Círculos concéntricos

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No sé si empezó a llover de veras o era una tormenta que me creé en el recuerdo para fijarlo a una cosa concreta. Lo cierto es que un fluido parecido al vapor de agua traspuso la puerta del edificio del teatro cuando yo lo hice. Las luces y la pintura soberbia del inmueble me obnubilaron conforme bajaba la pendiente que llevaba hacia la platea. El Círculo Teatral Sampedrano se estrenaba con una adaptación de la novela La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas y ese era motivo suficiente para que las personas que ya ocupaban las butacas mostraran un alborozo inusitado.

El entusiasmo rebasaba hasta más allá de la cafetería y los pasillos. La gente ponía cara de saber de qué se trataba el mundo. Flotaba en el ambiente un aire de otros tiempos, como si la propuesta teatral tirara de un siglo que ya se había ido, pero que era necesario evocar de vez en cuando. Tal vez los asistentes pensaran que debían de fingir también ellos para que el conjuro de la obra se impusiera por completo entre los grupos. La obra no la harían los actores, sino un enjambre de entusiastas sampedranos que trataban de terminar su semana olvidándose de los problemas de la ciudad.

Sospeché la imposición desde el momento en que alguien con cara de circunstancias anunció el inicio de la presentación. No faltó la reconvención anticipada, nada de charlas sosas ni de chicles que afectaran el mobiliario. La obra valía el ayuno. Rebajaron las luces, hubo movimiento en el telón y el siglo XVIII cubrió el escenario. Rápidamente se estableció una frontera y el choque de épocas azuzó los sentidos de los pocos que entendían lo que iba a pasar.

Como toda obra de teatro local, lo impostado precedió a los protagonistas: una damita que sobrevolaba por encima del escenario como una mariposa y un muchacho que parecía estaqueado al piso. El amor era una señal aparte entre ellos y, aunque trataran de recrear una faceta histórica de él, se veía que no iban a lograrlo. El amor necesitaba pausas, carácter, referencias, que ellos no estaban dispuestos a seguir, que pasaban por alto, así que pensé que el resultado no sería de mi agrado.

A los pocos minutos de haber iniciado la función ya me estaba mareando con tanto movimiento. Iba a ponerme a dormitar (que es lo que generalmente hago cuando me abruman los datos de la realidad) cuando una muchachita cruzó, balanceándose, el pasillo lateral y enfiló hacia la zona donde yo me hallaba. Su pelo húmedo y los ojos acuosos me confirmaron que, de verdad, había una tormenta reventando en la calle.

Seguí su braceo hasta que se coló entre los espectadores y se echó, literalmente, al cuello de una señora que se sentaba tres butacas adelante. Apretaba la cabeza de la dama mientras gemía de dolor, eso lo capté enseguida. Durante dos minutos no habló, lo que me llevó a imaginar que su papel en una obra desconocida y arbitraria estaba libre de parlamentos. Fue la señora la que comenzó a murmurar y a quejarse, después. Sus sonidos no traspasaban todavía la zona del pasillo, pero a medida que la noticia iba adquiriendo carácter general, un murmullo de abejas empezó a elevarse por encima de la línea de cabezas.

Varios de los que estábamos cerca nos interesamos, algunos ya indagaban a la señora. No quiero decir que la atmósfera cambió con esa intromisión, pero el siglo XXI metió su cadena de infortunios y se impuso con fuerza sobre los vestigios que iban quedando de aquella época en la que Alejandro Dumas fue infeliz.

Un tipo a mis espaldas con cara de intelectual pidió que guardáramos silencio. La muchachita le estaba explicando a una anciana que tenía muchos anillos en sus dedos. Tuvieron que repetírmelo muchas veces para que entendiera de qué se trataba. Supe entonces que el drama de la vida había rebasado la farsa, que el verdadero teatro es la existencia y que lo mejor que sucede en ella es que nadie finge para que le aplaudan.

