Dos poemas de Leonel Alvarado sobre San Pedro Sula

0

Una de las mejores fotos del año

 

No te quiero mucho, amor.

PEDRO SALINAS

 

Ahora te quiero mucho menos, San Pedro Sula.

Y es por esa muchacha que dejaste de querer

a la una de la mañana. Es lo que dice el parte,

que la dejaste salir de una fiesta y con tres balas

le dijiste que no la querías más.

 

Quedó de rodillas, como si hubiera suplicado,

dice el fotógrafo de Reuters. De las tres balas

la única visible es la de la espalda: una mancha

negra en su blusa amarilla. No hay más luz en la calle,

sólo esa blusa iluminada por el flash.

 

Por un momento, dice la nota, estuvo rodeada

de fotógrafos. Pero después sonaron los celulares:

lejos de allí la ciudad había dejado de querer

a otra muchacha que quizá también venía de una fiesta

y que quizá también había suplicado.

 

No hubo más tiempo para querer a la muchacha

de la blusa amarilla. La dejaste sola y por eso

te quiero menos, ciudad, por esa mancha brutal

en la espalda, por esa súplica que no atendiste.

 

Cómo iba a saber esa muchacha que al salir de la fiesta

su última foto estaría, según Reuters, entre las veinte

fotografías del año. El periódico se toma la molestia

de advertir a sus lectores que entre las veinte fotos

seleccionadas hay una de un cadáver. Es el tuyo, ciudad,

aunque lo quieras menos; no me vengas con el cuento

de que estabas ocupada en desquerer a otra muchacha.

 

Un policía se quedó con la muchacha, termina la nota,

mientras llegaba el forense. Sigues en esa calle oscura,

ciudad, esperando que vengan a examinar tu blusa,

desdoblar tu cuerpo anudado en súplica, nombrar tu cadáver

y llamarte a un número que ya no puedes contestar.[1] 

 

 

Alvarado se llama este dolor

 

A los padres de Karol Alvarado, a sus hermanos.

 

Razones me das para desquererte, San Pedro Sula.

Razones que ahora llegan con nombre y apellido:

Karol Alvarado se llama este dolor.

 

Se levantó a la hora de la bala cuando entraste enloquecida,

ciudad, huyendo de ti misma, perseguida por la sangre

y la codicia. Mal armada venías a enfrentarte a esta muchacha

que sólo vino a sentarse con amigos, reírse con amigos,

tener la edad que se debe tener a los veinticinco años.

No se levantó a saludarte, no quería el desamor de ese pie

de foto que habla de la muchacha que quedó tirada en la puerta

del establecimiento. ¿Quién quiere quedar tirado en la puerta

del establecimiento? ¿Quién quiere quedar sin el zapato

en el pie izquierdo en la puerta del establecimiento?

 

Explícame ese zapato, ciudad. Explícame la tristeza

de ese pie izquierdo, más solo que nunca.

La bala hacía daño en alguna parte del cuerpo

mientras tú, ciudad, descalzabas ese pie y sacabas

el zapato izquierdo de la foto. Estas cosas no se entienden.

Hacía poco tiempo Karol Alvarado, estudiante de medicina,

había cruzado la puerta del establecimiento con sus dos zapatos,

sus veinticinco años, su vida trajinada entre libros y sueños

de muchacha. Pero también hacía poco tiempo el tiempo

de Karol Alvarado había comenzado su cuenta regresiva.

 

La bala venía de otros días, de años endurecidos

por el terror salido de las bocas del infierno.

De una Sinaloa vomitadora de sangre y codicia se dice

que vino esta tristeza. Pero qué sabía Karol Alvarado

de las Sinaloas que te aterrorizan, ciudad, de las que vinieron

ese día a dejar sus veinticinco años tirados en la puerta.

 

Yo no quería saber qué arterias rompió esa bala.

No me interesaba que me dijeran por dónde

dejó de ser esta muchacha, alvarada nuestra.

Pero alguien, en su dolor, me lo dice por teléfono

y yo no quiero ese nombre de la arteria destrozada,

quiero a la Karol intacta, con sus miles de arterias,

sus trillones de células. Esa bala, muchachita, le sobra

a su cuerpo. Su madre no le dio jugos y amores por el ombligo

para que usted creciera y fuera mal besada por esa Sinaloa.

Cualquiera puede fabricar balas, pero quién la perfección

de un cuerpo, quién el misterio de un pie desnudo,

quién el prodigio de los diecisiete músculos que usted

necesitaba para reírse en esa tarde con sus amigos.

 

Marco un número y contesta mi hermano, el mayor

de los Alvarado, heredero para siempre de esa bala.

Que está en la morgue, me dice, frente a la puerta

que tantas veces cruzó su hija, estudiadora de cuerpos,

futura doctora que ahora está entre amigos, futuros

colegas que ya no serán. Para nombrar en formularios

el rumbo de la bala y devolvérsela cuanto antes al padre

la pasan a la cabeza de la lista; es el favor que le hacen

porque la ciudad les ha traído otras tristezas esta noche.

 

Te disputo esa muchacha, ciudad, y no admito que la reclames

para tus estadísticas; no te valgas de su nombre

para adjudicarte el título de la ciudad más violenta del mundo.

Otras son las estadísticas de esta alvarada: está entre

los seis millones de hojas que le brotan al olmo

en una sola estación, entre las setenta mil especies de coral,

las veinte mil especies de orquídeas, los ocho millones de veces

que un adulto respira al año. Esos son los números

de esta muchacha; no la cifra ensangrentada,

sino esos milagros que ninguna Sinaloa podría entender.

 

Cuando se está al otro lado de la bala es muy tarde, ciudad,

para comenzar a desquererte; cuando hay muchacha adolorida

de por medio; cuando te sobran puertas para dejar tirados tantos

veinticinco años. Basta un verbo para desquererte, ciudad,

el aborrecible “ultimar”, tantas veces masticado por la prensa.

Lo conjugaste con Karol Alvarado, quien, reza el titular, fue ultimada.

Nada hay al otro lado de ese verbo, esa orilla brutal que detiene vidas

a sangre y fuego y las deja en tus malas puertas multiplicadas.

En el piso quedó tirada la brutalidad de ese verbo. Mala será

para siempre esa puerta aunque vengan a lavar la sangre.

La muchacha ya ha salido con su pie descalzo, no está más,

comenzó a ser recuerdo, Karol que fue, Alvarado que se llamó.[2]

 

 

Leonel Alvarado (De El futuro que no fuimos)

 

[1] Escrito a partir de una foto incluida en The Observer’s 20 photographs of the year, The Guardian, 2013. La de la muchacha es la número 16. El fotógrafo es Jorge Cabrera.

[2] Escrito a partir de reportes aparecidos en El Heraldo, La Prensa y Diario Tiempo de Honduras sobre el asesinato de Karol Alvarado en un tiroteo entre narcotraficantes, en San Pedro Sula, mayo, 2014.

Leave A Reply

Your email address will not be published.