Exceso de poetas. Escasez de poesía

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Un fantasma recorre las redes sociales y tiene que ver con la poesía. O al menos eso es lo que habría que suponer. Jóvenes compartiendo versos de su autoría o anunciando el lanzamiento de un libro de poemas en Facebook, Twitter o Instagram y una legión de seguidores atentos para otorgar el “Like” que, en estos tiempos, ha sustituido lo que debería hacer la crítica literaria.

En Estados Unidos este fenómeno ha provocado que la lectura de poesía se haya duplicado en los últimos veinte años, según refiere Paula Cantó en un artículo del diario El Confidencial, de España, en el que muestra claramente la diferencia entre producir versos y escribir poesía.

El poeta Marco Antonio Madrid, autor de La blanca hierba de la noche y La secreta voz de las aguas, lo tiene claro: “Esas son consecuencias de la búsqueda de fama. Hacen tres cositas y buscan cofradías. Ese es el problema de la masificación. Ya nadie quiere ser anónimo; ahora todos quieren gritar, llamar la atención”. Es el análisis sociológico del asunto, pero, ¿qué hay de la poesía en cuanto género literario, cómo queda la literatura en todo esto? “Eso crea códigos mentirosos, sofismas. Deforma el concepto de literatura, no para los que sabemos lo que es la literatura sino para los jóvenes con vocación literaria que están en edad de aprender”, agrega.

En medio de todo esto, no parece estar yéndole nada mal a la industria editorial. En el mismo artículo de El Confidencial se apuntan nombres como el de Rupi Kaur, una joven canadiense nacida en India, de 25 años, que ha llegado a figurar en la lista de autores del New York Times con los libros más vendidos. Quizá más conocido para los lectores en español sea Marwan, un cantautor de 39 años que llena salas de conciertos en Europa y Latinoamérica y que ha publicado dos libros de poemas con ventas, entre ambos, de más de cien mil ejemplares y traducciones al italiano y al portugués.

¿A qué se debe el éxito de Rupi Kaur, de Marwan y de otros autores como César Brandon, un joven de 24 años nacido en Guinea Ecuatorial que ganó la tercera edición de Got Talent España con un poema sobre la relación entre el cero y el uno y cuyo primer libro ya ha sido editado por Planeta? Samuel Trigueros, autor de Exhumaciones, se remonta a los “viejos tiempos” para tratar de entender el asunto: “Muchos de nosotros vivimos ese tiempo en el que nuestras investigaciones literarias se hacían directamente en los libros, en las bibliotecas; si no teníamos lo suficiente para comprar un libro nuevo, íbamos con unos cuantos pesos a un librovejero, pasábamos media mañana ahí y salíamos con algo como un tesoro entre las manos. Vimos la transición hacia esta realidad de lo fugaz, de lo vano, de lo líquido”. Pero no pierde el norte al evaluar el problema: “Con toda seguridad existían malos autores también en aquel tiempo, pero no estaban los Coelho ni los Jodorowsky. Estaba Sartre y ahora tenemos a Sastre, a Marwan y César Brandon”, dice.

El objeto de todo eso, que se supone debería ser la poesía, en estos casos queda reducido a nada. Sin embargo, “la auténtica poesía nunca perderá su lugar de privilegio. Siempre ha sido así y siempre lo será: tiene asegurado el futuro, la inmortalidad”. Así lo ve Mario Gallardo, profesor de teoría y crítica literaria y autor de un libro de cuentos y de varias antologías de narrativa hondureña, quien también tiene su opinión sobre lo que llama “la mala poesía”: “los versos banales de los poetastros posmodernos han emigrado a las redes sociales, donde gozan efímeras trascendencias vía like y retweet, pero eso no los salvará de su destino ineludible: el más completo de los olvidos”.

¿Qué pasa en Honduras?

