Bucles

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“Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo,

salvo hasta dónde podemos hundirnos”.

Émil Cioran

Tenía más de una semana diciéndome que al día siguiente iría a la barbería. El canasto de pelo crecía y amenazaba convertirme en el tardío integrante catracho de los Globetrotters. Siempre surgía un compromiso superior o la simple modorra del verano me dejaba postrado en el sofá, con lo que postergaba para las calendas griegas el control de maleza capilar. Cierta amiga a quien le encanta incorporar palabrejas de moda a su vocabulario me dijo que a eso de dejar para mañana lo que bien podía hacer hoy se le llama “procrastinar”. Horrible manera de cagarse en un dicho popular, pensé. Tuve ganas de meterle el adefesio lingüístico, inmediatamente, sin lugar a procrastinaciones, por alguna de las nueve puertas descritas por Apollinaire en referencia al encantador cuerpo de Madeleine.

Quizá para no dar lugar a comentarios similares, decidí visitar al día siguiente al barbero. Esta vez cumplí. Cuando amaneció, todavía con la detestable sensación del término vomitado por mi amiga sobre mi cabellera, entré al baño, lavé mi cabeza con abundante champú, a fin de domesticar un poco la maraña de alambres, me hice un pequeño bucle sobre la frente y caminé hacia la zona cercana al “Hoyo de Merriam”, donde cada dos puertas es posible encontrar un hombre tijeras en mano o una prostituta dando vueltas a un llavero alrededor de su dedo índice. Entré a la Barbería Estilo´s. Era temprano. Deduje que el chaparro dueño del negocio recién había abierto el local, porque todavía estaba afanado en limpiar los grandes espejos y preparar espuma de afeitar en los pequeños pomos de peltre. Yo era su primer cliente del día. Los empleados eran dos cheles, gemelos, de una serie de dos partos similares de su madre, según me contaron alguna vez. Ambos estaban tirados en los sofás de espera, ocupados en enviar sartas de guasaps o cambiar interminablemente los canales del televisor empotrado en la pared.

—¿Lo mismo de siempre? —preguntó El Chaparro, mientras me veía por el espejo y aplastaba el casquete de pelo de mi cabeza como quien aprieta un coco machacado.

Por un momento pensé que estaba confundiendo los deyavú y que el barbero era un cantinero al que podía contestar “Sí, un Zubrowka doble con hielo”, pero el resplandor matutino que entraba por la puerta de vidrio me recordó la norma personal de no probar nada de alcohol antes de las cuatro de la tarde.

—Sí, lo de siempre. Corte normal, ni muy pelón ni muy peludo; y no quitarme mucho de enfrente, para poder hacerme el bucle —respondí, con la boca seca por el calor.

El hombrecito comenzó, de inmediato, a pasar la máquina eléctrica y los puchos de pelo comenzaron a caer a intervalos constantes sobre la bata de seda sintética.

—El cambio climático nos tiene jodidos —sentenció, como si en un mismo acto rematara una larga conversación con algún cliente anterior y la reiniciara conmigo.

—No más que el gobierno —agregué.

—Eso es cierto —consintió—. Es que nosotros somos los culpables en ambos casos. Somos unos pendejos, perdonando lo presente -se excusó-, que no tenemos los güevos de acabar con toda esta porquería. Para lo único que servimos es para protestar una semana y después aguantamos lo que sea.

Lo dijo con tal rabia y amargura que yo temí quedar pelón, dados los mordiscos con que parecía estar podando la mata de pelo.

—Bueno, pero de algo sirve protestar. Además, parece que poco a poco vamos aprendiendo y tarde o temprano esto va a estallar de una vez por todas.

—Ojalá, compa. Yo lo que quiero es irme de aquí. Esto ya no sirve para vivir.

—¿Pero, clientes no le faltarán? Peludos siempre habrá en el mundo.

Hizo una mueca parecida a una sonrisa y luego terció.

—Sí, eso sí, pero ahora la gente viene más raleada. Muchos buscan un familiar que medio le haga a las tijeras y se cortan el pelo en casa. Quedan pocos clientes fieles como usted.

Entonces comprobé que en casi cualquier actividad humana es posible buscar, cuando no encontrar, algún tipo de ética. Por lo menos eso parecía querer decir el barbero, quien aplicaba al intercambio de fuerza de trabajo por dinero unos valores parecidos a los que muchos exigen –con más o menos éxito o razón- en otras relaciones humanas como el matrimonio, la militancia política o la filiación religiosa.

En ese momento pasó frente a la barbería una figura cuasi femenina que dijo, con voz áspera pero cadenciosa que atravesó el vidrio, “Adiós, Chaparro, mi amor”.

—Adiós, cosita. Mañana nos casamos —contestó el barbero, seguido de una carcajada.

Uno de los cheles pulsó el control remoto y la pantalla del televisor arrojó las imágenes “en vivo” de la toma de la U, que en ese instante se realizaba con profusión de estudiantes encapuchados, policías, soldados, bombas lacrimógenas y demás parafernalia de combate.

