Andar por la vida

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Uno de los males más representativos de las vacaciones en pueblos efímeros como San Luis es el regreso de los “hijos pródigos” que triunfaron afuera, bien sea en una ciudad o en otro país. No precisamente por ellos, que generalmente suelen ser unos hijos de puta despreciables entre los que incluyo grandes amigos, otros de menor tamaño e incluso algún íntimo, sino por cómo debo comportarme cuando me los encuentro.

Cuando por desgracia eso ocurre, la verdad es que nunca estoy del todo seguro de en qué momento debo detenerme a saludar o en qué momento me conviene finalizar el encuentro con un aterrador bostezo, una mímica que aluda sin vacilaciones al “te invitaría una birria pero no me sale de los huevos”. En cualquier caso podría decirse que se trata de un comportamiento habitual, porque de hecho yo soy habitual en todo lo que hago, aunque de vez en cuando va bien dedicarles algo de tiempo por eso que los entendidos suelen llamar educación y yo llamo, sin tomármelo muy a pecho, formalidad, quién sabe si porque uno es educado por naturaleza y formal por compromiso.

En este contexto —claro que sí— también entran en juego las redes sociales. Y es que, si hay algo de lo que siempre he estado convencido es de que quien las inventó lo hizo precisamente por eso, para que uno no tenga que detenerse en cualquier lugar a saludar a algún excompañero del kínder o de la escuela, o a algún excompañero de nada. La cosa funcionaría más o menos así: somos amigos de redes sociales, y si en algún momento de mi vida llego a necesitar algo tuyo te lo haré saber por chat, y luego si te da la gana contestás. Pero no nos abordemos en lugares públicos, donde toda la gente anda siempre a las carreras, ni hagamos esto solo para quedar bien mientras miramos hacia todos lados, como si estuviésemos drogados.

Algo que nunca entendí de las redes sociales fue el éxito que logró esa gente que a modo de reproche te suelta un “¿Por qué me agregó usted si cuando nos encontramos en la calle no me para bola?”. ¡Pero si esa es justamente la idea, por Dios Santo!

Digo esto porque desde hace unas semanas, quizás por pachorra, decidí empezar a ceder. No digo que antes no le dedicara tiempo a la gente que me encontraba por la calle sino que lo dedicaba mal. Evité repetir las dos o tres cositas con las que acostumbraba explicar los detalles de mi vida en plena vía pública a tipos que seguramente no volvería a ver en diez años. Recurría frecuentemente al comodín “Como siempre”. En una ocasión incluso rocé la perfección después de la decimosegunda cerveza de la noche: “Todo tranqui”. Aquello me gustó tanto que acabé valiéndome de la riqueza léxica sanluiseña con frasecitas ya hechas que empleaba con mis conocidos y desconocidos de toda la vida. Me regodeaba en los clichés y hasta en los gerundios (“pues aquí, vacacionando”), con los que me cobijaba con devoción. Pero el asunto es que incluso ahora, cada vez que regreso a San Luis, me entra cierta desesperación cuando salgo a caminar, o cuando salgo a beber.

Balanceo el peso de mi cuerpo de lado a lado, haciendo alarde de un osado equilibrio, estiro mi cuello procurando sobresalir entre todos los presentes, como un suricato, y pese a que con el paso de los años he intentado moderar esos aires altivos, aún aguardo imperturbable en las intersecciones de las calles hasta que no haya carros ni mototaxis para poder cruzar, esperando con ello una ovación espontánea y entregada de mis conciudadanos.

En ocasiones intento disimular mi manera de caminar colocando mis manos en la cintura y sigo andando como un sanluiseño común que solo busca el placer de la hipocresía. En esos momentos aprovecho para acercarme a alguien y caminar a su lado. De algún modo eso es como entrar en su vida y provoca que los ahí presentes conjeturen cosas como: ¿será un papá que lleva a su hijo al doctor, o se trata de una cipota afortunada? Esto último a veces he llegado a decirlo con tono mediano; ella voltea atónita y remedia el asunto dando un brinco hasta la otra acera o, en su defecto, proseguimos en nuestro súbito y diminuto amor eterno. Los acompaño algunas calles hasta que me canso y vuelvo de golpe a caminar excéntrico.

Esa manera de andar por la vida es también una manera de andar por las páginas, ya que cuando escribo lo hago para acompañar, para parecer amable y campechano a costa de dar pasitos o zancadas, según lo que le guste al que me lee o la prisa que este lleve. Me gusta creer que en el fondo soy algo así como un realista mágico. En mi interior siempre hay un calvo antisocial que amenaza con salir y dejarme sin echar un polvo a cambio de publicar textos sorprendentes en Tercer Mundo. Quizás por eso me hice yo periodista: para no tener tiempo de ser García Márquez.

1 comentario
  1. Wilmerio says

    En resumen, sos creído, te la tiras de gran culo o algo así!

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