El fenómeno se ha extendido por muchos países y Honduras no ha sido la excepción. En las escasas librerías catrachas, a la par de los libros de Jojo Moyes, Coelhos y demás ya se pueden encontrar libros de Marwan, que los lectores jóvenes se llevan incluso en combo con Benedetti; ya se oye también hablar de los “slams de poesía”, normalmente en Tegucigalpa, que son una especie de competencia de improvisación de versos frente a un público que actúa como jurado. Este tipo de “justas poéticas” surgió en Estados Unidos en 1986. “El slam sirve para darle alas a la poesía, y que levante el vuelo”, aseguran en una web colombiana en la que hablan con entusiasmo del asunto. Y es curioso que uno de los objetivos sea ese precisamente: que la poesía “levante vuelo”.

“¿Es tanta la influencia de ese fenómeno en los auténticos lectores?”, se pregunta Fabricio Estrada, autor de varios libros de poesía, quien recuerda que antes de la llegada de las redes sociales, las veladas y los recitales poéticos eran moneda corriente, por lo menos en Tegucigalpa. Sin embargo, reconoce el asunto como un problema: “Hay una saturación de open mic, de ‘espacios democráticos’ para expresarse, del HCH de la poesía urbana; eso retrasa la llegada de discusiones sólidas”.

Jorge Martínez, autor de Papiro y Las causas perdidas y promotor de múltiples lecturas de poesía durante los últimos años, dice estar convencido de que se trata de “un asunto de suma relevancia para la literatura”, pero rehusó dar una opinión personal, pues prefiere, comedido, como no lo había sido nunca, “reflexionar en colectivo y sacar en limpio algunas cosas”.

¿De qué hablamos, entonces, cuando hablamos de poesía en estos tiempos? Samuel Trigueros, quien escribió en su último artículo en esta revista acerca de este tema, también se refiere con pesimismo al estado del género en la actualidad: “En cuanto a la poesía, los grandes nombres, los grandes poemas, parecen estar cada vez más sepultados bajo toneladas de nuevos poetas instantáneos”.

¿Qué hacer, entonces? “La verdad, nadie les para bola”, dice Estrada con desdén. “No admite crítica algo que no es estético”, agrega. Trigueros, en cambio, puntualiza: “No se trata de hacer de la poesía una secta de iluminados, con capuchas y teas, dispuesta a la cacería de lo impuro; pero tampoco podemos caer en el exceso de suponer que las instrucciones para ingresar a la piscina también son poesía. Ante ese panorama, a veces uno no sabe si abandonar la poesía definitivamente como una actividad emputecida o emprender una cruzada de rescate”. Y es que, así las cosas, poetas uno se los encuentra en cualquier lado, agrega con humor: “Usted abre la puerta de un bar y encuentra diez poetas entre los parroquianos, abre el confesionario en una iglesia y encuentra a un poeta detrás de la cortina, abre un partido político y encuentra cien poetas aspirando al cargo principal, abre su ordenador y la pantalla le lanza cien poetas con sólo apretar “Enter”, abre una Maruchán y, seguro, entre los chícharos va a encontrar unos cuantos poetas”.

Más allá de toda discusión, lo cierto es que en la actualidad los poetas parecen ser muchos más de los necesarios, y por eso, quizá, sea imposible olvidarlos. Sin embargo, quizá la tarea no consista en señalar a los que sobran sino en identificar a los que faltan.

2 Comments
  1. Numa Antonio says

    Cuando el arte, en este caso la poesía, se mantiene en su octava o en una octava ascendente, no hay problema, el cambio es loable. El inconveniente se da cuando el cambio es en retroceso como el caso de los seudo poetas y su seudo poesía señalados en el attículo. Todo cambia, todo se transforma, panta rei, decía el filósofo de Efeso, pero los cambios no sólo son evolutivos, también hay involuciones,entropías.

  2. Vito says

    Es inevitable, los tiempos cambian, los códigos se transforman. Siendo aún tan temprano en este evolucionar, no me atrevo a darle calificativos a toda esa tendencia. Tan solo sé, que todo ya cambió antes, cambia ahora y seguirá cambiando siempre.

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