El “affaire Martínez”: polvos de aquellos lodos

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Una calurosa mañana de junio de 2008 Jorge Martínez ingresó como una tromba en el local principal de la ya extinta Dirección Regional de Cultura y, sin mediar saludo o fanfarria, me dijo con voz entrecortada por el esfuerzo después de un tortuoso ascenso a lo largo de ocho tramos de empinadas escaleras: “Mario Gallardo, a mi hermano Luis no le gusta tu libro”. Repuesto de tan sorpresiva irrupción, tras una intermedio reflexivo, finalmente pude concluir que la frase lapidaria del buen Yorch aludía a Las virtudes de Onán, volumen de mi autoría que había salido de imprenta un año antes.

La honda preocupación que invadió mi ánimo luego de tan decepcionante y sesgado juicio fue sustituida, paulatinamente, por un estado cercano al júbilo al recordar que apenas unos meses atrás, en una escena similar, el antes nombrado hermano de Jorge había irrumpido con idéntico énfasis y, luego de lanzar sobre mi escritorio la edición de Desgracia que Giovanni Rodríguez le había dejado hojear, nos espetó: “este man que tanto afaman no sirve, este tal Coetzee no tiene nada, mala novela esa.”

En azaroso juego asociativo, ambas escenas vinieron a mi mente luego de leer el ceñudo comentario con el que Jorge Martínez había enjuiciado la reseña publicada en Tercer Mundo por Gabriela Martínez sobre Virgen y otros cuentos, libro de Kalki Martínez de reciente aparición. En un espacio virtual, cual Júpiter Tonante, Jorge restalló: “decepcionante y sesgado el comentario de Gabriela Martínez sobre el libro de Kalki”.

Al visitar la página de Tercer Mundo y leer la reseña de Gabriela Martínez no encontré, por más que se desenrosque la hermenéutica, ningún juicio sesgado que justificara la decepcionante diatriba del buen Jorge. Antes que un enfoque desviado o tendencioso, en el texto de Gabriela resulta evidente tanto la lectura atenta como el uso ajustado de herramientas teóricas: un ejercicio objetivo del criterio que de ninguna manera incurre en el impresionismo antojadizo que se acostumbra en el medio.

Pero este desencuentro no hubiera trascendido lo puramente anecdótico de no ser por las secuelas virtuales que desató, que alternaban de la defensa apasionada del autor vejado por “una crítica sesgada” al linchamiento mediático de Gabriela Martínez, al cual se sumaron -con notable entusiasmo, desconocimiento del tema y una saña incompatible con la solidaridad de género- no pocas féminas.

Era como si al conjuro del par de líneas bosquejadas por J. Martínez se hubiera desatado la ira de una sociedad secreta que, como denominador común, mostraba que en la mayoría de los casos sus miembros no habían leído ni la reseña ni el libro de marras y opinaban desde la más absoluta ignorancia de los conceptos más elementales de la teoría y el análisis literario. Y es que el conocimiento salía sobrando mientras abundaran las equívocas descalificaciones a G. Martínez junto a incondicionales adhesiones a K. Martínez. Fue, quién podría dudarlo, un affaire virtual, tercermundista y con apellido propio.

Sin embargo, sería un desperdicio no aprovechar este asunto para extrapolar un par de criterios; porque más allá de las filias y fobias aldeanas, algunas francamente ridículas y otras definitivamente patológicas, en este episodio digno de Tartufo subyace la deplorable condición de esa entelequia que con notable optimismo y empecinada obstinación se presenta como “literatura hondureña”.

Tal vez tendría que ser más específico y definir que en realidad nos referimos a ese aspecto de la actividad literaria que se conoce como mediación crítica o recepción calificada de la obra, que desde sus inicios se constituyó en uno de los objetivos principales de Tercer Mundo.

Tercer Mundo, al establecer como parte de su agenda creativa la voluntad de reseñar, comentar y analizar las obras literarias que se publican en Honduras, apunta a una impostergable labor -la recepción crítica de la obra literaria- que en los últimos años prácticamente ha desaparecido del panorama cultural. Para ofrecer un breve y parcial contexto de la cuestión basta dar cuenta del “estado del arte” en los años ’90, cuando cada periódico nacional ofrecía al menos una publicación suplementaria dedicada a la literatura o, por extensión, a la actividad cultural.

