¿Adictos a la crítica?

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Es una gran virtud oír todo lo que censuran,

para corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira”.

J.W. Von Goethe 

 

La crítica debe hacerse a tiempo;

no hay que dejarse llevar por la mala costumbre de criticar

sólo después de consumados los hechos.

Mao Tse-Tung

 

Cada vez que soltamos un comentario nos exponemos a extremos que van del elogio superlativo a la feroz diatriba. En el engañoso punto medio está la indiferencia y su hijo putativo, el silencio. Por supuesto que, también, de vez en cuando, hay reacciones mesuradas, pero estas son escasas. Lo cierto es que, se trate de comentarios, opiniones, reseñas, análisis, en nuestro imaginario adoptan la forma de críticas a las cuales se reacciona de una u otra manera.

Todo lo que somos y hacemos es susceptible de críticas. Deberíamos saberlo, sobre todo al observar cómo las redes sociales ponen de manifiesto nuestra innegable adicción a criticar, con o sin razones, con o sin competencias. Todos, en algún momento, hemos pecado opinando sobre aquello que ocurre en esferas tan lejanas de nuestro interés, de nuestra comprensión, de nuestras experiencias y formación, incluso sin que nadie nos haya pedido tales opiniones. ¿Cuántas veces se ha sentado usted frente a la pantalla de su laptop y ha sentido el irrefrenable impulso de criticar algo que ha visto en muros ajenos, de decir lo que piensa aun cuando sabe que no cuenta con las herramientas para aportar una idea nueva o interesante?

En ocasiones parece que la crítica es sólo una manera de llamar la atención, de vindicar nuestra existencia o, simplemente, de echar leña a fuegos fatuos para hacerlos más espectaculares. En cualquier caso, la crítica es inherente a nuestras vidas y a nuestra muerte, y contribuye a dar forma a esas realidades. Así que “comentemos” al menos un par de aspectos que la crítica asume.

¿Qué tanto aceptamos que los demás opinen sobre nosotros como nosotros lo hacemos sobre los demás? La respuesta es difícil, especialmente porque cotidianamente se adjudica a la crítica un carácter de reprobación, ofensa, ataque o censura, incluso cuando se matiza con frases como «No te vayas a enojar, pero quiero decirte algo sólo como crítica constructiva». Inmediatamente se disparan las alarmas, se levantan los muros y se envía a los soldados a las murallas con todos los pertrechos de guerra de que disponemos.

El criticón o criticona se parece al chismoso, a quien vive pendiente de los errores ajenos para señalarlos, obviando las virtudes. No se vayan a enojar, pero alguien me dijo que Trinidad, Santa Bárbara es el pueblo más chismoso o criticón de Honduras; sin embargo, esto lo he escuchado en tantos lugares que pareciera ser patrimonio nacional, con embajadas en esquinas, cafetines, bares, cantinas y muros de Facebook. La crítica puede ser tan mordaz que adopta visos de carnicería, con críticos tan expertos en el manejo de las palabras y el descrédito como destazadores maestros del cuchillo y amantes de las vísceras. Así como la res recibe la estocada, el criticado, entonces, se ve atacado directamente en su identidad, su credibilidad, su vida o sus creencias más arraigadas. De ahí las reacciones: la ira, la vergüenza, la impotencia, la inseguridad, la imperiosa necesidad de rebatir.

Debemos admitir que no hay crítica inocente, que todo está cargado de intenciones y que los tonos en que se ejerce la crítica señalan, en alguna medida, el propósito de quien critica. Se trata de valoraciones que “procuran algo”: persuadir acerca de que algo o alguien merece nuestro aprecio o desprecio, validar nuestro criterio o lograr la rendición ajena. Puede verse como un asunto de poder, mediante el cual, en muchos casos, se intenta decidir quién es mejor. Las respuestas tampoco son inocentes y participan de estos mismos propósitos. El problema son los fanatismos de ambos lados, la encarnizada lucha por la superioridad o la descalificación a priori del otro para imponer criterios a los demás.

En el ámbito común, una crítica puede ser tan inútil, inocua, constructiva o destructiva como cargada esté de falsedad o mentira, como sea capaz de circular entre la gente o quedarse como un simple zipizape en el que críticos y criticados intercambian interminables mensajes públicos adornados de insultos y frases despectivas. Quienes asisten a estos espectáculos tienen la oportunidad de inclinarse hacia cualquiera de los bandos o formarse un criterio propio de ambos y, como en un espejo, de sí mismos. Es la actitud de quien critica, del sujeto criticado y de quienes presencian el espectáculo lo que determina sus efectos y eficacia.

