Un apocalipsis de interés general… y poco más

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Los últimos ladrones. Luis Chávez. Casasola Editores. 2017. 235 pp.

La novela Los últimos ladrones (2017) de Luis Chávez presenta una historia en la que, como su contraportada anuncia, “cosecha todo el sentir colectivo”, en el sentido de que aborda un tema de interés general: la corrupción. La trama se resume en tres puntos claves: el primero es la explosión de toda Tegucigalpa y el terremoto en San Pedro Sula, dos hechos que desencadenan el “apocalipsis” en el país; el segundo es la efímera guerra que viven los ciudadanos contra los hombres del “Don” y el último es el escape de algunos sobrevivientes y la formación de un pueblo que buscará reestablecer el país.

La estructura de 235 páginas se divide en 37 capítulos en los que se narran cuatro historias: la de Javier Sauceda, la de Israel y Waldina, la de Ángel Macías y la de Gustavo Espada y su hijo. Esta división, que resultará excesiva, revela por parte del autor poca experiencia en el uso y manejo de los elementos literarios que sirven para entrelazar varios relatos, narradores, tiempos y espacios.

La novela tiene forma lineal, con historias cerradas y aisladas, descripciones vacías y un lenguaje que oscila entre lo coloquial y lo periodístico: “A toda velocidad el enorme auto recorrió la agrietada e hirviente carretera hacia el centro de la ciudad”, “-se va a armar un relajo… ripostó el de barba”. El uso recurrente de los famosos adjetivos “dantesco” y “lapidario” también están para confirmarlo.

Es exagerado afirmar –como en efecto ha sucedido- que la novela es capaz de alcanzar premios literarios o de convertirse en un boom en la literatura nacional porque, como principal defecto, carece de valor estético; no ofrece nada más que la anécdota, la descripción de un espacio geográfico; no produce un extrañamiento, algo inherente a la literaturidad de una obra de ficción, y lo que encontramos en ella son muchos adjetivos forzados.

Sin embargo, se reconoce que hay ciertos atisbos, intenciones de lograr buenas imágenes, aunque en todos los casos sucumbe ante el cliché (y ante los gerundios, dicho sea de paso), por ejemplo: “encendió su cigarrillo y se sentó en la misma silla que se estuvo sentando los últimos años esperando clientes (…) creyó que la gigantesca puerta del fin del mundo se estaba abriendo y en su pesado movimiento hizo que las paredes de su casa se tambalearan (…) abrazaba la idea de cruzar el umbral del fin… ahora solo esperaba ir a visitar a sus seres amados”.

Umberto Eco aclara en Confesiones de un joven novelista que “lo único que los escritores escriben para sí mismos son las listas de la compra”, es decir, todas las composiciones de un escritor ya sea como ejercicio o para publicar están deliberadamente dirigidas a un público. En este sentido, el autor cuenta con una ventaja pues “aspira a que cada hondureño lea esta novela y se identifique en ella”, según declara en una entrevista; por lo tanto, su público sería el 88% de la población de Honduras que está en capacidad de leer y escribir.

En la misma entrevista en la que el autor explica sus deseos, también cuenta: “aspiro a que la gente logre encontrar claves para sacudirnos los eslóganes, las frases hechas”, pero en su novela no solo abundan estas frases, también hay escenas, personajes y diálogos hechos, fórmulas y clichés provenientes del cine: “-¿adónde vamos? –preguntó una mujer que abrazaba a un niño de unos nueve años. –Adonde tu hijo pueda crecer y hacerse lo suficientemente fuerte para pelear contra nuestros enemigos y vencerlos”.

En lo que parece un intento por enmendar el rumbo de su obra, el autor incorpora en uno de los últimos capítulos -a manera de artificio metaliterario- el diálogo de dos hombres ajenos a la historia principal, quienes discuten sobre la publicación de una novela (¿Los últimos ladrones?) que sugiere la naturaleza de un conjuro que si se anticipa podría evitar todo el apocalipsis antes descrito. Sin embargo, pudiendo aprovechar aquí el episodio para aplicar, por ejemplo, lo que Eco llama “la doble codificación”: “ironía intertextual: citas directas de otros textos famosos” y “metanarrativa: reflexiones que el texto hace sobre su propia naturaleza”, la obra de Chávez se diluye en excusas emitidas por el autor de esa novela aludida dentro de su novela: “no estoy aquí por la literatura ni por la gloria en el parnaso de las letras, estoy aquí con una misión, por un conjuro”.

En uno de los elogios a Los últimos ladrones se lee que “no es un drama; es una novela de acción. Es una novela social; no psicológica” y a cabalidad, esta sentencia se percibe desde el comienzo del primer capítulo, cuando un párrafo anuncia con tono garciamarquiano la tragedia que será relatada más adelante. En los siguientes capítulos el autor se dedica a presentar de manera fugaz a los personajes principales sin detenerse en rasgos psicológicos que los diferencien del resto, se limita a breves caracterizaciones de personalidad y a vacuas descripciones físicas como en el resto de la novela.

En el mismo elogio se alude a un comic argentino –El eternauta– cuyo género de la distopía comparte con la novela. Tal vez esta comparación motive al autor a decantarse por el género de la novela gráfica, muy en boga durante los últimos años, ya que su mejor talento se sabe que es la ilustración.

La novela es rescatable de entre los rancios textos romanticones que aún se publican en Honduras, pues aborda un tema que se encuentra en la realidad inmediata y que sin duda atañe a todos los hondureños. Si bien es cierto que el escritor puede reflejar un contexto social en su obra, es también cierto que, cuando se trata de una obra de ficción, debe atender a intenciones estéticas, porque la literatura no se basa únicamente en temas de interés social; de ser así se estaría reduciendo a ciencia o periodismo.

No se le niega al autor la motivación y la determinación que ha tenido al publicar esta novela, pero le hace falta un buen trecho por recorrer en el campo de la teoría si desea seguir dedicándose a la literatura. Él no es el culpable de los desmesurados elogios que ha recibido, pero si se permite que cualquier obra impresa se convierta en “un referente de la literatura nacional”, aunque no cumpla con los elementos mínimos de la literaturidad, se estaría negando el estudio serio de la literatura que se puede hacer desde las buenas lecturas o desde las aulas. Y aunque a veces esto no guste a algunos, de tontos sería decir que la crítica literaria se produce en los solidarios círculos de la amistad.

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