Fue una época de bonanza donde destaca por su sobria trayectoria y la relevancia de sus colaboradores “El ciempiés cojo”, que bajo la égida de Roberto Sosa se publicaba en Diario Tiempo, donde coexistió con “Cronopios”, en la que se imponía la visión crítica de Helen Umaña, que en 1994 fue sustituida por el “Magazine Literario”, luego de su migración a El Nuevo Día. Por esa misma época, Edgar Villamil dirigió “La Prensa Literaria”, donde debutaron varios autores de la región. Mientras que en Tegucigalpa, el veterano periodista Guillermo Castellanos Enamorado publicaba con notable constancia “La Tribuna Literaria”.

Años después, algunos de estos jóvenes creadores -como Felipe Rivera, Dennis Arita, Luis Núñez, Jorge Mejía y Marco Antonio Madrid- también tuvieron la oportunidad de dirigir otros espacios literarios como “Arlequín”, “Solar” y “Orbis”, que cumplieron a cabalidad con la función de ejercer un criterio informado sobre publicaciones nacionales y foráneas. Idéntica labor, con un equipo multidisciplinar, cumplió “Umbrales”, que alcanzó la dimensión de revista mensual y se mantuvo en Diario Tiempo a lo largo de 17 números.

Ya en los albores del nuevo siglo se recuerdan los “hormicidios” con que los autores de la zona norte enjuiciaron, con acento rabelesiano, la obra de sus coetáneos capitalinos en un texto antológico que apareció en la revista “Metáfora”, patrocinada y dirigida por ¡Jorge Martínez! Vale aclarar que en ese entonces nuestro querido Jorge no mostraba la faceta sesgada de Jupíter Tonante que le asiste ahora, luego de su conversión a los usos y costumbres de la metrópoli.

Este recuento parcial confirma, por una parte, que el ejercicio del criterio gozó en esas épocas de buena salud. Es cierto que quizás no se alcanzaron a superar totalmente las manías que Hernán Antonio Bermúdez reseñara en Retahila, pero en general los “visados al parnaso” fueron objeto de un escrutinio basado en la lectura prolija y el conocimiento de los mínimos conceptos teóricos y, en algunos casos, incluso se adoptaron metodologías provenientes de las tendencias de la crítica entonces en boga, lo que provocó el enfado de Armando García, mimetizado en clave satírica en su libro Hechos necios que acusáis.

De aquella época también se recuerdan épicas discordias, casi teñidas con sangre, como la surgida en torno a la frase demoledora con que el reseñista de turno sentenciara a un vate local: “con este libro el poeta se balancea peligrosamente ante el abismo insondable del panfleto”, o el sordo revuelo en torno a las revelaciones ensayísticas que desnudaron la impronta garciamarquiana en la flamante narrativa de un autor capitalino, o la mítica irrupción de Bruno Pedroza, el crítico proteico y controvertido cuya enésima y amenazante reaparición ha trascendido las fronteras a través de la revista Literofilia.

Por fortuna, hay que decirlo, eran los tiempos en que imperaba la materialidad del libro y no se podía sustituir su lectura y análisis con el artero copy & paste vía Wikipedia o los tutoriales ofrecidos como panacea en Google. Aunque no se puede precisar el momento en que el panorama empezó a cambiar, lo cierto es que el signo de alerta fue el paulatino encogimiento (hasta llegar al cierre definitivo) del espacio dedicado a los suplementos culturales a favor del engrosamiento de las llamadas secciones de espectáculos.

Pero no hubo tiempo para sutilezas que permitieran contrastar ideas provenientes de Debord o Vargas Llosa y sus visiones apocalípticas de la la société du spectacle; en este caso fue la aplicación pura y dura de la receta neoliberal; incluso recuerdo con tristeza cuando amenazaron con el cierre de “Umbrales” si no se conseguían anuncios, lo que motivó el peregrinaje del historiador Rodolfo Pastor hasta conseguir un par con las empresas de su familia. Acción que apenas sirvió para prolongar la agonía: con y sin anuncios un día nos avisaron que la revista ya no saldría más. Antes habían cerrado los suplementos literarios de La Prensa y El Nuevo Día: la conclusión obvia es que el mecenazgo cultural no ha sido (ni será, me atrevo a afirmar) prioridad en los árabes y judíos avecindados en Anchuria.