—Mire, es lo que le digo —aprovechó el barbero para ejemplarizar—, esos muchachos llevan meses en eso y parece que es la misma cosa todos los días. Ya no se sabe si es una nueva toma o una repetición. Y lo mismo es en el resto del país, en todas partes. Después del golpe de Estado, todo ha sido lo mismo: protesta, represión, protesta, represión, negociación, nada para los de abajo y más para los de arriba. Una y otra vez.

—No crea, amigo, algo se va logrando. Ahora la población es más consciente.

—Naaaa, mire, si fuéramos más conscientes ya le habríamos dado pa´bajo a los de arriba. Aquí lo que hace falta es alguien que organice otra vez a “los cinchoneros”.

Pensé en tantas personas que históricamente han luchado por cambiar el país, pensé en los desaparecidos, en los muertos de cada época de lucha, en las tumbas anónimas, en los padecimientos y la capacidad casi infinita de sufrimiento de los hondureños, en las dictaduras, en los políticos tan folclóricos como dañinos que pueblan nuestra historia, en la rueda de la historia que en otras latitudes conduce a los pueblos a nuevos estadios de civilización pero que, en nuestro caso, parece estar fijada a un eje inamovible. El tintineo de la campanilla colocada sobre el dintel de la puerta de vidrio y aluminio interrumpió mis pensamientos y el sopor en el que empezaba a caer bajo el zumbido de la máquina, convencido del pesimismo o del acendrado realismo del barbero.

Entró un hombre con la melena de Elvis Presley, dispuesto a sacrificarla.

—¿Quién está disponible? —preguntó al aire.

El Chaparro miró con rapidez al chele que parecía estar menos concentrado en hacer nada, quien inmediatamente saltó del sofá, sacudió una de las sillas giratorias y extendió a dos manos la bata ocre para el nuevo cliente que tomó asiento.

—Lo quiero oscuro, bajito, pero quiero el bucle sólo rebajado —indicó.

El Chaparro trasladó la conversación al hombre que se acababa de sentar en la otra silla.

—Entonces, don Ernesto ¿qué dicen los rockeros?, ¿ya decidieron salir a la calle a protestar con el pueblo?

—Yo soy uno de los pocos, Chaparro. Parece que los raperos tienen más pelotas que los adoradores del diablo en este país.

Gracias al juego de reflejos creado por las grandes lunas en todas las paredes pude ver cómo iba mi trasquilado. Conforme a lo esperado de la pericia del Chaparro. Como quien hace mutis del escenario inmediato, me sustraje de la conversación y mi mente pareció abrir un archivo WinRar en el que la palabra “bucle” desplegara varias carpetas de información.

Es lógico que en una barbería la palabra bucle se repita constantemente, pensé, formando sobre sí misma un bucle de lenguaje específico propio del oficio en este espacio. Luego recordé que en algún lugar virtual leí que en programación también se llama bucle o loop a “una estructura que posibilita la repetición de sentencias en muchas oportunidades. Cuando el programador estipula una cierta condición y dicha condición se cumple (es decir, resulta verdadera), se produce la ejecución del bucle, que recién se detendrá cuando la condición se deje de cumplir”.

Abro la carpeta que dice Honduras y veo que está llena de bucles históricos, unos más extensos que otros en duración, unos más intensos que otros en tragedia. Bucles, bucles, unos dentro de otros, interdependientes, interconectados, derivados; rizomas de bucles, llanura de bucles, abismo de bucles, honduras de bucles.

Caer en un bucle es fácil. Basta con que el Departamento de Estado de los EEUU y la pusilanimidad o servilismo de nuestros gobernantes decidan meternos en uno de ellos y ¡zas!, estamos “hechos”. Lo difícil es escapar de ellos. Lo podemos comprobar fácilmente. La sociología y la historia deberían poder informarnos acerca de esas construcciones helicoidales insanas. A falta de ello, podemos recurrir al Facebook -el ojo que todo lo ve- y constatar de cuántos bucles personales, ínfimos, casi sin importancia, está formado el gran bucle de la irrealidad en la que persistimos. Ahí estamos todos, publicando para un gran foro lo que sólo a unos cuántos interesa: nuestras ternezas, nuestras frustraciones, nuestros motivos de alegría, nuestros pequeños triunfos magnificados, nuestros torpes balbuceos pronunciados en el gran diván del sicólogo cibernético. También están ahí algunos amigos rumiando en sus post las mismas poses, los mismos comentarios monotemáticos, el mismo esfuerzo desesperado del bonsái que intenta parecer baobab; ahí está la estupidez en órbita alrededor de los egos y el gran planeta de miserias personales que nos impide reconocer el mérito de los demás, ser solidarios o ubicarnos más allá de los “ismos” para ser, sencillamente, humanos.

Pero lo anterior es historia privada que relatamos en público. En la siguiente capa, el ojo de Zuckerberg muestra los bucles colectivos. Probablemente siempre los hubo, pero no eran tan evidentes como ahora que los medios de comunicación revelan con más nitidez y “en tiempo real” nuestra incomunicación. Gran paradoja que, quizá, podría explicar por qué nos cuesta tanto hacer la sinapsis entre lo individual y lo colectivo para superar la repetición ad infinitum de la sentencia del bucle.

