literario”, tal y como lo anuncia en su contraportada.

La literatura de terror ha sido poco explotada en Honduras; Froylán Turcios o Pompeyo del Valle podrían citarse entre quienes se acercaron un poco; sin embargo, no desarrollaron una obra propiamente consagrada al género. Bruhl y Arita se proponen en esta colección alcanzar ese objetivo. Los 19 relatos que componen el libro se caracterizan por una temática marcada por la presencia de lo sobrenatural, lo sangriento y una especie de erotismo brutal y grotesco; los personajes se ajustan a esa temática y en la mayoría de los casos resultan cínicos y fríos, aunque no por eso completamente atractivos.

Algunos relatos presentan acciones un tanto precipitadas que en lugar de sorprender al lector lo que hacen es desconcertarlo; en el cuento Frente al espejo, las intenciones del protagonista respecto a asesinar a su madre resultan muy evidentes, despojando al relato de ambigüedad, elemento indispensable que hubiese favorecido más a la trama: “Ella sabe cómo ponerlo en su lugar, ya verá papá lo que es bueno. Encuentro a mamá dormida. Voy a despachármela rápido, con un solo golpe. Tampoco es cosa de que sufra” (pp. 10).

Otro aspecto que resulta algo decepcionante en la lectura es el empleo de la comicidad innecesaria: una historia de este tipo podría tener tintes cómicos pero que oscilen entre la ironía y la sátira, sin que el relato pierda los efectos que caracterizan al género. Hay dos cuentos en los que este recurso es muy marcado en los desenlaces, el primero es La autopista, que presenta una leyenda urbana muy conocida en la que una chica pide un “jalón” a su casa y olvida algún objeto en el automóvil de la persona que le presta ayuda, y en un acto de cortesía, esta persona acude al domicilio de la chica para devolver el objeto descubriendo con horror que ella ha muerto hace mucho tiempo. Esta es la trama principal del relato, pero el autor opta por cambiar el ya conocido desenlace al crear una escena sexual entre un pervertido y un fantasma cuya consecuencia es absurda y cómica en su defecto:

“Un escalofrío me recorre el cuerpo. No es por el viento, reconozco. Es ese molesto cosquilleo que se siente cuando alguien te mira desde atrás. Ajusto el retrovisor y el corazón me da un vuelco: hay una niña en el asiento trasero. ´Hola papá´, me dice sonriendo, ´mamá se pondrá muy contenta cuando se entere que volviste´”. (pp. 27-28).

En Entre sábanas de seda el lector encontrará otra historia completamente alocada donde nuevamente el sexo fantasmagórico se llevará el protagonismo; Roberta, una bailarina exótica que sueña con convertirse en una modelo famosa, recibe un día un golpe de suerte, que si bien no es la oportunidad que tanto desea, la convierte en la única heredera de una inmensa fortuna. Solo hay una condición: dormir en los mismos aposentos que su tía compartió con su esposo y bajo ninguna circunstancia traer otros hombres a la mansión. La problemática surge al descubrir que esa habitación alberga el espíritu del tío Rodrigo cuya libido aun después de muerto reclama la posesión del cuerpo de Roberta todas las noches. La protagonista opta, motivada por la codicia, por convertirse en su amante:

“Eran demasiadas cosas por asimilar. Sin embargo, la posibilidad de volver a quedar tan pobre como una rata aclaró de inmediato sus pensamientos. Tenía dos problemas por resolver: primero, deshacerse del cuerpo del barman y, segundo, conseguir un buen lubricante” (pp. 65).

Ambos relatos desarrollan tramas interesantes, pero un empleo deficiente de la comicidad opaca cualquier intento creativo. Vale la pena mencionar, además, que el uso de la violencia es un elemento muy utilizado en la literatura y muchas veces ésta aparece de forma cruda y sumamente gráfica sin desviarse del fin estético. En La función, dos niños se enfrentan con un ventrílocuo endemoniado que destaza a sus víctimas convirtiéndolas en muñecos de carne y hueso:

“En ese momento, el ventrílocuo elevó a Ben con una mano. Luego enterró el brazo en la espalda del chico, desgarrando piel y músculos a su paso. Charly vomitó al comprender lo que estaba sucediendo: él también había jugado a convertir una media vieja en un títere” (pp. 88-89).

En las historias de terror que aspiran a ser literarias quizá no deba abusarse de la violencia y de la sangre, todo lo contrario, debe cuidarse mucho este recurso y establecer el momento adecuado para presentarlo; si no, se corre el riesgo de caer en las tórridas aguas de los best-sellers de terror cuyo éxito se basa en la misma fórmula: fantasmas o monstruos que atormentan o devoran seres humanos y en cuyas páginas hay más sangre y tripas que calidad literaria. En esta colección existen varios relatos en los que el lector encontrará escenas de este tipo que empobrecen las tramas, tal y como sucede con el caso antes mencionado.

Los estilos de ambos autores se perciben de alguna manera en los cuentos pero no existe forma de saber a quién corresponde cada uno, situación que juega en contra del texto, ya que, por una parte, se tiene a Dennis Arita, cuyas obras cuentan con un muy merecido reconocimiento al poseer un estilo sobrio en el que destacan la reflexión y los finales abiertos que hacen activa la participación del lector, y por otro lado está Kalton Bruhl, que pese a sus ya varias publicaciones persiste en un estilo simple, muy tradicional y esquemático, que necesitaría renovarse.

La estratagema empleada no fue del todo exitosa y el porqué de esa decisión es un asunto difuso, y al conocer el estilo de Dennis Arita se puede concluir que éste es completamente opuesto a lo mostrado en este libro, pues algunas historias poseen los recursos propios del autor, como el relato Un par de ojos amarillos, donde el límite entre el sueño y la realidad queda anulado dando paso a un final muy ambigüo gracias al ritmo de la narración y a la presentación de los hechos; caso similar es el de El visitante, en el que un cuadro maldito trae consigo la muerte para su dueño; al igual que el relato anterior, éste posee una narración muy bien lograda y lo sobrenatural se plantea sin exageraciones dejando espacio para las especulaciones del lector. Lamentablemente solo pueden elaborarse suposiciones en torno a la autoría de los relatos.

Este texto posee propuestas interesantes, como las de Objetos cotidianos o El invitado de honor, cuyo desarrollo argumental parece bien elaborado, y de esa manera resultan efectivos; el resto de los cuentos, a pesar de tener buenas ideas, probablemente requerían más trabajo en las tramas que permitiesen la vacilación de los lectores, en vez de presentarle de forma tan directa la conclusión de las historias. Hay que recalcar que en el caso de Arita no es posible apreciar su reconocido talento como autor; de hecho, a alguien que nunca haya leído su obra le resultará difícil asimilar su estilo de la misma forma que no podrá distinguirlo del de Bruhl. En futuras colaboraciones, y para evitar confusiones y malentendidos, sería prudente considerar que cada escritor firme los textos que le corresponden, en lugar de crear un misterio innecesario de beneficios poco claros para sus autores.

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