Mundos caóticos y seres imaginarios

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En 2007 sale a la luz La tinta del olvido del ya fallecido Roberto Castillo, una colección de cuentos publicada por la Editorial Costa Rica en la que su autor supo reinventarse a sí mismo y, principalmente, a los temas que lo caracterizaron a lo largo de su carrera como escritor.

Las páginas de este libro, que cuenta con doce relatos breves unidos por elementos oníricos, personajes extravagantes y escenarios futuristas, están cargadas, además, de recursos narrativos innovadores y giros sorpresivos que sin duda mantendrán al lector absorto en ellas.

En trabajos anteriores hemos sido testigos de la evolución de Castillo; su primer libro Subida al cielo y otros cuentos (1980) fue una incursión bastante osada y que tuvo muy buenos resultados a nivel estético; sin embargo, es posible detectar en esa primera obra mínimas falencias, como los finales precipitados, algo en lo que mejora en Figuras de agradable demencia (1985) y en Traficante de ángeles (1996), libros cuyos relatos poseen estructuras mucho más complejas y situaciones de carácter simbólico.

La tinta del olvido representa una faceta del autor en la que ya se ha superado cualquier tipo de duda y, en su lugar, la escritura fluye libremente. Quien haya leído la obra de Castillo habrá advertido cierta afinidad del autor con temas como la existencia de mundos posibles, en la que la realidad funciona como una estructura completamente frágil en la que pueden representarse escenarios caóticos. En “La máquina de soñar”, el doctor Ramón Filiberto Callizo crea la Scatolari, una máquina del sueño codiciada por muchos, de la cual, tras ciertas modificaciones para cambiar su aspecto con el objeto de que pasara inadvertida ante los ojos de sus perseguidores, surgen los denominados seres de ficción liderados por Juan Soñado, un ser que ya existía en el interior de la máquina.

La idea de que lo imaginario se apodere del mundo real es una propuesta temática novedosa en la literatura hondureña y además, supone una incursión en el género fantástico, muy poco explotado por los autores nacionales. Castillo crea una revolución entre sus personajes, quienes buscan superar su estado de meros entes de ficción hasta el punto de desear el exterminio del mundo real. Lo curioso en este relato es el desenlace en el que todo es producto de los efectos del alcohol que experimentan los clientes de “El aguacate”:

Esa sospecha fue saboreada por los clientes de “El aguacate” pero de manera fugaz, y solo mientras los primeros alcoholes trepaban hasta el cerebro, porque la vista de la Scatolari portátil, pisoteada y destruida en el suelo tras la fuga del doctor Callizo por una puerta secreta, les dejó entrever otros mundos y otras vidas que hubieran podido ser en las apenas doce horas transcurridas desde que cerraron las puertas del bar, la noche anterior (pp.32).

“La tinta del olvido”, título del cuento que nombra a esta colección, presenta otro escenario fantástico producto de un aparato singular y que plantea el deseo de mantener vivos los recuerdos, pero a medida se persigue este objetivo sucede todo lo contrario: “Quisimos preservar la memoria y no logramos más que aniquilarla” (pp. 87).

Igualmente interesante es el simbolismo que presentan algunos relatos; “La casona inexpugnable” es un claro ejemplo en el que la casa descrita personifica a un sobreviviente al que el tiempo no ha afectado y que ha sido testigo de diversos sucesos históricos: “La casona es un náufrago que no se hunde en este mar embravecido de hombres y de cosas” (pp.9).

El cuento titulado “C” es una referencia al mal existente en la sociedad, tan antiguo como la humanidad misma; desde otra perspectiva, puede interpretarse el relato como una referencia a lo que sucedió con Caín una vez que asesinó a Abel y cómo sus acciones influenciaron a otros para cometer crímenes igual de abominables para finalmente convertirse en un personaje condenado al olvido:

Estos asesinos de ojos abiertos llegaron a cada ciudad y mataron al primero que encontraron, y cuantos los vieron les imitaron después. Aquel de quien tantos recibieron la inspiración murió en el olvido, desconocedor de lo que había sembrado (pp.35).

Los personajes que protagonizan cada una de las historias de este libro poseen un diseño igualmente singular y, por ende, resultan atrayentes. En “La ataraxia del sisimite”, Castillo recurre a una figura perteneciente al folclore hondureño para colocarlo como parte de la sociedad y, además, presentarlo como un vástago de Bartleby, personaje del ya conocido relato de Melville, Bartleby el escribiente. Este ser posee características en común con su progenitor constituyendo una especie de parodia del relato original, pero con el estilo de Castillo.

“Iracema” es otro relato que tiene un personaje destacable; la protagonista, Iracema, vive una situación alarmante que consiste en su inexistente tolerancia al ruido que evita que culmine cualquier tipo de estudio o la posibilidad de tener una vida normal. De una forma muy cómica la protagonista se ve envuelta en situaciones en las que el ruido limita su vida hasta el punto en que resulta insoportable y la única solución es la huida: “Solo echó a correr entre los árboles, y desde ese día no se le volvió a ver en ninguna parte de la tierra” (pp.64).

La temática en La tinta del olvido es muy variada y compleja, como puede apreciarse, y los cuentos mencionados son solo un bosquejo de lo que en realidad representa el libro. Cada historia sumerge al lector en espacios en los que la lógica y la realidad son casi efímeros, pero sin dar lugar a disparates, muy comunes en otros narradores que han manifestado intenciones similares a las de Castillo; por el contrario, estos cuentos son un punto de reflexión obligatoria sobre la decadente condición del hombre que a menudo se ve arrastrado por sus temores y deseos.

Una mezcla de humor y crítica permea, además, esta obra; su autor rompe esquemas y establece parámetros mucho más elevados para la narrativa hondureña, que conquista con éxito consagrándose como uno de los narradores más brillantes en la historia literaria de Honduras.

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