Adivina, adivinador

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Los poetas del Grado Cero. Jorge Martínez Mejía. JK Editores. 271 pp.

Los poetas del Grado Cero es una novela de Jorge Martínez, la segunda después de ¡Esto es la mara jomitos! (2017), en la que aborda las ocurrencias y reflexiones de un grupo de poetas hondureños en torno a la poesía, que los lleva desde un acto simbólico hasta disputas entre sus miembros, para luego ser objeto de estudio literario a cargo de una investigadora francesa. Es un texto basado supuestamente en la vida del autor, quien aparece bajo el álter ego de Yorch, dividido en cuatro partes y cuatro posts scriptum.

Su estructura es novedosa, ya que Martínez apuesta por una historia fragmentaria que incluye diversas voces narrativas. Las partes contienen capítulos desarrollados en varios sitios de Honduras y de París. Los personajes y narradores se alternan, formando así una amalgama que, como propuesta, resulta interesante y manifiesta una intencionalidad que apunta al tipo de lector predilecto de Julio Cortázar.

Pero de intenciones no se vive, y menos en literatura. Si bien el planteamiento es atractivo y tiene varios puntos a favor, son más los que están en contra. Relatar en fracciones comprende riesgos distintos a los de una narración más unitaria; son pocos los escritores hondureños que se han atrevido a llevar a cabo semejante empresa.

En esta ocasión el autor decide que su novela se construya a partir de “unos fragmentos encontrados por casualidad”, abriéndose un horizonte de expectativas bastante amplio. A pesar de ello, no logra alcanzar la totalidad de sus pretensiones, porque, en primera instancia, exagera en el fraccionamiento de la historia. Además, no hay asideros ni los referentes necesarios para construirla. Se puede llegar, por ejemplo, a una cantidad de páginas considerables sin que se entienda de qué trata la obra.

Una persona acuciosa podría recurrir a fuentes ajenas al texto, pero esto significaría que el novelista se desentiende de algunos preceptos básicos de la actividad literaria: se debe tener algo que contar y se tiene que hacerlo. La literatura no se trata de andar a tientas.

Entre el ir y venir de espacios y voces intermitentes se hallan pocos personajes caracterizados; el resto son meros espectadores de una fábula que no termina de despegar y que cuando lo hace, flaquea.

Hay demasiados elementos superfluos, como los datos que anteceden a la anécdota. Habría sido mejor que en vez de anunciar de quién se hablará, dónde ocurre la acción, etc., ofreciera sugerencias en torno a tales aspectos, y así reforzaría su voluntad de obtener una participación activa del lector.

Los narradores también se ven afectados; en esa sobrepoblación se vuelve irritable la identificación de cada uno, especialmente porque hay más de los necesarios y en su mayoría reflexionan sin matices ni tonos particulares sobre el mismo tema.

Con una prosa endeble e inconsistente, la novela muestra elementos que, por un lado, son propios de un escritor con conciencia del ejercicio literario, como los cambios repentinos de la voz narrativa en el discurso (pp. 34); la complicidad con el lector (pp. 36; 51); la jocosidad (pp. 45-47) y los giros en el contexto (pp. 95-101), pero a su vez, el autor se regodea en los errores más elementales: reiteraciones de “dijo”, “le dijo”, “me dijo” en los diálogos (pp. 20-21; 68; 73; 82-84); abundancia de adjetivos (pp. 30); faltas ortográficas como: “tasa de café” (pp. 42), “haya” en lugar de “halla” (pp. 48), “post morten” (pp. 113); equivocaciones en nombres de escritores y movimientos: “Humberto Eco” (pp. 63), “infrarealistas” (pp. 225); fallas en la redacción: “en días recién pasados se le vio con el poeta el poeta Fabricio” (pp. 113), “versos parásitos” (pp. 133); redundancias: “afuera llovía una llovizna suave” (pp. 182), “después yo me vine” (pp. 238), “yo viéndola a ella” (pp. 183); etcétera.

Mención aparte merecen el torrente de palabras repetidas a cada momento: la pirotecnia preposicional (pp. 116); el carrusel de “vos” y “vas” (pp. 146); el festival anafórico (pp. 243-244); entre otros.

Lo anterior echa a perder las virtudes de la obra, puesto que hacen que Martínez parezca un sujeto incapaz de usar sinónimos, descuidado en el oficio, desconocedor de la economía de recursos y cuyos aciertos podrían atribuirse, siendo optimistas, a destellos divinos. Esta idea se refuerza ante capítulos exiguos y otros que al extenderse muestran lo ya citado. Los juegos que propone quedan en la ambigüedad por culpa de los constantes errores, y es más factible que la balanza se decline del lado negativo a la hora de juzgarlos.

Los poetas del Grado Cero aspira a mucho, pero cae debido a su propia dimensión. Martínez se pierde en el laberinto que construye tratando de crear un mito alrededor de un grupo que ni siquiera se puede decir con seguridad quiénes lo conforman. Se trata de un texto narrativo de 271 páginas, que hacia el final tiende a lo inverosímil y el argumento se vuelve tedioso y forzado.

Si se redujera la cantidad de estas páginas a la mitad, la novela seguiría teniendo el mismo valor. En cualquier caso, leerlas supone una frustración: surgen preguntas y transcurren capítulos enteros sin que se brinden sugerencias ni la posibilidad de atar cabos; las respuestas llegan muy tarde, cuando el hartazgo ya ha fulminado el placer. Su historia se malgasta entre tanto capítulo estéril.

A veces da la impresión de estar frente a una enciclopedia: el cúmulo de referencias y enumeraciones sin función determinada se explicaría, tal vez, por un afán de dar a conocer las lecturas y pasiones del autor. Y qué decir de las cuatro posdatas: líneas que se olvidan fácilmente.

Jorge Martínez, anunciado desde la primera solapa del libro quién sabe por quién como “uno de los narradores hondureños más importantes del siglo actual”, fue valiente al publicar Los poetas del Grado Cero, pero lo es aún más el lector que llegue a la última página.

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