Pongámoslo así. Han sido parte del bucle que se originó en 2009 los ciclos de: atentado contra la institucionalidad, derechos humanos y conquistas sociales- protesta popular-negociación entre las cúpulas-desmovilización-constatación de la estafa a nuestras aspiraciones ciudadanas y humanas-nuevo atentado-nueva protesta-nuevas negociaciones-desmovilización-institucionalización de la estafa. ¿Cuántos de estos ciclos hemos vivido desde entonces? Ese es el bucle.

Por supuesto, cada nuevo ciclo es similar, aunque no idéntico, al anterior. También lo son nuestras maneras de asumirlo y expresarlo. Lo similar está en la recurrente aceptación de la humillación, en la disciplina partidaria y cuasi religiosa con que se siguen las órdenes del caudillo, aunque en nuestro interior ruja la consciencia de que ese no es el único camino. Son similares las consignas desarchivadas de los burós marxistas leninistas, las movilizaciones, las denuncias de hackeo posterior al googleo triple equis o el vencimiento del antivirus de prueba, los episodios de represión…; los muertos también son similares, aunque no los mismos. Confiar en los polis (y llevarles comida a las postas en huelga) o en los diputados electos o en los medios de comunicación que “están con el pueblo” -para después desengañarnos y pasar a otro miniciclo de “yo se los advertí”, “chepos basura”, “diputados traidores”-  también son signos similares de la existencia del bucle.

¿Qué nos queda, entonces? ¿Resignarnos a vivir, penar y morir en esta noria histórica determinista? No. Tal vez el bucle es dialéctico o, simplemente, orgánico, y tiene su punto de quiebre o desgaste o admite que alguien distinto al “programador” inserte un comando, una variable, que anule la sentencia y haga que la condición deje de cumplirse, con lo que saldríamos del bucle. Dicho de otra manera, lo primero que debemos hacer es reconocer que muchas de nuestras acciones y reacciones están condicionadas por nuestra existencia dentro del bucle político, social, humano. Lo siguiente será reconocer las sentencias que “los programadores” (políticos de todos los bandos, brockers corporativos, transnacionales comerciales y religiosas, gobiernos, organismos internacionales de financiamiento, BIS, cuerpos militares y policiales, la familia de los 8,500) han puesto sobre nosotros. Finalmente, es necesario diseñar formas de vida individual y colectiva que nieguen tales sentencias y modifiquen nuestra condición.

Somos partículas moviéndonos y reaccionando a los eventos de nuestro entorno en forma individual. Los programadores necesitan utilizar un bucle para controlarnos. Diez años de historia hondureña son como una escena de diez segundos en lenguaje de programación.  Si todos nosotros somos, por ejemplo, instancias de una clase denominada “agua”, entonces tenemos las mismas posibilidades y las mismas “capacidades”, nuestro comportamiento se basará en el mismo código. Cada partícula de agua tendrá su propio ciclo de vida, experimentando cosas diferentes y adoptando aspectos y tamaños diversos, pero no debemos olvidar que todas son parte de una misma clase, de un mismo tipo de objeto, por lo cual comparten propiedades y funciones.

El bucle controla un gran grupo de partículas; sin embargo, dependiendo del estado en el que se encuentre cada una, recorrerán uno u otro camino dentro del bucle, y por eso es probable que algunas se evaporen y que otras, por ejemplo, se esparzan sobre la hierba. Esto será así hasta que una partícula rompa el ciclo y posibilite una nueva realidad. Tengo una amiga que, como una incansable voz en el desierto, llama en Facebook a boicotear las transnacionales: pide que se deje de comprar refrescos de cola, gasolina, comida rápida, cervezas, entre otros productos. Otro amigo escribe análisis políticos no partidarios que causan roncha entre los líderes del “brazo electoral” (jeje) de la lucha popular. Una mujer ha visto su pelo encanecer mientras invierte la vida en la defensa de los derechos de los demás. Muchos saben que si la herramienta se oxida o cae irremisiblemente entre los engranajes, habrá que crear otra. Son algunas de las partículas que no siguen la sentencia de los programadores, que intentan encontrar una manera de salir del bucle.

¿A qué aspiramos como partículas dentro del bucle? ¿a qué aspiramos…?…

— Amigo, amigo, ya terminé con su pelo. Se durmió, ¿verdad?

—No compita, más bien estaba tratando de despertar de una pesadilla ¿Qué tal me quedó el bucle?

—Macizo.

Pagué al Chaparro. Uno de los cheles recibió una llamada. “Está bueno que se vaya y que no vuelva ese cabrón. Ya era tiempo que lo mandara a la mierda, mamá”, escuchamos que dijo. Elvis parecía recluta nuevo. Salí con mi bucle acicalado. Tropecé con una llave suelta sobre la acera. La recogí, vi la boca de un hospedaje con una veintena de puertas en su interior y me largué.

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