Una revolución “guay”

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Sé que no pides consejo a nadie porque corres el riesgo

de que alguien te diga la verdad.

Marwan

Sospecho que gran parte de la población hondureña –incluidos los poetas- no está preparada para las verdades y que preferimos, en muchos casos, las mentirijillas, las medias verdades o las completas mentiras complacientes, lo eufemístico, lo que está en concordancia con lo que nosotros pensamos o sentimos o con nuestras militancias. El disenso sólo se permite de nuestro lado; si viene del otro lado es un ataque. Lo que no es elogio es sesgo, envidia, malasangre. Si somos honestos, algo de eso tenemos o tuvimos todos. La tarea necesaria, entonces, quizá sea aceptar un poco esa primera verdad y reconocer que mientras vivamos en el bosque de espejismos, nunca veremos lo que hay detrás de ellos.

¿Qué tiene que ver eso con la poesía, con los poetas? Mucho más de lo que, quizá, estemos dispuestos a aceptar. Así que arriesgaré unas cuántas reflexiones que no pretenden mostrarse como verdades absolutas sino como intentos personales por comprender lo que somos y lo que ocurre en relación con la poesía y los poetas. Lo que sigue puede que no suene tan ponderado como lo anterior, pero no debe ser tomado de manera personal. O quizás sí.

Pasajeros, manténganse en sus asientos

La lista de libros leídos por una persona no garantiza lo que podría hacer como hipotético escritor. Pocas veces coincide la presunción con que muchos publican fotografías que muestran hermosas portadas de libros de grandes autores que dicen estar leyendo, con lo que después publican como autores, con la magra tajada que pudieron sacar de esas supuestas lecturas. Leer la gran poesía o narrativa del mundo no garantiza el surgimiento de un gran poeta o narrador; aparentar leerla, menos, aunque es innegable que todo buen autor tuvo esos grandes magisterios a su alcance y fue pupilo atento, analítico, crítico, no sólo hedónico o exhibicionista de ellos.

La distancia entre obra leída y obra escrita está dada, entre otras variables, por la calidad de la lectura, por la falta de vocación o por una formación trunca o errada. Un buen escritor, seguro es un buen lector; pero un buen lector no necesariamente puede ser un buen escritor. Imaginemos la mortandad que resultaría si todos a los que nos gusta volar quisiéramos sacar a la tripulación de la cabina y arrojarnos, ansiosos, sobre los controles de vuelo. Sucede que algunos no sólo ser pilotos desean, sino que apuntan sus afanes a convertirse en estorninos de las letras.

Es un asunto de honestidad saber dimensionarse a uno mismo, aceptar que no es cierto que podemos alcanzar todo lo que deseamos; porque hay limitaciones que condicionan lo que somos y seremos. Algunas pueden superarse, subsanarse, eliminarse, erradicarse (quizás, como pregonan los técnicos del desarrollo humano), pero siempre habrá un límite. William Faulkner reconoció ese límite y lo taxonomizó como “nuestro espléndido fracaso en la realización de lo imposible”. Eso está en una entrevista que le hizo Jean Stein Vanden Heuvel, durante un viaje de Faulkner a Nueva York, a principios de 1956.

Otra vez el “detector de mierda”

Algo consecuente con ello debe producir lo que leemos, aunque no se le pueda atribuir la totalidad del desastre ni todo el fulgor posible. Quizá la simbiosis entre lecturas y escrituras es un proceso que se va afinando de acuerdo a la actitud del lector/escritor, hasta el punto en que las primeras lecturas omnívoras se vuelven más selectivas y dejamos de considerar que lo escrito es una pieza literaria tan excelsa que el mundo debe leerla de inmediato y que es urgente enviar a las imprentas o publicarla en Facebook. Por eso declinamos la oferta de algunas lecturas y, por eso mismo, mandamos a la papelera tantas páginas fallidas.

