Sergio Ramírez y las propiedades del sueño

0

Con una trayectoria importante en el género narrativo, el nicaragüense Sergio Ramírez recibió este año un reconocimiento muy merecido: el Premio “Cervantes”. Aquí queremos resaltar, precisamente, sus virtudes como cuentista, a partir de la lectura de su Antología personal (50 años de cuentos), editada por Océano (colección “Hotel de las Letras”) en 2017.

La introducción, a cargo del propio Ramírez, titulada “La necesidad de contar”, contiene una especie de micromemorias que refieren el proceso personal de formación y consolidación de su oficio en esa rama tan especial del género narrativo, que, como sabemos, requiere dotes particulares para condensar, en breve espacio, una trama sustentada en virtudes estructurales y estilísticas que le den validez estética. Recuerda Sergio en este prólogo el papel relevante que, en su formación como cuentista, tuvieron los consejos que le brindó su amigo Juan Aburto, quien, al franquearle su biblioteca, lo aproximó a los representantes clásicos del género (Poe, Maupassant, Chéjov, O’Henry y Kipling, entre otros).              

El estilo de Ramírez es preciso y fluido, como corresponde. Y el manejo del género  satisface plenamente los requerimientos de Horacio Quiroga (esa especie de Poe rioplantense) en su  “Decálogo del perfecto cuentista”.

Para muestra, transcribimos este cuento breve, titulado “De las propiedades del sueño”. Lo hemos seleccionado por varios motivos; entre ellos, su brevedad, su exquisito ingenio (con toques irónicos de erudición que nos recuerdan a Borges) y su indiscutible relación con un contexto político -actual- digno de ser ridiculizado con tanta agudeza.


He aquí el texto:

                                            DE LAS PROPIEDADES DEL SUEÑO

Sinesio de Cirene, en el siglo XIV, sostenía en su Tratado sobre los sueños que si un determinado número de personas soñaba al mismo tempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad: “entreguémonos todos, entonces, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos y magistrados, habitantes de la ciudad y del campo, artesanos y oradores a soñar nuestros deseos. No hay privilegiados ni por la edad, el sexo, la fortuna o la profesión; el reposo se ofrece a todos: es un oráculo que siempre está dispuesto a ser nuestra terrible y silenciosa arma”.

La misma teoría fue afirmada por los judíos aristotélicos de los siglos XII y XIII (o Sinesio la tomó de ellos) y Maimónides, el más grande, logró probarlo (según Gutman en Die Philosophie des Judentums, Munich, 1933), pues se relata que una noche hizo a toda su secta soñar que terminaba la sequía. Al amanecer, al salir de sus aposentos, se encontraron los campos verdes y un suave rocío humedecía sus barbas.

La oposición política de un país que estaba siendo gobernado por una larga tiranía quiso experimentar siglos después las excelencias de esta creencia y distribuyó entre la población de manera secreta unas esquelas en las que se daban las instrucciones para el sueño conjunto: en una hora de la noche claramente consignada, los ciudadanos soñarían que el tirano era derrocado y que el pueblo tomaba el poder.

Aunque el experimento comenzó a efectuarse hace mucho tiempo, no ha sido posible obtener ningún resultado, pues Maimónides prevenía (parágrafo XII) que en el caso de que el objeto de los sueños fuera una persona, debería ser sorprendida durmiendo.

Y los tiranos nunca duermen.

Leave A Reply

Your email address will not be published.