Historia de dos textos

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Lo que sigue es el inicio de La Boca, el Monte y las novelas, el último libro de Álvaro Rojas Salazar (Costa Rica, 1975), que, como lo indica el subtítulo en la portada, es “una mirada literaria a la ciudad de San José”. Rojas camina por la ciudad y entra al Chelles, un bar emblemático de San José, donde posiblemente empieza a tomar forma, luego de pedir un café, aquella idea que nació del descubrimiento del borrador de la novela de un tío en una gaveta. Lo demás es esa correspondencia que siempre ha habido entre la ciudad y las ficciones, entre la vida y la literatura. Conozcamos, entonces, a este escritor de la última generación de la literatura costarricense, autor de cuatro libros entre novela, crónica y ensayo, y a través de su mirada en esta última obra, conozcamos también un poco de las calles por las que se pasea como un flâneur, a la caza de instantes literarios:


Voy a empezar así, de la manera más cercana posible, hablando como lo que soy, es decir, alguien de San José, alguien que se sorprende cuando encuentra en un libro lugares por los que ha caminado, sobre los que ha oído alguna cosa en la sobremesa de la casa, alguien que un sábado como cualquier otro llega a Chelles y se pide un café mientras toma apuntes sobre ese espacio donde las novelas se cruzan con las calles, espacio tan familiar como el lenguaje materno.

  • CHELLES 

-¿Qué le sirvo, muñeco?

– ¡Hola, hola! Un café negro y un arreglado especial. También un vaso de agua.

Pude haberme ido a sentar al café del teatro, es más amplio, tal vez más cómodo, pero no se ve la gente pasar desde tan cerca. También pude ir al Café Rojo que tiene a Libros Duluoz a la par, pero Chelles es Chelles y son muchas las novelas que despiertan un interés especial justamente por eso, por las referencias a una ciudad, por un lugar insignificante, que puede estar en una esquina cualquiera, pero que cobra una importancia única debido a gustos inexplicables. Abundan los ejemplos de esa intersección que se da entre ciudades y ficciones y San José también tiene las suyas.

Muchas veces he caminado por San José con la cabeza llena de literatura, también son muchas las que me he imaginado esta ciudad mientras leo novelas tendido en una cama o sentado en una mesa de café. Tal vez por eso me vine a Chelles, por todo lo que este lugar me evoca. Y bueno, cuando la ciudad se cruza con la ficción resulta inevitable recordar al flaneur de Baudelaire, esa figura moderna que está a medio camino entre un cronista y un caminante. Es ese personaje solitario, melancólico y observador, que disfruta de su anonimato en medio de la multitud y la vida impersonal de las ciudades modernas. Él vive su soledad, su goce está en la mirada, se siente en casa en medio de calles, avenidas o cafés. Luego se pone a escribir y nos muestra a todos nosotros las  imágenes  que  su  memoria  selectiva  ha  ido almacenando. Con él surge una nueva forma de contar la ciudad. Parece un idiota caminado solo con la boca abierta y sin embargo, lo está viendo todo, lo está registrando todo. Él es un triunfo del individuo como figura literaria.

  • DOS TEXTOS

La primera vez que pensé en todo esto fue por un borrador de novela que mi tío Mario escribió a principios de los años ochenta, yo lo encontré en una gaveta en la que mi mamá lo tenía guardado, eso fue algunos años después de su muerte. En él, uno de sus personajes camina por las calles de San José y le reclama a sus edificios el no tener historia, el no evocar gestas heroicas ni épicas, ni revoluciones ni nada; en síntesis, aquel personaje reclamaba la ausencia de memoria en esta ciudad, la ausencia de memoria y la ausencia de acción. Él, que también podría haber sido mi tío, se detenía frente a los edificios buscando algo, un diálogo, un pasado extraordinario y ellos no le decían nada. Por eso y por la furia personal de ese caminante, es que Mario le puso ese título a su novela, así como lo escribió fue como lo gritó su personaje a los mil vientos: ¡San José de día, San José de noche, San José de mierda! Y a mí me gustó.