Ante un buen texto, un lector atento advierte unas lecturas esenciales, una lista subyacente de autores que han sido asimilados, que alimentan, pero no son una copia delictiva de ellos. Un poeta honesto no puede negar que lo que escribe es deudor de otros autores, y lo reconoce en forma de homenaje, de tributo, de esos magisterios. Otros, soslayándolo, se incriminan inevitablemente y terminan siendo ridículos imitadores, impostores que toman de acá y de allá y presentan sus Frankenstein como sujetos originales made in China.

Esa balaba pegadiza

Los autores, los libros que admiramos, los que nos causaron esa fascinación inocultable, ejercen sobre lo que escribimos una fuerza de arrastre semejante a la corriente del río en los Cuatro cuartetos de Eliot, la de un dios potente y oscuro capaz de ahogar nuestra propia creación para dejar sólo el sonido de sus aguas y su devastación. Los escritores debemos resolver ese problema de afluencias e influencias como constructores de puentes que se asoman a la corriente desde la segura distancia de una actitud de aprendizaje, mas no de servil subyugación.

Esas lecturas deberían reflejarse en lo que escribimos sólo como un sustrato enriquecedor de lo “nuevo” que podríamos aportar como autores, no como evidentes pruebas de incapacidad creadora que convierten al texto en subproductos de lo ajeno. De ahí los parasitarios autores nerudianos, bukowskianos, arjonianos y reptilianos (si se descubre que también hacen o simulan hacer poesía).

Mi reino por un like

En cuanto a las interrogantes de qué es poesía y qué son los poetas, hay una constante renovación o degradación de los conceptos, sobre todo ahora que todo parece estar en entredicho, que los preceptos y la acumulación de aprendizajes humanos están bajo amenaza de ser abolidos y sustituidos por sucedáneos, por efectismos, por simulacros espectaculares que son “ejemplo de”, pero no “el sujeto mismo”. Así, la poesía soporta la crisis de su representación especular, de una abaratada realidad alternativa, en oposición a su genuina presencia sustituida por el holograma del influencer poet.

Algunas de las nuevas estéticas de la poesía incubadas en la red informática mundial abrevan en los bastos afluentes de la inmediatez, de la fugacidad, de lo intrascendente, de la pura imitación, de modo que las virtudes o carencias del producto corresponden al origen de los materiales procesados.

Aunque las nuevas tecnologías han abierto la oportunidad de explorar vías de expresión inéditas, también ofertan unos paradigmas livianos más relacionados con la virtual masificación de la fama que con una auténtica acción creadora. El empleo de la imaginación, de la materialización simbólica en el poema, se sustituye por la angustia de las uñas del poeta, por sus miserias personales colocadas como sujeto del poema, lo cual explica que algunos novísimos sobredimensionen los ordinarios sucesos de su individualidad y los maqueten como poesía a partir de la llana denotación.

No es extraño que sea más fácil encontrar autores nacidos antes de la revolución digital ocupados en escribir la obra y empeñados en releer a los clásicos en lugar de la “Carta a un perro”, de Marwan; del mismo modo que la mayor parte de los poetas de la ola Instagram se muestran preocupados por decir algo que hable de ellos, algo que los nombre y los haga parte de una “comunidad” contra la cual, contradictoriamente, reniegan. El lenguaje -sujeto principal de la literatura- refleja esas elecciones y da cuenta del carácter e intención de fugacidad o permanencia de lo escrito.

No recuerdo ningún autor nacido antes de esa revolución que haya declarado abiertamente su riña con el lenguaje como lo hacen muchos de los íconos de esta. Las declaraciones de Laura Ferrero –joven escritora que suele publicar textos breves en Instagram- dan cuenta de lo dicho: “A mí lo que me da más vergüenza es la radio. Estás ahí, en un cubículo, trabándote con todas las palabras del diccionario. Años atrás quería ser famosa: cantante, actriz, equilibrista. Cualquier cosa que me permitiera salir en las revistas. Lo que más me gusta de la tele es que miente y que todo lo que vemos no es más que un montaje. No me digáis que no sería maravilloso que en la vida pudiera hacerse así y tuviéramos todos los simulacros y tomas falsas que quisiéramos”.

