Los procesos de “fusilamiento” en el arte hondureño

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Todos nacemos originales y morimos copias
Carl Jung

Hay un fenómeno que silenciosamente nos viene acompañando desde hace varios años; me refiero a ciertos artistas que vienen siendo “fusilados”. Utilizo el término “fusilar” como parte de la jerga con la que se designa la copia de obras en el medio local; de esta manera, un artista “fusilado” es alguien que está siendo víctima de reproducciones si no exactas, casi exactas de su trabajo artístico.

Sentirse influenciado por un artista cuya trayectoria goza de prestigio es hasta cierto punto normal, más aún si consideramos que el artista influenciado es muy joven; incluso copiarlo no sería nada extraño, lo que sucede es que estamos más dispuestos a aceptar la copia de la obra de un maestro del arte universal (Da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, El Greco, Goya, Rembrant, entre otros) que la obra de un maestro vivo con el que compartimos vivencias cotidianas. No se trata de satanizar la copia, Alberto Durero pintó copias, Lukas Cranach también, Pieter Brueghel, Degas, Vicent van Gogh y Matisse hicieron lo mismo: copiaron las pinturas de otros maestros; ¿implica lo anteriormente dicho que debe reescribirse la historia del arte desde el principio? En verdad no, cada momento histórico define su conjunto de normas y de prácticas.

Copiar fue tan normal que hasta el siglo XV en las academias europeas le daban más valor a una copia que a una obra original, en este caso, la copia tenía una función pedagógica, era considerada parte de la formación del artista; también se puede copiar por influencia, o por un asunto de conservación del original, como sucedió con la copia de los dibujos y pinturas de la Cueva de Altamira, o la conservación de valiosos originales en los museos que para dicha tarea cuentan con un equipo de formidables copistas; se puede copiar incluso para fomentar el debate entre copia y originalidad, tal como lo hizo el artista Douglas Fishbone cuando presentó a la galería Dulwich Picture Gallery un proyecto que consistía en suplantar una de las 270 obras de la colección permanente de la galería para que el público adivinara cuál era la obra “impostora”.

Diego Velázquez, Las meninas, 1656.

Lo que sí está claro es que estos artistas señalados por hacer copias pronto encontraron su propio lenguaje y hoy son consagrados gracias a esa búsqueda permanente; Picasso dijo una vez: “los buenos artistas copian, los grandes artistas roban”, es decir, se apropian de lo mejor de sus preferencias para edificar su propia visión del mundo a través del arte, ese fue el impulso que lo llevó a reinventar Las meninas, de Velásquez; sobre este punto el maestro dijo lo siguiente: “Si alguien se pusiese a copiar Las meninas, totalmente con buena fe, al llegar a cierto punto y si el que las copiara fuera yo, diría: ¿Y si pusiera esta un poquito más a la derecha o a la izquierda? Yo probaría de hacerlo a mi manera, olvidándome de Velázquez. La prueba me llevaría de seguro a modificar la luz o a cambiarla, con motivo de haber cambiado de lugar algún personaje. Así, poco a poco, iría pintando unas meninas que serían detestables para el copista de oficio, pero serían mis meninas”. Picasso tenía absoluta claridad de que utilizar un referente era una cosa y copiarlo era otra. En el mismo sentido, el hondureño Mario Castillo (1932-2013) hizo una reinterpretación de los códigos velasquianos y produjo una de las obras más geniales del arte hondureño que también lleva por título Las meninas. Picasso y Castillo tuvieron el mismo referente (Las meninas), incluso se acercaron a ciertos rasgos compositivos de esta obra pero las dimensiones de su gramática particular fueron distintas. No en vano, Alexander Graham Bell dijo: “Nunca vayas por el camino trazado porque conduce hacia donde otros han ido ya”. El camino de los grandes artistas está hecho más de negaciones que de afirmaciones.

