Trampear con el personaje

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Hay temporadas en la vida del escritor en que los personajes escasean. Tiene listo el argumento, las palabras, la época, el contexto, la estructura, pero carece de un individuo capaz de echar a andar la narración. Eso le pasa a cualquier escritor que se precie de serlo. Ahora, si uno no es de esos autores haraganes y simplones que espera a que las cosas le lleguen del cielo, se lanzará a la calle a buscar lo que necesita, con urgencia. La ciudad de San Pedro Sula con sus trampantojos le ofrece miles de posibilidades de encontrar algún ser interesante.

El problema es que ya en la calle, el escritor también se convierte en un personaje. No puede librarse de los millones de historias que pasan a su alrededor. Debe decidirse y aferrarse a algo, rápido, antes de que la ciudad lo engulla y lo convierta en un ser anónimo y falaz. Para liberarse, el escritor debe moverse, caminar en todas direcciones. No es que marche al azar o trampee, simplemente está desconociendo su destino solitario.

La deriva de sus pasos lo llevará a las calles más congestionadas de San Pedro Sula: Tercera Avenida, Cuarta Calle, Segunda Avenida, prolongación de no sé qué… un resquicio desolado para cambiar de dirección. El mercado central, como un nudo de intestinos que segrega sus jugos pútridos, lo espera. Qué mejor lugar para hacerse con un personaje de verdad. El escritor para de andar cuando columbra una silueta que huye entre la multitud. Se trata de un monigote de sebo con el pecho cruzado de abalorios, el sombrero y las botas de importación son lo único verosímil en su cuerpo rechoncho.

Va tras él, lo persigue entre los entresijos que forman la cadena interminable de tenderetes. El hombre es ágil y esquivo a pesar de sus trecientas libras. Cruza los puestos al aire libre con celeridad mientras vocifera. Ordena, sentencia, pondera, señala. El escritor se ha dado cuenta de que está ante el mandamás de los mercados, el hombre anónimo que mantiene funcionando ese mundo que escapa a los protocolos legales.

No está dispuesto a dejarlo ir, lo necesita, pero los mercados son infinitos, cada vuelta que da lo aleja del mundo real. El asfalto desaparece pronto y una pátina de frutas destripadas lo sustituye, el olor de la cebolla y del cuero falso de los zapatos se impone en su nariz. Las moscas lo atosigan y el humo de las fritangas altera sus nervios. La ciudad ha quedado arriba y el aire ralea. Han cruzado miles de trampas y una penumbra sólida empieza a hacerse notar.

Llegan a un trecho donde ya no hay automóviles ni gente que regatea, la calle es una vertiente de deposiciones y de cartón. En algún lugar de esa selva caótica de tejadillos se halla la madriguera del hombre. El escritor está pensando en eso cuando lo pierde. El tipo desaparece de su vista como por ensalmo; se queda solo en medio de la encrucijada de palos, en el mayor de los desamparos posibles reservado a un humano. El camino de regreso a la luz es triste y serpenteante y deja extenuado al pobre escritor. Tras él se arrastra el desasosiego de no tener nada para contar a sus lectores.

Después de una noche de insomnio y tribulaciones, el escritor vuelve a juntar valor para salir a la calle. Va de cacería, asegura, con la pluma en ristre y la libreta de notas en bandolera. Los mercados lo atraen, el tipo de los abalorios es el personaje que ha estado buscando durante toda su vida. Se regodea al pensar en la novela que escribirá, de la que el tipo ese será el protagonista, pero antes tendrá que encontrarlo.

Camina siguiendo la Cuarta Avenida que lo embute de golpe en aquel espacio infernal. Indaga, escruta, sigue pistas falsas, traza un sendero con su humor. Los bolitos con los que se relaciona le convidan de sus bebidas tóxicas, pero no están dispuestos a hablar. Le mienten, el escritor sabe que evaden las preguntas o cambian de tema con rapidez.

Otros tipos más lúcidos con los que habla después le restriegan una verdad que el escritor no está dispuesto a aceptar. Para ellos, él no está en sus cabales: mire que llegar a imaginarse a un individuo como ese que describe. Que se vaya a ocuparse de sus papeles, mejor, le aconsejan.

A este punto, el escritor ha visto que el hombre de los abalorios es una creación colectiva y, como tal, es fácil negar su existencia. Lo que encuentra en adelante es una refutación general, rotunda. Nadie sabe nada con certeza y eso le hace sospechar la conjura. Lo ocultan porque al sacarlo a la luz van a anular su concreción, retirarán su inmunidad, podrían convertirlo en ficción, en teatro. Alguien podría tomarlo de la calle y llevarlo a las páginas de un libro.

Un golpe de suerte lo lleva a descubrir que su personaje tiene enemigos, no está seguro si fue él mismo quien se los engarzó. Los enemigos están dispuestos a hablar, se reúne con ellos en medio de una montaña de tomates rancios y guineos podridos, en los confines del mercado, en los confines de todo lo razonable. Ellos le informan acerca del poder del hombre de los abalorios. ¿No sabe que el destino de la ciudad pasa por sus manos? Él es quien decide precios y temporadas de hambruna, los números de la lotería y hasta la variación de la moneda. Los financistas de los bancos principales bajan de sus estrados a consultarle cuando la economía se contrae. El resultado de las elecciones municipales requiere de su aprobación. La vida y la muerte, la esperanza y el perdón, el odio y el amor, son consustanciales a su naturaleza.

Con datos tan definitivos, el escritor se entusiasma. Puede sacar al hombre de los abalorios de su escondite, llevarlo a su libreta de notas, de allí a su computadora, y luego al libro, y lo bueno es que no necesitará agregarle nada más. Encaja de manera contundente en su proyecto literario. Un hombre dotado con una personalidad tan abrumadora puede conquistar al mundo con facilidad.

Lo cierto es que el escritor gasta cinco meses de su existencia en buscarlo. Está tan obsesionado que no le importa arriesgar su vida. Los mercados de San Pedro Sula poseen zonas que son tierra de nadie, pequeños abismos en los que la compasión no se ha inventado todavía. Sitios arrebatados al infierno; el palpitar de las muchedumbres no llega hasta ellos porque básicamente se hallan en el subsuelo. En esos rincones en penumbras, la muerte campea a todas horas.

Después de ese tiempo, el escritor abandona la búsqueda con la convicción de que ha sido víctima de una broma macabra o de una alucinación portentosa. El libro que le habría gustado escribir se ha desvanecido en el aire, ha terminado en un deambular tonto, sin sentido, eso le produce mucha angustia, decepción. En un país donde la literatura tiene tan pocos adeptos y se escribe tan poco, dejar pasar una oportunidad que prometía tanto. Está todavía quejándose en voz alta cuando escucha el ruido de la puerta; la voz que suena a sus espaldas le trae el recuerdo de los cinco meses que pasó en los mercados tras una sombra.

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