El segundo texto que me despertó otra vez esa idea de pensar San José por medio de la literatura lo leí en el 2005, es el libro de Marshall Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire. Él lo publicó en Nueva York en 1982, tal vez en el mismo año en que Mario escribió el suyo. Berman estudia la experiencia de la modernidad y la vincula con el modernismo literario. Reflexiona sobre la vivencia del tiempo y del espacio, sobre las transformaciones de algunas ciudades europeas, pero principalmente sobre Nueva York, la experiencia subjetiva frente a los procesos de modernización y de cambio. En ese libro todo es pensado desde los textos literarios de Goethe, de Dostoiewski, de Baudelaire y de algunos gringos, textos que de algún modo son un síntoma que permite comprender mejor el contexto en el que aparecieron. Pero de todo eso, fue la referencia que Berman hace a una autopista que destruyó un campo donde él jugaba de niño, creo que en el Bronx, la que me recordó lo que también me pasó a mí con un segmento de la carretera de circunvalación que como un anillo rodea San José, uno por el que hoy corren los carros a toda velocidad sobre un pasado donde nosotros metíamos goles en unos marcos de bambú.

Un escritor hace su trabajo, sabiéndolo o no, afectado por aquello que ha vivido. En muchos casos, desde luego que no en todos, usa como materia prima, además del lenguaje, la vida en una ciudad. En El pasado es un extraño país de Daniel Gallegos o en Una casa en el Barrio el Carmen de Alberto Cañas, está San José, un San José, no es que me gusten esas novelas, pero con ellas se puede pensar la ciudad. Estos arreglados de Chelles no cambian, aunque es verdad que están caros.

En El año del laberinto y en La fugitiva, Tatiana Lobo y Sergio Ramírez describen muy bien distintos momentos de la ciudad. En Los Dorados, Sergio Muñoz cuenta todo el mundo marginal que no siempre sale a la luz, la vida de los niños que viven la ciudad como si fuera una aventura a la que van armados con puñales y piedras de crack.

  • LA MADRE DE LAS NOVELAS

El flaneur permite una mirada en la calle, una mirada que recorre tiendas, gentes, injusticias, mercancías  y  también  su  propia  intimidad cuando camina en solitario. Lo usó Baudelaire, lo usó Allan Poe, lo usó Walter Benjamin en Berlín. Un flaneur es quien mira con atención cómo todas estas mujeres entran a Chelles de vez en vez con los labios pintados hasta la madre, usando tacones de aguja y jeans ajustados, mira cómo ellas recorren esos cien metros que separan Chelles del Hotel del Rey, para llevarse de vuelta un sándwich de carne y un paquete de cigarros; también se ve a sí mismo compartiendo el salón con mariachis que están en sus horas libres y con gente como cualquier otra que pasa por un café o por una birra, mientras en el ambiente suena la música romántica de una estación de radio y afuera las conversaciones se pierden con el ruido de los buses que no dejan de pasar por un costado de esta descuidada esquina.

Desde La Perla se veía bien esa avenida. Ahí donde estaba, acurrucada en una esquina del Melico Salazar, permitía una perspectiva novelesca de la ciudad. En esa cantina, una madrugada conocí al Negro Calderón. Yo no sabía quién era él, pero me dijeron que había sido el mejor bailador de San José y yo les creí el cuento cuando lo vi acodado a la barra, usando un elegante traje café de cuerpo entero y unos zapatos Oxford, bitonales, como los habaneros de 1950. Estaba ahí, creo que tomándose un trago de ron y hablando hasta por los codos en un ambiente cargado de humo de tabaco y de bohemia, como el de Los bigardos del ron de José Marín Cañas.