Otro caso digno de mencionar es el de Van Gogh, quien fascinado por la Pietá, de Delacroix, copió la estructura compositiva de esta misma obra sin que se generara mayor escándalo; Van Gogh modificó la dirección del cuerpo de Cristo y resolvió el color con su empaste impresionista, de esta manera, se acercó y alejó de Delacroix. Consciente de que su obra era bastante derivativa de la Pietá, de Delacroix, el maestro escribió una carta en la que explicó a su hermano Theo las razones que lo llevaron a copiar el modelo compositivo de esta pieza, Jamás intentó sorprender a nadie más que a su propio genio.

Ezequiel Padilla (1944-2015) en algún sentido copia La cabra, de Pablo Zelaya Sierra, el objeto y la composición es la misma, pero su lenguaje pictórico es totalmente diferente. En Zelaya Sierra su realismo pictórico está al servicio del color, de la armonía y la composición; en Padilla su gestualidad pictórica está orientada a la ironía y a la crítica social; Padilla nos está diciendo que en este país aún la escena más lúdica y pastoril puede ser tocada por la violencia, de ahí esa cabra inocente desollada a viva piel. Darvín Rodríguez copia una obra del maestro Julio Visquerra pero toma la estructura plástica del maestro para establecer un diálogo con ella, los recursos de la ironía están bien establecidos en esa obra, de la misma manera que lo hizo Marcel Duchamp al ponerle bigote a la Mona Lisa.

Pablo Picasso, Las meninas, 1957.

Como señalé en líneas anteriores, copiar en sí mismo no es malo, existen copistas profesionales que tienen como lema: “es mejor una buena copia que un mal original”; también museos importantes han desarrollado grandes muestras de copias y el público ha asistido con entusiasmo, hay copias que son tan admiradas como el original, pero Walter Benjamín, en su libro La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, señala algo que me parece fundamental para definir este debate alrededor de la copia y los copistas: “Hasta a la más perfecta reproducción le falta algo: el aquí y el ahora de la obra de arte, su existencia siempre irrepetible en el mismo lugar en que se encuentra”. Benjamín se estaba refiriendo indudablemente al “aura” de la obra, término muy cuestionado en la medida en que también se ha cuestionado el concepto de originalidad en el arte; para mí la originalidad no consiste en hacer una obra única sino en hacer una obra sublime que se ubique más allá del tiempo, es probable que en esta lucha por ser originales nos terminemos pareciendo a otros, sobre todo porque el mundo de la imagen es un mundo saturado por los mass media y se mueven millones de referencias en nuestro cerebro, por eso en esto de la originalidad estoy más de acuerdo con una máxima de Goethe: “La originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro”.

¿Dónde está el problema entonces? Ya hemos señalado que copiar e influenciarse es normal pero en todo esto hay un principio: es aceptable en la medida en que estas intenciones estén claramente establecidas sin que medie el engaño; hay copistas que viven de hacer copias y son artistas extraordinarios, sus copias son admiradas, no engañan a nadie porque no son falsificadores, la diferencia entre copia y falsificación es que la copia quiere parecerse al original, en cambio la falsificación se quiere hacer pasar por el original. El problema se presenta cuando un artista, apropiándose de toda la estructura plástica de otro artista, la hace pasar como suya y para no aparecer como obvio, introduce en la obra ligeras modificaciones que al final de cuentas no alteran el producto.

En nuestro medio he percibido procesos de manipulación extrema, hay artistas expertos en apropiarse de los modelos formales de otros artistas, de esta manera llevan a sus lienzos una estrategia de expresión y representación que no corresponde a su proceso creativo y lo más injusto de todo esto, es que viven de esta práctica del “chepeo” o “fusilamiento” porque le hacen creer a un público determinado que ellos son los dueños de esa pretendida originalidad. No estamos ante copias en el sentido estricto de la palabra; quienes recurren a este medio tienen la audacia de introducir ciertos elementos que eluden la copia propiamente dicha para evitar el descrédito y la demanda legal, pero lo que está absolutamente claro es que estas obras viven de la creatividad de otros, transpiran por el sudor de otros, caminan por el mundo del mercado con los pies de otros, este hecho ya deja por fuera cualquier discusión académica en torno a la copia porque cuando llegamos a este punto nos movemos en el terreno de la ética.

Mario Castillo, Las meninas. Foto: Rubén Merlo.