En cuanto a la crítica literaria, en términos sencillos, consiste en el ejercicio de análisis y valoración razonada de la literatura o de una o varias obras literarias. Aunque parten de recursos comunes, tal valoración se realiza mediante métodos diferenciados en dependencia directa, por ejemplo, de los propósitos académico-científicos o de divulgación periodística que la motivan. Si tira de este hilo, cualquiera puede profundizar en la teoría literaria, pero aquí lo que interesa es poner bajo el lente algunas de las actitudes de quienes ejercen, con mayor o menor juicio, la crítica literaria, así como de los sujetos receptores de la misma.

Si hablamos de quienes escriben críticas o reseñas, los hay quienes se dedican a la tarea de escribir literatura -en el sentido de ficción que esta tiene- y quienes lo hacen como parte de sus profesiones de periodistas que cubren las fuentes “culturales”, llámense estas presentaciones de libros, conciertos, funciones teatrales y ferias de pueblo, entre otras misceláneas.

Como en un juego especular, quienes escriben tanto ficción como crítica literaria se encuentran ante el problema de que lo que escriben como ficción debería ser o tender a la realización de las teorías contenidas en sus críticas y viceversa; pero no toda crítica alcanza cualidades literarias ni toda ficción es reflejo saludable de la teoría defendida por su autor.

Convendría ponderar ambas tareas –escribir ficción, escribir crítica- considerando que una es el contrapeso de la otra, de modo que ambas se impulsan y jalonan de modo directamente proporcional; de lo cual, quizá, podría derivar una actitud ética cultivada en ambas prácticas como si fueran –y de hecho lo son- partes de una sola. Al menos a mí me resulta inconcebible poder hacer literatura sin unos presupuestos teóricos mínimos que sustenten la forma y el contenido de lo escrito, no como recetas a seguir, pero como paradigmas extraídos del pozo de la tradición o ars poéticas personales que se entroncan con ellos y los elevan a nuevos cotos de creatividad.

Sin embargo, solemos encontrar críticos literarios que exigen lo que ellos mismos han demostrado ser incapaces de realizar y escritores de ficción para quienes teorizar sobre sus “obras” es una empresa poco menos que imposible. En ambos hay similar petulancia, salvo que, en los primeros, proviene del exceso de teoría en comparación con su praxis, y en los segundos, de la ignorancia acerca de los mecanismos del lenguaje y la literatura en general. También está el caso de quienes adjudican a la obra valores literarios que están en su imaginación, pero no en las páginas escritas, y se vuelven iracundos cuando alguien no encuentra tales méritos en la lectura.

En cuanto a los periodistas que hacen reseñas literarias sin ser ellos mismos escritores de ficción, podemos afirmar que, con escasísimas excepciones, el panorama es lamentable. En Honduras (no sé si ocurre igual en otros países) la mayor parte de ellos no leen los libros y ni siquiera van a las presentaciones de estos, sino que resuelven su reseña o nota cultural de la siguiente manera: envían al fotógrafo al evento para que haga unas tres fotos: una del escritor con su libro a la altura del pecho, casi como si fuese la placa con el número que lo señala como delincuente fichado; otra mientras está sentado leyendo junto al presentador del evento, y la última con tres o cuatro invitados que han comprado o a quienes el autor se ha visto obligado a regalar el libro. El fotógrafo tiene que asegurarse de anotar en orden de izquierda a derecha los nombres de los “foteados” y pedir el número de teléfono al autor. Dos o tres días después el “periodista cultural” mira el número que anotó en su libreta el fotógrafo y llama al escritor, le hace unas cuantas preguntas cajoneras -¿de qué se trata su libro?, ¿en qué se inspiró para escribirlo?, ¿qué otros libros ha escrito?- que el autor responde casi como un dictado escolar, con la vana esperanza de que el periodista escriba una nota por lo menos digna. Cuando esta es publicada, casi siempre es un desastre en el que no hay rastro de las respuestas del autor y donde las frases hechas y la verborrea podrían ser entradas perfectas del Manual para escribir mierda periodística cultural. Apenas se puede rescatar el nombre del autor en la masacre, y eso no en todos los casos.

Se ejerza desde una cátedra, un periódico impreso o una página virtual, la crítica es un campo especializado que requiere unas ciertas competencias que se han de educar. Cualquiera puede ofrecer una opinión, pero no cualquiera puede hacer una crítica razonada, con criterios y argumentos pertinentes, claros, orientadores para los demás, se trate de crítica literaria, crítica política o crítica artística. Todos podemos, por ejemplo, asistir a una función teatral y decir, por estos u otros motivos, que nos gustó o no, pero muy pocos pueden criticar el desempeño técnico de los actores o señalar las debilidades o virtudes de la dramaturgia.

