Vendrán cosas peores

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Memorias de un recluta es la cuarta novela de Fernando Aparicio (Puerto Cortés, 1964), que cuenta las vicisitudes de Prudencio Malindres luego de ser reclutado por el ejército hondureño. La historia comienza cuando la esposa y la hija del protagonista, Seño Mandy y Valentina respectivamente, leen el libro que éste les heredó.

Dividido en doce capítulos narrados de forma lineal, excepto el quinto y el sexto, el autor recurre a la primera persona del singular para referir los acontecimientos, salvo en el último capítulo, en el que interviene un narrador en tercera persona. Aparicio utiliza la misma receta temática que en sus textos anteriores: el ascenso al poder, la corrupción, la problemática social en Honduras, etcétera, a través de un personaje acartonado y absurdo. La fórmula también aplica para la forma, pues Memorias de un recluta representa la longevidad de una carrera literaria que nació torcida con El candidato (2011) y que creció atrofiada con El gran elector (2012).

El argumento es igual al del resto de sus libros, ya que tiende a la exageración hollywoodense, a la confusión y a la falta de bases sólidas que permitan siquiera considerar la anécdota como creíble. Por ejemplo, en cierto momento la Seño Mandy sufre un asalto sexual y los personajes ni se inmutan (pp. 97), el asunto se despacha en una escueta oración. O los catorce disparos (pp. 105) que recibe Prudencio, las cirugías correspondientes y que más tarde se den cuenta de que uno de los instrumentos utilizados en las operaciones quedó dentro del cuerpo; enseguida la nueva operación y la escasa importancia otorgada al hecho (pp. 96).

Por otra parte, el discurso entero está plagado de faltas e incoherencias desde las menos impensables hasta las más recurrentes: ausencia de tildes, tildes mal colocadas, comas indebidas, omisión de comas, errores ortográficos (pp. 33, 81), irrupciones cuasi mágicas de mayúsculas incorrectas (pp. 66), discordancias de número (pp. 28, 70), minúsculas en nombres propios, párrafos que concluyen sin punto y aparte (pp. 106, 192), amalgama de tuteo y voseo —en un evidente homenaje a los presentadores televisivos catrachos—, entre otros.

Como borrador quizá estaría bien, pero aun así tendría muchísimo trabajo por delante. El simple acto de escribir requiere tiempo, paciencia y bastante corrección. Hacer literatura no significa sentarse y materializar la imaginación a través del torrente verbal. Tampoco es una labor que deba prescindir de sus herramientas, pues el diccionario debe ser una de las piedras angulares de cualquier aspirante a escritor, ¿o se ha visto a un carpintero sin instrumentos de trabajo? Si en él hubiera buscado apoyo, se habría evitado las confusiones de “rio” por “río” (pp. 74), “aun” por “aún” (pp. 117), “si” por “sí” (pp. 17), “hay” por “¡ay!” (pp. 95, 106), “rivera” por “ribera” (82), etcétera.

El panorama antes descrito muestra que el autor no tiene claro ciertos aspectos elementales de la redacción, y menos los de la literatura, por ello muchos párrafos tienen una división desacertada, que va de tres líneas a otros que abarcan más de la mitad de la página; también están las enumeraciones hechas con punto y seguido en lugar de comas (pp. 40) y las frases hechas (pp. 75). Además, su desconocimiento de la literatura como arte lo lleva inicialmente a coquetear con “el abismo insondable del panfleto”, para luego atravesarlo.

Pero no todo es negativo en este libro: en cuanto a lo visual, la portada es colorida y las ilustraciones son propicias para probar tonos, lo cual logra que el lector por ratos olvide saludablemente la narración; en lo referente a los puntos suspensivos (que sabemos que son tres), estos generan en el lector un efecto de agradable somnolencia o de suspensión de la atención en el texto pues a veces no se sabe si van a terminar o no; y en cuanto a la apertura y cierre de comillas, este libro demuestra que eso quedó en el pasado, lo cual hace que el lector participe activamente en la lectura buscando las comillas faltantes.

Tal vez estas consideraciones sean bien recibidas y tomadas en cuenta por el autor y sus acuciosos editores para reediciones o trabajos posteriores. En cualquier caso, hay que tener en cuenta las palabras que recibió Ezequiel en una de sus tantas visiones: “verás cosas aún peores que estas”.

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