Al cierre de los espacios para la difusión y crítica cultural se sumaron dos elementos decisivos: uno es la sustitución del hombre de letras (intelectual de planta), como mediador informado entre la obra y el público, por un periodista que tuviera “ciertas inclinaciones culturales”. Aquí surge un híbrido lamentable que pasó a oficiar como crítico y promotor al servicio incondicional de lo que dictaran sus jefes o, cuando le dejaran libre, empecinado en atender su exiguo horizonte de expectativas al tenor de un impresionismo falaz e ignorante que contaminó no sólo el ámbito literario, sino que toda vez se sintieron amos y señores de la aldea de las palabras, clonaron prejuicios y falencias y se extendieron a otros dominios del arte, como la pintura o el cine.

El otro ha sido la entronización de la opinión personal en razón directa de la creciente importancia otorgada por las masas a las redes sociales, lo que ha prolongado ad nauseam la aspiración a los quince minutos de gloria de los diletantes de turno. Espoleados -y salivando cual posmodernos perros de Pavlov- por la visión de su retocada fotografía y los likes que su comunidad personal reitera ante cada publicación, ha surgido una plétora de mediadores virtuales y desinformados, eternos opinadores (todólogos) que han migrado de la esquina de su barrio al territorio Facebook donde ejercen de sabios aldeanos y nada escapa a su esfera de influencias: la política, la moda, el arte, la gastronomía, el fútbol… la literatura.

Y uno de los círculos de esta comunidad virtual de opinadores -auténtica conjura de los necios donde confluyeron trasnochadas alusiones a Islandia y su literatura (¡!) y condescendencias vagamente gauchescas previas al crowdfunding vía amenaza suicida (¿?)- fue precisamente la que desató su ira ante el exhorto de Jorge Martínez, indignado ante una simple reseña literaria. La pregunta obligada es ¿por qué una respuesta tan airada ante el comentario de una obra?

Aunque la respuesta compete a los miembros de tan heterogénea comunidad virtual, no se puede soslayar que más de una década sin recibir noticias (positivas o negativas) acerca de la recepción de sus obras, y sedados por la decena de incondicionales followers que con sus likes diarios mantiene viva la llama de su autoestima, la hipersensibilidad de los autores vernáculos y sus albaceas literarios ante la crítica se ha exacerbado.

Por otra parte, al abdicar ante el peso mediático de las opiniones falaces de los “periodistas culturales”, es un hecho que la ciudad letrada optó por retirarse al espacio virtual donde lame sus heridas en un entorno solipsista y se conforma con esporádicas performances, que a ellos se antojan lúcidas, retadoras y vanguardistas cuando, como señalara Cortázar, en realidad no hacen más que sacudirse las polillas del chaleco.

Finalmente, si se permitieran un instante para analizar este mínimo asunto, K. Martínez debiera agradecer que alguien (G. Martínez) ha leído y comentado su libro con objetividad, más allá de la cerveza compartida y la francachela solidaria, y J. Martínez haría bien en retomar su faceta libertaria y antisolemne, como cuando editaba “Metáfora” y se obstinaba en el estudio de las lecciones de teoría y crítica que ahora se empeña, falazmente, en negar. En caso de que estos consejos caigan en saco roto, o provoquen la ira de la comunidad tonante, la otra recomendación sería que funden una revista propia y a su gusto para reseñar de manera encomiástica las ocurrencias de los amigos, ojalá y con un mínimo de referentes teóricos válidos…”et tout le reste est littérature“.

3 Comments
  1. Fercho says

    Este tipo es tóxico.

  2. Wendy Obando says

    Es extraño que quieran censurar a ese tal Kalki Martínez, ya es medio sospechosa esa actitud de ustedes. Ya voy a buscar ese autor para leerlo, en qué librería lo venden?

    1. NN says

      Wendy, lo que es extraño es que los que se hacen llamar «escritores» tengan la nula entereza de lidiar con las críticas. Este es un país sin cultura casi, y los que promueven (o auto promueven) la cultura deberían tener más modestia y agradecer que al menos alguien los lee y de paso habla de su obra. De hecho, ya vi que una amiga del susodicho JM, una doña cincuentona, le dejó un comentario negativo y totalmente gratuito a otro de los escritores de esta página solo porque no la tomaron en cuenta (a ella) en una enumeración de escritores hondureños.
      Tener la actitud de un poeta maldito o bohemio parisiense no los llevará a ningún lado más que al ridículo.

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