Muchos consideran que los críticos literarios se dedican a una actividad maldita y parasitaria (que siempre depende de la actividad de otros y para la cual deben contar con una acendrada actitud de mala fe); señalan lo ingrato que resulta que se requieran meses o años para escribir un libro que en unas cuantas horas un crítico puede destrozar. En ese razonamiento lo que falla es el abordaje a partir de lo cuantitativo, cuando el crítico literario ha de atender más a lo cualitativo para definir, al menos desde sus capacidades, el valor del libro. Cierto es que hay críticas que no hacen justicia a determinado libro, sobre todo al calor inmediato de su época, pero también ocurre a veces que la crítica o reseña tiene más brillo y calidad literaria que el mismo libro.

En todo caso, el crítico literario intenta sobrepasar las simples limitaciones del gusto para dilucidar, mediante el uso de ciertas herramientas que conforman una estructura teórica respetable, qué de todo lo que se presenta como literatura es literatura. Por supuesto que la opinión de ningún crítico es la definitiva, pero si la crítica es responsable y justa (en el sentido de que expone unos argumentos válidos y razonables, sea cual sea el tono en que estén planteados), servirá de mucho para comprender cuál es el valor literario de aquellos textos que nos gustan o con los cuales no logramos establecer ninguna relación favorable.

Dicho esto, se comprenderá que la relación «gusto personal por lo leído-valor literario de lo leído» no es indivisible ni siempre está en total correspondencia, por lo cual puede ocurrir que nos guste un texto sin mucho valor literario y que, en cambio, rechacemos un libro reconocido como referente de la gran literatura universal. La situación feliz, por decirlo de alguna manera, sería que lo que nos gusta tenga un aceptable valor literario; pero mientras no se convierta en orden de compra o libro de texto escolar, lo que nos gusta o no sólo representa un comercio personal entre el escritor y su lector individual.

Ni mala fe ni bondad excesiva hacen una buena crítica. Los críticos no tienen por qué ser amables, pero deberían permitirse ser escépticos hasta que el texto les muestre hacia qué lado deberían inclinarse. La amabilidad injustificada es tan peligrosa como la crueldad innecesaria. En la historia literaria hondureña hay ejemplos claros de ambos casos, tanto de los “mini-boom” creados a partir de críticas excesivamente amables como de actos rayanos en la delincuencia mediante los cuales se ha tratado de descalificar o, al menos, ocultar (mediante inexplicable pérdida) la calidad de una obra y de su respectivo autor. Con justicia la crítica nacional también ha desnudado en más de una ocasión el cuasi plagio de un texto famoso de autor sudamericano por un autor catracho.

Si atendemos la crítica expresada en prólogos y complacientes blogs hondureños, da la impresión de que todos los libros publicados son maravillas literarias y que todos sus autores merecen y están a punto de obtener el Nobel. Por ello es comprensible que se aviven las enemistades y campeen las acusaciones de “criterios sesgados” y “crítica malintencionada y destructiva” cada vez que aparece un texto que señala las verrugas técnicas en la obra de un autor.

El gran problema de esa crítica, tan bondadosa como los estatutos de una institución benéfica, que se hace a favor de la mayor parte de los libros publicados es que precede a sus autores en las visitas a escuelas, colegios y universidades, que se sienta a la diestra de los revisores del currículo educativo nacional y postula como verdadero algo que no lo es, que distorsiona la noción de literatura y contribuye a deformar el criterio de calidad literaria que está más allá de los gustos personales. Es deber del crítico ayudarnos a distinguir entre la escritura común y la escritura literaria, intentar que no nos den el oro de los tontos en lugar del preciado texto y estimular la lectura de este último, que ya el otro tiene suficientes buscadores enfebrecidos.

Es innegable que un mismo libro puede haber proporcionado horas de placer a un lector y representado una verdadera tortura para otro. Esto es así porque cada quien se acerca a la literatura desde sus experiencias personales, su edad, sus aficiones y, en suma, todo el bagaje cultural que ha acumulado, lo cual es válido tanto para el simple lector como para el crítico y representan sus condicionantes particulares, por lo cual también puede decirse que toda lectura es subjetiva y depende de los juicios que el lector es capaz de enfrentar a la obra. Es la capacidad de detectar el valor literario lo que hace la diferencia.

No todos los libros merecen alabanzas y todo escritor debe saber con claridad que cuando decidió publicar su libro, también decidió exponerse ineludiblemente a las críticas. No es difícil encontrar quien relaciona lo que no le gusta con lo que está mal escrito. El crítico debe ubicarse más allá de esa esfera para encontrar lo que está más allá de la letra, el lector debe reconocer que hay más de una lectura posible. ¿Y el autor de la obra literaria?  Este debe estar tranquilo, porque si el libro es bueno, ninguna crítica “sesgada, malintencionada y destructiva” podrá minar su valor a través del tiempo; y si es mala, ni la Madre Teresa de la Crítica la salvará.

En todo caso, usted procure no llegar a convertirse en un yonky de la crítica.

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