Pero mucho de la ciudad se vino abajo, se destruyó, así como se vinieron al suelo los viejos hoteles con nombres de ciudades como el Washington, o las casas de adobe o aquellas otras adornadas con barandas, rejas forjadas y escudos de armas  que llegaban de Europa por puerto Limón; eso, más la aparición de todos los edificios de ingenieros de la avenida segunda, le dio a la ciudad la cara que tiene hoy, cuando no sabemos muy bien quiénes somos al leernos en ella, como le pasó a mi tío Mario. O tal vez eso que muestra San José en la actualidad es lo que siempre hemos sido, gente influenciable, que muda con facilidad, sin un centro fuerte, hacia las corrientes de moda en las sociedades de las que somos periferia ahora, colonia antes. O nada más gente que busca plata fácil como la que dejan los parqueos, gente a la que no le interesa para nada, esas estupideces de la memoria y de la cultura.

Plata fácil de conseguir, plata fácil de gastar. Esa tensión entre la ciudad idealizada que se vino abajo y la actual, es la que aparece en Los Peor de Fernando Contreras, una es la ciudad europea en miniatura, la que ve un ciego, la otra es la que recorre un cíclope educado por un loco, un niño que deja el latín para comenzar a hablar en la calle como un “chapulín”.

La demolición de la vieja Biblioteca Nacional a finales de los sesenta es un símbolo impar de esa relación que tenemos con el patrimonio y con la cultura, y se dio a manos de propietarios privados, que lo hicieron porque pudieron, porque no les importó, ni a ellos ni al Estado. Ésta es, tal vez, la mejor metáfora del espíritu costarricense dominante hasta el día de hoy. “-En Costa Rica la guerra ha sido contra el patrimonio-”, dice el profesor de literatura Guillermo Barzuna. Si no hemos sufrido grandes conflictos militares o terremotos devastadores, no deja de sorprender que la destrucción del patrimonio arquitectónico haya sido tan violenta y tan persistente.

Ahora que pienso todos estos temas, me resulta interesante esa otra idea de Barzuna, la de recorrer la ciudad levantando la mirada, observando los segundos pisos y descubriendo la historia de esos edificios que aún quedan en las figuras, escudos, azulejos y restos de un tiempo anterior al que el comercio de los primeros pisos ya no le dejó lugar.

Y sin embargo, esa ciudad así, con todo y todo, se puede caminar y es la que alimenta la literatura, la que crea personajes novelescos como los que inventaron  Gerardo  César  Hurtado,  Alfonso  Chase  y  Carmen Naranjo en los años setenta. Ellos tres, que con sus libros marcaron un hito en la historia de la literatura urbana costarricense, seguidos después por muchos más hasta llegar a nuestros días; donde algunos han convertido a la ciudad en el personaje central de sus ficciones y otros la han usado como escenario privilegiado de aquello que cuentan.

La verdad es que los novelistas se sienten atraídos por esta ciudad,  tal  vez  empujados  a recrearla  por  influencia  de  la  novela moderna, ya sea la europea, la norteamericana o la latinoamericana, tal vez por su inmediatez. Hasta el piso siete del edificio de la Caja se subió Carmen Naranjo para ver a ese montón de gente en miniatura y después, se bajó de ahí  para escribir Diario de una multitud.

Lo cierto es que San José enciende con frecuencia la imaginación de los escritores, de los que la odian y de los que la aman, que también los hay. O de aquellos que buscan reconstruir su pasado con novelas históricas, tal y como lo hacen recientemente Vernor Muñoz y Óscar Núñez en Cómo ríe la luna y en La guerra prometida. Y así podríamos seguir contando cosas hasta que llegue esa hora en la que a los travestis les crece la barba, que es como le dice Luis Chaves a las cinco de la mañana.

Esa es la intersección en la que está Chelles, no por donde pasan todos esos buses o por donde se parquean los taxis, sino esa otra, donde la ciudad y las novelas se entrecruzan. Claro que todo esto son sólo cosas mías, no es que Chelles sea así, tal vez lo veo de esa forma por lo que me dijeron en mi casa, por lo que me ha pasado en estas mesas, porque aquí venía mi tío Mario, nada más, todo subjetivo, todo personal; como la decisión de gastar un sábado así, caminando por Chepe, comiéndome un arreglado especial, tomándome un par de tazas de café negro y escribiendo estos apuntes que con mucho esfuerzo de mi parte, finalmente, pasaron a ser las páginas iniciales de este ensayo que trata de San José y de su literatura.

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