Aunque salga al paso, curándose en salud al afirmar “cualquiera que se lea un libro mío entero y diga que no tengo ni idea de poesía es que no sabe lo que dice”, Marwan Abu –cantautor madrileño- también se delata cuando dice: “Llegó una corriente que nos llevó por delante… Puedo hacer una poesía mucho más comercial y me hincharía a vender. Pero mi búsqueda constante es no hagas lo que la gente ama, trata de hacer que la gente ame lo que haces”; y remata afirmando que “hay gente que va repartiendo carnet de poeta, que se cree que la poesía es suya porque lleva muchos años en esto, y considera que es un privilegio solo para unos pocos elegidos. Sin embargo, Benjamín Prado o Luis García Montero nos han recibido con cariño y ven necesario que surjan nuevas corrientes poéticas como la nuestra”.

Por supuesto que la poesía no debe pertenecer a un círculo cerrado de catorce familias potentadas. Puede ser que la proliferación audaz de poetas que instalan su escenario principal en las redes sociales sea una respuesta válida a la resistencia que los poetas elitistas suelen presentar para abrir las murallas de sus feudos, pero también se debe reconocer que hacer poesía no es elaborar camisetas de maquila, ni el cariño de Montero otorga a lo escrito méritos literarios más allá de lo que por sí mismo puede contener. Esa innecesaria apología de la poesía sencilla que Montero ha hecho es consecuente con su manifiesto cariño a los poetas marwanianos, pero tan sospechosa como el resto de incidentes en los que se ha visto envuelto desde hace un buen tiempo.

Que es necesario que surjan nuevas corrientes poéticas no está en discusión, ni se pretende descalificar a priori lo que hacen las nuevas generaciones. Únicamente se señala, se trata de explicar, por qué son como son las nuevas expresiones poéticas que tienen sus referentes locales en Honduras como en toda la geografía que cubren las redes sociales.

Es posible que no toda esa efervescencia se vaya en espuma y que al fondo del vaso quede un residuo de poetas Instagram que superen las condiciones y características de grupo para hacer literatura y no productos de ese facilismo entrañable para autores como Elvira Sastre, quien ha dicho: “no suelo tardar casi nada en escribir un poema… antes no me gustaba nada corregirlos, me gustaba esa naturalidad de publicarlo tal y como me había salido, pero con los años sí que he aprendido a corregir estilo, cambiar palabras… No sé, es algo muy inmediato, que no me cuesta trabajo y, de hecho, si veo que me está costando, lo dejo, no sigo”.

Borges ya dijo que la literatura no tiene por qué ser un acto arduo, azaroso, pero Marwan (y compañía) se pasa de relajado cuando describe la complejidad de su acto creativo: “igual que la música sí ha sido pico-pala, en la poesía no hemos tenido que picar casi nada”; con lo cual, quizá sea buen momento para recordar esa máxima de la poética popular que informa que la sencillez es lo más difícil de alcanzar, pero no es lo mismo sencillez que simpleza.

2 Comments
  1. Alicia Segovia says

    Ya estoy bastante cansada de encontrar gente joven que escribe poesía, imitando de los consagrados como Bukowski y Hemingway, sus cualidades más horrorosas como el alcoholismo y el egocentrismo. Ser borracho, cocainómano o arrogante no te hace poeta. Creo que se dedican más a beber que a pulir sus escritos. Lo peor es que presumen estos estilos de vida en redes sociales y si los demás no los aprobamos somos aburridos, aunque su obra sea una imitación barata de los consagrados antes mencionado.

  2. Luis Chávez says

    Como dicen los españoles -creo-: “sin desperdicio”.

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