Metáforas abrumadoras

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El amor, ese tema inagotable, sigue cautivando a los lectores. Trazado en la línea de la vida para navegar en las aguas turbias del infierno, el amor, a través de los siglos, ha hecho que los escritores escurran la pluma en ríos y ríos de tinta.

Un árbol había en el Edén, de Juan Ramón Saravia (Santa Bárbara, 1951), es una novela escrita con una prosa equilibrada entre lo armonioso y lo expresivo; utiliza la metáfora como recurso estilístico –en una especie de “homenaje” a esta figura literaria, como lo apunta Eduardo Bähr en el prólogo del libro- para darle un sentido peculiar a la historia per se.

Sin la utilización de algunas técnicas narrativas como el flashback y la definición de un nivel de la realidad subjetivo, la historia del feo y la fea (Florita Riberán y Arcángel Malabé, ella ocho años menor que él) que presenta Saravia en esta novela quedaría degradada a la simple acumulación de páginas y a la construcción de un argumento escasamente atractivo.

Cabe apuntar también que el artificio empleado por el autor para contarnos la historia de dos jóvenes enamorados, que consiste en el uso insistente de metáforas, en ocasiones retuerce la imaginación y afecta la fluidez del hilo narrativo, provocando un amargo gusto en el lector. Aunque no dejan de llamar la atención las descripciones bien logradas que ponen un equilibrio favorable en oposición a los diálogos con razonamientos a veces trillados sobre el amor. Por otro lado, el final de cada capítulo tiene la figura de un instrumento y una frase en diagonal que ocupa todo el espacio, lo que permite suponer solamente una ocurrencia o un capricho del autor para acompañar al lector, aunque no aporte nada a la trama.

“Nunca antes en Honduras se había publicado una novela escrita a puras metáforas desde el inicio hasta el final”, ha dicho el autor, y esas palabras, además de traslucir una ligera presunción, enuncian innecesariamente algo que ya es obvio en el libro y que no es lo único que contiene, ya que hay otros recursos estilísticos colindantes: comparaciones, antítesis, hipérboles… que son parte de la representación del narrador, que por su ubicuidad temporal y espacial adquiere un carácter de omnisciente.

El lector puede entrar a esta novela y leer los siete capítulos que la conforman y tal vez no salir aturdido por el juego de palabras empleado o por la fábula contada que, desde una veta poética, Saravia presenta con una modesta experimentación.

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