La deslealtad como valor moral

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Nos encontramos en tiempos difíciles, cuando la lealtad es un valor que únicamente lo encontramos en los cuentos de hadas, alejado de la realidad objetiva, pero presente en el discurso cotidiano en los distintos ámbitos sociales. Es esta dualidad en el discurso y el obrar lo que conlleva a la búsqueda de posibles explicaciones al fenómeno de la deslealtad.

En este sentido, no se pueden soslayar del fenómeno en discusión los caracteres intrínsecos de la acción humana, la que a su vez cuenta con dos dimensiones: los fundamentos psíquicos del individuo que inciden en su comportamiento y las consecuencias sociales de tal comportamiento. Al respecto Vilfredo Pareto manifiesta: “…vamos a estudiar las acciones humanas, el estado de ánimo al que (aquéllas) corresponden y las formas en que éste se manifiesta; y ello para llegar finalmente a nuestro objetivo, el conocimiento de las formas sociales”. Este argumento le permite introducir el concepto de residuo en la explicación de la acción humana; es decir, el modo en que los instintos del ser humano, sus sentimientos y sus necesidades profundas, determinan su acción. Esta contextualización permite una primera aproximación al estudio de la deslealtad ya que es un residuo o una manifestación social que pone de manifiesto los fundamentos del individuo, lo subyacente, las cosas ocultas y/o reprimidas de su personalidad, tales como: inseguridad, incapacidad, vacío existencial, oportunismo, etc. Este comportamiento individual se convierte en forma social en la medida en que diversos individuos comulgan con esta práctica, haciendo acuerdos, tácitos o no, para la obtención de beneficios mutuos, los que pueden ser materiales o de satisfacción psicológica.

En una línea de pensamiento similar, Goffman plantea que las personas tienden a la creación de fachadas, al intentar “presentar una imagen idealizada de sí mismas en sus representaciones, creen inevitablemente que deben ocultar cosas en sus actuaciones”, razón por la cual, existe una tendencia a crear fachada, entendida desde una perspectiva goffmaniana, como la dotación expresiva de tipo corriente empleada intencional o inconscientemente por el individuo durante su actuación, lo que genera una discrepancia entre las apariencias y la realidad total. Es en este escenario donde descubrimos tareas semiclandestinas, crueles y degradantes; pero estos hechos perturbadores rara vez se expresan durante una actuación. Lo anterior significa que tendemos a encubrir toda evidencia de trabajo sucio, ya sea que se realice en privado o lo asignemos a un sirviente.

Sin embargo, la deslealtad es común en el ámbito de la dominación, y ésta se da en todos los aspectos de la vida; no obstante, es la institucionalidad la más golpeada, ya que es en donde prima la competencia desleal, teniendo como corolario el cierre social (en términos weberianos) y por ende la exclusión social, en donde miembros de un grupo allegado a la élite de poder, indistintamente del nivel de dirección o toma de decisión, se asocian para no abrir los espacios a quienes en su imaginario consideran como rivales o enemigos; por lo que despliegan una red de agentes dobles para que realicen funciones de espionaje, similares a los realizados durante la guerra fría entre las potencias hegemónicas; no obstante, estos esbirros, lacayos y serviles no cuentan con esas facultades, pues sus actuaciones (fachadas) los evidencian como si fueran faros de muelle en una noche despejada. Consiguientemente, la explicación de tal comportamiento, radica en la relación de costo-beneficio que en el pasado les ha dado resultado, por lo que continúan con tales prácticas, pensando en la perpetuación y disfrute del servilismo.

Lo anterior nos lleva a la siguiente pregunta ¿cómo se conforman estas estructuras? Inicialmente, a través de la creación de una dependencia psicológica, la cual se materializa a partir del concepto de “ayuda”, que tiene como función socavar la resistencia y/o autonomía del individuo, al disminuir su autoestima y crear una dependencia hacia ciertas personas, que bajo actuaciones clientelares les hacen creer que sin su apoyo no lograrán los beneficios anhelados, aún y cuando estén contemplados en la ley, situación que conlleva a una infraburocratización de los procesos organizacionales, traduciéndose en excesiva tramitación, papeleo y patrimonialismo. De acuerdo a Echebarria (2000), “se trata realmente de administraciones preburocráticas bajo una apariencia de lo contrario, lo que demanda reformas de publificación, en el sentido de recuperar para el interés general instituciones y políticas dedicadas a intereses particulares”. Lo que el autor manifiesta desde un enfoque institucional weberiano es la importancia del papel positivo del sistema de mérito en el sistema público, lo que contribuye grandemente a la calidad de las instituciones.

En este proceso de instrumentalización de la deslealtad, es decir, el uso de este antivalor como un medio para lograr un fin, es que se produce la reconversión de antivalor a valor positivo, mediante una percepción conductista, además de la existencia de mayores posibilidades para actuar impunemente que para ser castigado y/o censurado por tal conducta, situación que conlleva a un comportamiento nihilístico; tal como lo señala Nietzsche, “la moral es justamente tan ‘inmoral’ como cualquier otra cosa sobre la tierra; la moralidad misma es una forma de la inmoralidad”; y afirma también en diversas ocasiones que “no hay fenómenos morales, no hay más que interpretaciones morales de los fenómenos”. Lo que significa, que la moral es una interpretación de la realidad, a través de la cual se crean fachadas como escenarios que permiten al actor desarrollar su acto en la consecución de sus verdaderas motivaciones, es decir, sus intereses.

Por tanto, no se puede hablar de justicia si la misma no es construida a través de una racionalidad sustantiva, en donde la distribución de recompensas se sustente en principios institucionales formales y no en criterios viscerales propios de personajes cuyo pensar y actuar son discordantes. Esta situación nos conduce a la siguiente conclusión: cuando el ejercicio de la autoridad no tiene legitimidad ética, los súbditos tienen el derecho y el deber de la protesta.

1 comentario
  1. Marco Antonio Madrid says

    La ética marxista mantuvo de moda, por muchas décadas, que la sociedad hacía o determinaba de manera esencial a la persona. Hoy, los hechos demuestran lo contrario, la sociedad es una extensión del individuo. Los jovenes que nacieron y fueron educados bajo los preceptos marxistas en las antiguas repúblicas soviéticas, a la caída de éstas, muy pronto pusieron de manifiesto los vicios del capitalismo occidental, es decir, su naturaleza reprimida. El concepto de residuo y las teorías de Goffman sobre las fachadas o subterfugios de los individuos en una sociedad vienen a subrayar esos postulados que son la antípoda de la ética marxista.

    Buen artículo, paisano.

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