La muchacha había traído la calle hasta adentro del edificio del teatro y nos había impuesto una obra distinta, por lo menos a mí. El argumento era simple, pero entrañaba tantas circunstancias. Que un muchacho sea acribillado en un barrio de los llamados peligrosos de la ciudad de San Pedro Sula por el amor de una chica y que el eco de su muerte alcance a invalidar un hecho histórico ya da bastante para reflexionar.

No pasó mucho tiempo para que el drama del muchacho acribillado se sobrepusiera al otro, al impostado, al que discurría a medias en el escenario. Entre tanto lagrimeo y murmuraciones, la verdadera función se había trasladado a las butacas. Una tía, una prima, un sobrino, la madre del muchacho acribillado, encarnaban unos personajes que en otro contexto fácilmente hubieran llegado a la histeria. Se contenían porque estábamos nosotros, sus espectadores particulares. Tal vez desde el escenario los actores veían nuestra puesta en escena, tal vez hallaban burdo que nos removiéramos en los asientos con tanta expectación. Pensé en el reflejo, en la repetición. Pero quién imitaba a quién en aquel ambiente tan frágil; mientras la historia de Dumas se remontaba hacia un pasado nostálgico, la nuestra iba a todas partes.

El desarrollo de la trama propiamente dicho comenzó con las llamadas a teléfonos celulares imaginarios, cuando otro tipo de información irrumpió en la sala. El muchacho no había muerto solo, el victimario (que era el padre de la novia) había decidido quitarse de en medio también. La misma pistola, el mismo chorro de pólvora, inmovilizó sus corazones. La prima (que era la que menos lloraba, pero la que más gestos hacía) dio los pormenores. Como un aparte, como si pensara en voz alta. Habló para nadie, pero al mismo tiempo para todos los que decidimos escucharla.

Pensé, entonces: la verdadera función del Círculo Teatral Sampedrano no se lleva a cabo dentro de su recién inaugurado edificio, sino en cualquier parte. Margarita Gatier no es esa dama fraudulenta que puja porque la sociedad de su tiempo reconozca sus sentimientos por Armando Duval, sino todas las mujeres que alguna vez se han enamorado. Es esa chica anónima que ha perdido de golpe a los dos hombres que la han querido: su padre y su amante. La prima que aún estaba en el teléfono celular y que preguntaba con sorna a alguien, destilaba un amargo resentimiento hacia ella.

Creo que todos empezaron a sentir odio por aquella novia desconocida, por lo que había provocado. La señora de los múltiples añillos en sus dedos, incluso se dio tiempo para ironizar a su costa. La imagen de femme fatale se prendió en los cerebros, en las voluntades, constituida para siempre en la protagonista de una tragedia amorosa. No se sobrelleva una empresa de ese tipo sin exponer la conciencia, seguro.

Un repudio tan generalizado sólo puede llevar a la identificación individual. Los griegos que impusieron el teatro a toda Europa tenían razón en sus apreciaciones, ni dioses ni hombres son capaces de sobrevivir a su destino indescifrable, a la invasión de su alma, pero cuando la tienen en sus manos, cuando se les brinda la oportunidad de rectificar su parecer, no saben cómo actuar, cuándo detenerse, se desesperan. La novia del muchacho acribillado era otra Margarita, extraviada e inocente, que cedía su destino a las convenciones de un arte que copia demasiado a la vida, pero que no puede explicar nada de ella.

Creo que más adelante me sobrevino la catarsis. Una especie de fiebre que me llevó a imaginar que la obra de Dumas estaba soldada, desde sus inicios, con la historia de aquella familia anónima que sólo quería terminar la semana olvidándose de los problemas de la ciudad. La punzada literaria me traspasó el pecho entonces. Me sentí dentro de un libro extraño que intentaría escribir en el futuro, pero fuera de la vida verdadera, auténtica, como alguien que ha atravesado una bóveda de cristal a golpes de tristeza.

Respiré hondo antes de marcharme, no quise esperar a averiguar en qué pararían ambas historias. El regreso a casa estuvo lleno de sobresaltos, los dos escenarios posibles con sus finales irremediables me cortaban el paso en cada esquina.

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