Justos por pecadores

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Hubo una época de mi vida en la que medía las borracheras de acuerdo a los amigos que me eliminaban de Facebook al día siguiente. Resultaba muy fácil porque entonces no tenía yo muchos; había suficiente confianza entre todos y en el caso de las mujeres los vistazos que echábamos a nuestros muros eran indisimuladamente con la intención estimulada por las ganas de follar. La situación se presentaba siempre de la misma manera: me despertaba yo con la mente adormecida, me remolcaba hasta donde estaba la computadora, entraba a Facebook y si miraba que me hacía falta mucha gente resoplaba y decía: “Juepucta, ayer lo pasé mera verga”. No obstante, si amanecía con nueve solicitudes de amistad me imaginaba haciendo algún ridículo monumental y gritando que yo los quiero mucho a todos y que aquella cantina de mala muerte había sido el lugar perfecto para compartir. Las bajas eran consecuencia directa de la ingesta de Catrachito; las altas, del perico.

Con el tiempo me di cuenta de que en Facebook, como en la vida misma, es menos alarmante perder amigos que sumarlos. Uno acepta las cosas sin rechistar y cuando recapacita ya le está diciendo que sí a cualquier cosa, incluso a dejar propina. Hace un par de semanas recibí la solicitud de amistad de una muchacha que me dejó algo pensativo. No tenía la menor idea de quién era y me daba la impresión de que si alguna vez en la vida la hubiese visto tendría al menos una corazonada. Y pinta de prepago no tenía. Me resulta tremendamente difícil aceptar ese tipo de perfiles, y si al final acabo accediendo es única y exclusivamente por la misma razón por la que Rubermán “el Güero” compraba lotería en mi pueblo murmurando: “Aquí la mierda es gastar billete a lo pendejo”.

A cosas como esa al fin y al cabo uno se acostumbra, como a tantas otras. Lo verdaderamente difícil es asimilar que te desagreguen súbitamente, casi a traición. Cuesta entender que uno malgaste un par de meses de su vida yendo puntualmente de su casa a su trabajo, cumpliendo con sus obligaciones como un esclavo, sin tener rencillas con nadie, participando activamente y con esmero en los muros, yendo a saludar los fines de semana a la familia y durmiéndose a una hora sensata para luego darte cuenta, como me di cuenta yo una vez, del éxodo de diez amigos. ¿Qué clase de persona elimina de ese modo a alguien tan incapaz de quebrar un plato, a un tipo tan buena gente como yo? Sólo puede tratarse de un ser inescrupuloso y de mente retorcida, y si fuese consciente del daño que provoca, sin duda actuaría al menos con un ápice de mesura. Esa es mi manera de ver las cosas porque evidentemente soy un ser de naturaleza sensible y todo me afecta, incluso el tabaco.

Pero actualmente, dejándome llevar por las lecturas a mi columna en Tercer Mundo y la adulación de mis lectores, empachado de mi diminuta gloria, me engrandecí y tomé la decisión de embestir Twitter con el sueño de llegar a los mil seguidores en apenas un puñado de días y medirme de tú a tú con las celebrities, pero han pasado ya cuatro meses y medio y ando batiéndome en número de followers con mi mamá. Y por si eso fuera poco, estos últimos días me han empezado a llover lo que misteriosamente allí llaman unfollows. Cuando me percaté de que mis seguidores me estaban abandonando estuve a punto de renunciar a todo, o de ir al Pink Pussy Cat a indagar. Me sentía yo comodísimo enlazando mis excelentes artículos y aquella fuga de seguidores era como cuando a Jesucristo se le empezaron a ir los apóstoles en plena temporada de milagros. Le escribí entonces, vía mensaje directo, a @Goris_Brushenko, que es algo así como mi Señor Lobo en Twitter, un tipo que desde el 10 de octubre de 2011 solo tiene la gentileza de contestarme a mí. “Vieras qué pijín de unfollows tengo, perro”, le dije, como si lo que estuviese perdiendo fuera weed. Me contestó algo acerca de lo políticamente incorrecto, como si esas dos palabras compuestas de tantísimas sílabas cupieran en un solo tuit. “¿Por qué la gente me está dejando de seguir?”, me preguntaba insistentemente a mí mismo cuando me iba a la cama. “¿Será porque ignoro los replies?”. Y con ocurrencias de ese tipo pensé que quizás sí que merecía aquella espantada de amigos.

Por suerte recapacité y de un tiempo a acá he decidido que deben pagar justos por pecadores. Ahora, cuando me cruzo con alguien en algún café, o en El Rinconcito del Rock, lo saludo con una sonrisa de oreja a chocoyo y mientras conversamos saco sigilosamente mi iPhone 8 Plus a la altura del bolsillo, accedo a Facebook y lo elimino en ese preciso instante mientras sigo conversando como si nada pasara, me despido de él con un abrazo, un choque de puños y hasta con un beso en la mejilla, y continúo caminando casi con una sonrisa, casi feliz, sintiéndome un verdugo perfecto.

1 comentario
  1. Karla Perdomo says

    Totalmente fascinante!

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