Incapacitado para follar

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Hace algunos años, un fin de semana de abril, agobiado por el calor sampedrano de las ocho y media de la mañana y con una resaca que daba la impresión de venir de un tiempo ya muy lejano, como si en vez de celebrar el reencuentro con un viejo amigo la noche anterior hubiésemos invadido Playa Girón, tomé una osada decisión: echar un polvo. Con proezas de ese tipo es que he ido yo ganando prestigio, pues estaba acostado en la cama, con un pie en la muerte y otro en la resurrección. A veces se ampara uno en minúsculas hazañas de ese tipo, aunque no sean del agrado de cualquiera.

Intenté moverme despacito hasta donde estaba ella, desplazándome como una grúa, y una vez finalizada la maniobra se desencadenó la locura. Corrimos, volamos e incluso nadamos por cada rincón del apartamento, recibiendo a cambio soberbios sopapos de cada mueble. En cada embestida sentía yo el sudor chorreando por mi frente y mi espalda y el corazón latiéndome deprisa, aún con la inercia de la noche anterior. De pronto sentí la urgencia casi enfermiza de neutralizar a mi amante, tal como hiciera Khal Drogo con Daenerys, y advertí la eyaculación en intervalos demoledores, devorando millas a toda velocidad. Fue así como, sin previo aviso, entre resoplidos más o menos caricaturescos, me sobrevino un dolor de cabeza tan hijo de puta que me tumbó sobre las sábanas. Me desplomé llevándome las manos a la cabeza, emulando a Neymar, a quien en vez de un empujoncito parecen haberle dado una noticia aterradora, y seguí llorando un buen rato mientras la muchacha me observaba impávida, con la razonable duda de si estaba presenciando un orgasmo o mi muerte inesperada. Quizá por precaución adoptó ella la típica actitud vanidosa de cubrirse las tetas con la almohada, como cuando en las películas uno de los dos amantes muere y la primera reacción del que queda vivo es el pudor.

A esas alturas ya nadie estaba seguro de si aquello se trataba de un paro cardiaco o de una señal del Papa, que a esa hora daba misa en El Vaticano. Había sometido mi cuello a una desproporcionada rigidez, machacando así mis músculos cervicales. Daba la impresión de que la cabeza ya no era compatible con mis hombros. Un polvo más y rodaría hasta la alfombra mientras mi cuerpo continuaría estremeciéndose por su cuenta unos minutos.

Por la tarde, sintiéndome algo mejor, visité un fisioterapeuta. Me dijo que a lo mejor un ligamento cervical había prensando alguna arteria y que eso redujo el flujo de sangre provocándome el fuerte dolor. Yo lo miré atónito, y quizás para que me despreocupara me dijo que se trataba de un dolor común, que incluso a él le había ocurrido alguna vez, pero mientras se hacía la paja: “Por culpa de un chaquetazo me eché una semana atendiendo a mis pacientes con la cabeza torcida”. Salí de consulta decidido a obviar discretamente aquel dato, puesto que el dolor ya había menguado. Como en ese entonces estaba yo desempleado, me levanté muy temprano al día siguiente y lo primero que hice fue ir a la sala a preparar el café y dar pataditas a una pelota de cuero que mi compañero de apartamento había dejado ahí días antes. Comencé con movimientos suaves, casi inofensivos, y cuando quise golpear balón con más fuerza asomó nuevamente el inmundo dolor de mierda, obligándome a pasar el resto de la mañana en la cama, temblando.

Aquello volvió a ocurrirme por la tarde, en esa ocasión estaba sentado en una banca en el corredor frontal del apartamento, con el teléfono en la mano, y también los días posteriores. Era oficial: estaba yo incapacitado para follar. Se lo conté al fisioterapeuta y me dijo, con cierto asombro, que un dolor de ese tipo no se curaba dando pataditas a un balón por las mañanas. Yo le contesté que aquello no tenía nada que ver con la práctica del deporte sino con las exigencias propias de la vida, y que el dolor sólo aparecía con los movimientos meramente especulativos del acto sexual. Me daba la impresión de que ya sólo con ver un par de tetas me dolería la cabeza, y además sentía temor por el flujo sanguíneo: si éste disminuía drásticamente podía haber incluso consecuencias fatales. Así que me encontraba yo ante un gran dilema: si echaba un polvo podía acabar mongolo, y si no lo echaba iba a parecer mongolo igualmente. Planteé la posibilidad de inmovilizarme el cuello a la hora de follar, y cuando de repente me imaginé recobrando la normalidad de mi vida y saliendo a pijinear con un condón en la billetera y un rosario en la mano —utilizando ambas cosas llegado el momento—, me entró semejante ataque de risa que por poco me explota la cabeza.

 “Mirá, pelón”, pensé, “al menos no sólo te pasa cuando echás un polvo; eso ya es algo”.

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