Apropiarse del trabajo de otro artista sin la finalidad de construir un diálogo estético con él como sí lo hicieron Pablo Picasso y Mario Castillo con Diego Velásquez, Ezequiel Padilla y Darvín Rodríguez con Zelaya Sierra y Julio Visquerra respectivamente, es sencillamente falta de ética y una muestra de poco o ningún compromiso con el arte. Los artistas hondureños que han pasado al “paredón de fusilamiento” son Armando Lara, Santos Arzú Quioto, Luis H. Padilla, Ezequiel Padilla, Gregorio Sabillón, Víctor López y Julio Visquerra, entre otros; en realidad no interesa los nombres, interesa el fenómeno; menciono estos nombres para dar testimonio de que el hecho está sucediendo. Es normal escuchar, ya sin ningún pudor, expresiones como las siguientes: “ayer vi un armandito”, “vendieron un visquerrita”, “por allí andan unos quiotitos”, “a fulano de tal le va bien con sus padillitas”, es más, hay artistas jóvenes que se fusilan entre ellos.

Es probable que en el fondo de esto se esté moviendo el anhelo de tener un éxito rápido y seguro en el mercado; la lógica podría ser esta: “si este artista tiene fama y un buen mercado, entonces lo fusilo”. Hay artistas que hacen un seguimiento sistemático sobre lo que está haciendo el artista que tienen en la mira, solo esperan ver su última producción y le disparan sin piedad. Además de lo anterior, habrá que agregar que estos fusilamientos no solo son nacionales sino internacionales, con el Internet estos artistas buscan referencias en el extranjero de artistas que son muy buenos pero que son poco conocidos o totalmente desconocidos en el país y los fusilan con la certeza de que no serán demandados. Cuando estos artistas acostumbrados a apropiarse del trabajo de los demás deciden hacer un trabajo propio, se nota por su falta de rigor y esfuerzo, que su lenguaje artístico es básico, muy pobre, generando inmediatamente desconcierto entre el público que reprocha cómo algunas veces este artista aparece convertido en un maestro, y otras veces, aparece con lenguajes trillados y sin vitalidad alguna, la respuesta es sencilla: viven de traje prestado. Esto sucede cuando un artista lejos de crear se dedica a manipular imágenes, como ya señalé líneas atrás. La manipulación no exige mayor compromiso conceptual, no existe riesgo ni eso que Cezanne llamaba temperamento artístico, en este punto coincido con el novelista Rainer María Rilke, quien señaló con fortuna que “las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado el peligro, de quien ha ido hasta el extremo de la experiencia hasta el punto que ningún humano pueda rebasar”.

Los grandes artistas, como decía Picasso, pueden tener etapas en las que se vean seducidos por la obra de un maestro, pero pronto dejarán de escuchar esa voz y encontrarán su propio destino como creadores. Apropiarse del trabajo de otro es legítimo, es normal y hasta natural, sobre todo porque la producción artística es social y forma parte de la cultura humana, pero toda apropiación tiene sentido si encuentra en la creatividad del artista la forma de volverse única, trascendente e innovadora. Este ciclo volverá a repetirse continuamente y la nueva obra surgida de ese afán sincero, novedoso y responsable, volverá a seducir a otros artistas que se verán influenciados por ellas, pero estos, si son serios, volverán a edificar otro lenguaje sustentado en lo auténtico y diferente, que hablará de un mundo nuevo, de una vida nueva. Creo que este ciclo también forma parte de la tradición de la ruptura, de la que hablaba Octavio Paz. La creatividad será siempre la luz esperada, el alegre manantial que viajará hasta el pensamiento del artista y este, con la tensión del mundo en su cuerpo, hará surgir la espiga que alimentará nuestro espíritu.

1 comentario
  1. Noel Carias Rodriguez says

    Excelente contenido, debo felicitarlo, me llamo la atencion “fusilamientos” en cuanto apropiarse en su totalidad de una obra de arte, se carece de mucho conocimiento artistico, y desesperacion.
    Fui alumno de su clase Filosofia del arte, muy buenos sus contenidos investigativos artisticos, exitos.

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