La papa caliente

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El 16 de agosto se presentó en la sala “Josefa Lastiri de Morazán” de la UNAH-VS un grupo de escritores conformado por Jorge Martínez, Gustavo Campos, Kalki Martínez y Kalton Harold Brühl en un conversatorio denominado “Nuevas Voces de la Narrativa Hondureña”. La cita era a las tres de la tarde, pero comenzó luego de diez minutos de espera, pues Brühl, según se explicó, “venía en camino” desde Tegucigalpa (se sumaría aproximadamente una hora después).

Previo a ceder la palabra, Julio Escoto, encargado de conducir el conversatorio, explicó cómo éste habría de desarrollarse: él haría algunas preguntas y los cuatro visitantes debían brindar respuestas sencillas y directas para aprovechar el tiempo. El cuarteto de narradores inició con una autopresentación biográfica, que denotó ciertos rasgos que tendrían el resto de sus intervenciones. El moderador continuó con las preguntas de rigor, como “por qué escriben”, “qué piensan de los títulos de las obras”, “cómo determinan la manera en que se titularán sus creaciones”, etcétera.

Jorge Martínez explicó que cada uno de sus textos representa una búsqueda personal, una exploración constante para hallar el libro definitivo. También refirió un par de anécdotas en torno al título ¡Esto es la mara jomitos! (2016), que sacaron muchas risas a los presentes. Antes de hablar sobre su último libro, Gustavo Campos enumeró la cantidad de premios que ha obtenido durante su carrera y también dedicó parte de su comentario a señalar la presencia entre el público de otros que, como él, también los han obtenido. Lo anterior me pareció innecesario (¡por su calidad los reconoceréis, dice el Señor!), y mientras pensaba en ello, Campos anunció que para el próximo año la Editorial Universitaria publicaría El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot (2017), un libro que, al parecer, ha circulado tímidamente quizá con pocos ejemplares y que no se sabe muy bien si es un libro de verdad o un libro ficticio. De inmediato dos o tres pares de manos, con un tibio aplauso, aunque excesivamente entusiasta en su raíz, se dejó escuchar, pero el resto de parroquianos ahí reunidos no entendió por qué debían imitarlo.

Después el autor explicó de manera atropellada el argumento de su novela. Cuando finalizó, alguien del público (Armando García, supe después que se llamaba) se atrevió a comentar lo que yo solamente pensé, nada más que utilizó otras palabras: “¿Qué te pasa, Gustavo? Parece que estuvieras cagado”; al autor se le vio intimidado, reducido, a punto del desmayo; muy serio y con la mirada al piso, lo atribuyó al clima sampedrano. Kalki Martínez, por su parte, afirmó que el título Virgen y otros cuentos (2017) se debe a una de las historias contenidas en el libro. A su vez, señaló que podría ser una referencia a su debut como escritor. Entretanto, yo evitaba aparecer en las selfis de la señora que estaba en la fila de enfrente.

En sus siguientes intervenciones Escoto tuvo que recordar la cuestión del tiempo, ya que las divagaciones eran recurrentes. Hacia las cuatro de la tarde salió un grupo de estudiantes y entró otro, también llegó Kalton H. Brühl, que despachó las preguntas iniciales con pocas palabras, acompañándolas con expresiones de sorpresa. Las demás interrogantes trataron temas como el prestigio del escritor en Honduras, el momento en el que escriben, etcétera.

“El colectivo” (así se refirieron al grupo sus propios miembros) abordó estos asuntos como si se tratara de una “papa caliente”, esa dinámica que consiste en pasarse, mientras se produce un sonido cualquiera, una bola de papel que contiene preguntas. Casi todas las intervenciones se desarrollaron como en ese juego, salvo algunas diferencias: ninguno se quedó sin responder; sin embargo, malinterpretaron la sencillez con la simpleza, porque cuando el moderador les solicitó consejos para los jóvenes asistentes que posiblemente deseaban ser escritores, se escucharon comentarios apáticos como “el que quiera escribir, que escriba”. Ocurrió lo mismo cuando abordaron el tema de la crítica: “Sí, importa, pero no me da de comer” o alguno que volvió a las divagaciones que terminaron en comentarios de aparente resentimiento contra alguien en particular.

No me extrañó que varios de los que estaban en la parte posterior fijaran su atención en el niño que jugaba con legos en el suelo, o que una persona se tuviera que levantar para ocultar su bostezo mientras veía con misericordia a otra del fondo que tenía la expresión de un poema trágico o de un pequeño que fue obligado a ir a misa.

Sólo la jovialidad y la precisión de Jorge Martínez salvó la tarde, pues siempre trató de crear la identificación necesaria entre él y el público y sus participaciones fueron comedidas, dentro del tiempo justo, evitando el simplismo. Sus comentarios dejaron buenas impresiones: destacó la lectura como una de las prioridades para ser escritor y definió a la crítica como necesaria. Según él, ésta se trata de lecturas diferentes que poseen herramientas especializadas para abordar una obra. A la vez fue puntual al indicar que la crítica literaria estudia únicamente la materialidad del texto y que en ningún momento se interesa por el autor. Sin embargo, en una entrevista posterior realizada por Óscar Urtecho en Presencia Universitaria se refiririó a esa misma crítica como “nefasta” y “malintencionada”. Habría que consultarle a Jorge Martínez cómo logra ser tan contradictorio sin perder la gracia. Kalton Brühl comentó que mediante la crítica se da la posibilidad de que el escritor llegue a mayor cantidad de lectores.

Una de las últimas preguntas trató del por qué el título del evento: “Nuevas Voces de la Narrativa Hondureña”. Campos, Brühl y Kalki Martínez se dieron por desentendidos del asunto, como si se tratara de una grave acusación. Fue Jorge Martínez quien asumió la responsabilidad del nombre que, por lo demás, se entiende como autores jóvenes o relativamente jóvenes que han publicado su obra o sus primeros textos en los últimos años.

Cabe señalar que en más de una ocasión se les vio sorprendidos, porque entre las divagaciones y desatenciones se perdía el sentido de la pregunta, que debía ser recordado por Escoto. Un claro ejemplo de ello fue el caso del “¡¿Ah, debo explicar?!”, de Campos. En general, pareció una oportunidad desaprovechada para que mostraran con amplitud sus ideas y conocimientos en torno a la literatura como arte y como actividad creadora. Como hombres de letras, no se les vio lo suficientemente preparados (al menos a la mayoría) para afrontar las interrogantes del moderador. Tal vez Campos tuvo razón, y el calor sampedrano incidió de uno u otro modo en sus participaciones (recuérdese a Meursault en la playa), aunque yo “disconfío” de este argumento.

El evento concluyó a las cinco y cuarenta de la tarde. Para mi sorpresa, Julio Escoto aún no daba por terminado el mismo cuando ya se formaba la habitual fila para los bocadillos. Luego se dio paso a las fotografías (esta vez con los autores) y firmas de libros. Me pregunté si mi rostro saldría en alguna publicación de la señora de las selfis en Facebook o Instagram (si es así, me etiquetan, por favor); también me cuestioné sobre qué pretendía el niño al estrellar las piezas de lego y la botella vacía de refresco contra el piso durante al menos media hora. Pero no me quedó tiempo para satisfacer esas interrogantes; debí haberme ido antes para estudiar, pues la hora del examen se aproximaba peligrosamente.

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