Por el camino de la Montaña de La Flor

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Héctor Efrén Flores (Olancho, 1976) capta con el lente de su cámara la vida cotidiana de los tolupanes: un anciano prepara el café en la hornilla; una niña tímida sonríe; con la mirada hacia arriba una mujer posa, guardando una profunda desolación; cuatro personas conversan,  sentadas en la tierra; una mujer sostiene tres canastos mientras un niño es amamantado; estos son algunos retratos de la angustia y el abatimiento de toda esta comunidad indígena, que vive una situación punzante debido a que el Gobierno no ha dado cobertura suficiente en ninguno de los aspectos sociales para lograr la conservación de su identidad.

“La vida en el pueblo tolupán se va y viene con la mujer”, dice Efrén Flores que, además de dedicarse a la fotografía, ha incursionado en la poesía y ha participado en distintos trabajos de investigación, entre ellos con maras y pandillas de Honduras.

Detrás del alambrado, con una gorra roída y vestimenta floja, un hombre viejo prepara el café y las tortillas. Lejos de ver que no usa balandrán, indumentaria tradicional, pocas personas como él mantienen viva la cultura, tanto la lengua tol como las tradiciones conforman la identidad de los tolupanes.

En el departamento de Yoro, al norte de Honduras, los tolupanes viven de la sombra de los ladinos, son marginados y vistos como raza inferior; el desasosiego carcome el noble corazón de los ancianos: “los jóvenes no tienen interés por aprender el tol”, dice una mujer, mientras sostiene las lágrimas en sus ojos.

Aunque la mayoría de las tribus cuentan con escuelas, señala Ramón D. Rivas en el libro Pueblos Indígenas y Garífuna de Honduras, publicado en el año 2000, no todos los niños asisten ya que es notorio el rechazo por otros niños ladinos.

Una niña sonríe mientras sostiene útiles escolares envueltos en una bolsa transparente.

“Con los tolupanes experimenté un encuentro con el origen”, dice Efrén Flores, cuando ve la inocencia en los rostros de cada niño; ese origen es el regreso a la semilla de nuestra cultura.

En la mayoría de los casos la población adulta habla la lengua tol. Debido a prácticas comerciales y por falta de escuelas bilingües, los tolupanes se han preocupado por mejorar el español, dejando en menoscabo la lengua materna. En una mañana cualquiera, estas personas descansan sobre la tierra, retirados del rastrojo de la milpa.

Desde 1929, apunta Atanasio Herranz en Estado, sociedad y lenguaje. La política lingüística en Honduras (1996), el Estado Nacional concedió un título de propiedad a los tolupanes sobre la Montaña de La Flor, lugar donde fueron tomadas estas fotografías.

Una mujer tolupán y sus dos hijos vuelven a casa al atardecer. La imagen es una metáfora de su resistencia al olvido.

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