Anclarse en la sombra

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Arturo Martínez Galindo debió de sentir la orfandad de Tegucigalpa en sus entrañas desde el instante mismo en que vino a la vida un día de septiembre de 1900. El aire de estancamiento de la diminuta capital hondureña (zarandeada todavía por los avatares de una Reforma Liberal inconclusa) en la que nació tuvo que haber causado una impresión perniciosa en el espíritu huraño del niño, hasta el punto de provocarle una irritación anímica fatal. Desde entonces vería el mundo desde un ángulo descarnado, como si la vaciedad absurda de las callejuelas que rodeaban su hogar fueran un signo perentorio de su propia suerte.

Creemos que la muerte de su padre vino a acentuar aquella taciturnidad, precisamente en el momento en que era más necesaria la figura paterna para que acompañara sus tanteos con la realidad. Aunque debido a su corta edad Martínez Galindo no pudo mostrar ninguna señal de dolor, es seguro que la muerte repentina de su padre debió de remover algo muy profundo en su interior. No existen postales suyas de ese tiempo, pero es fácil imaginarse al muchacho fosco que recorre los sitios inextricables de Tegucigalpa como un fantasma.

Sin embargo, es posible que fuera ese sufrimiento prematuro el que lo llevó a mostrar sus inquietudes artísticas de manera tan franca y abierta. Tiene muy pocos años todavía, pero ya se atreve a merodear en las tertulias que celebran los grandes maestros de la vida cultural citadina. Las chispas en sus ojos, que delataban su desasosiego pertinaz, y que Froylán Turcios intentó encausar hacia el experimento literario, muestran al adolescente inconforme, constreñido por una existencia abúlica, que se revuelve contra las pobres condiciones imperantes de la sociedad, en el linde del mundo. Tegucigalpa debió de ser una carga muy pesada para un muchacho cuyos horizontes se abrían en todas direcciones.

No quedan registros fiables para hacerse una idea exacta, pero es posible deducir la vida sin rumbo de un marginado intelectual como Martínez Galindo en un ámbito tan estrecho como la Tegucigalpa de principios del siglo. Ha descubierto su destino luminoso y trata de mantenerse dentro de los límites de ese destino, pero la vida lo empuja siempre en otra dirección. Comprender que el alma humana es más compleja de lo que parece a simple vista y que en ella late una parte del infierno, llevó a Martínez Galindo a embarcarse en la aventura de tratar de describir su naturaleza sórdida y, por ende, a alejarse definitivamente del costumbrismo local que era la nota predominante en la literatura hondureña de la época.

De las revistas y los periódicos que ayudó a fundar, tanto en San Pedro Sula como en Tegucigalpa, pasó casi sin transición al exilio voluntario. New Orleans le vino al dedillo, como tantos otros paisanos que miraban en la capital del banano mundial a un pedacito de su propio terruño. Tiene más de veinticinco años y un amor que ronda su organismo, la lógica del matrimonio se instala definitivamente en su cabeza. No creemos que haya sido feliz al casarse, pero la dualidad de los cuerpos debió de ayudarle a sobrellevar la dura existencia.

Tal vez entonces haya empezado a escribir de veras.

Con el cambio de escenario sus relatos ganan en franqueza, se tornan desafiantes, y aluden a valores universales más cercanos a la conciencia turbia del hombre moderno que a los patrones del imaginario local. New Orleans, Washington, Baltimore, para mencionar algunos de los sitios que le sirven de peregrinación, entrañan un significado especial para él. Extrae de ellos la atmósfera execrable que en lo sucesivo animará sus relatos y que será la marca registrada de toda su obra. Parece ser que los temas del homosexualismo, el incesto, la violencia y tantos otros que son consustanciales a sus textos, estaban ya maduros en su memoria, y que Martínez Galindo sólo había esperado encontrar la ambientación adecuada para llevarlos a las páginas.

A Martínez Galindo se le ha querido ver como un hombre cosmopolita por naturaleza, sin embargo, su pensamiento siempre estuvo condicionado por ese ambiente un tanto provinciano en que transcurrió la mayor parte de su existencia. Es cosmopolita su sensibilidad, su visión del arte, incluso su carácter; sus escritos, en cambio, mantienen una permanente conexión con ese mundo marginal que hunde sus raíces en lo telúrico. “La tentación”, que es su relato mejor conocido en el país, atrapa el sentido ambiguo de la moral humana arraigada en los seres sencillos del campo.

De regreso al país trae afilada su palabra combativa. Su duda en el alma humana lo impulsa a dudar también de sus intenciones. Los pueblos no progresan, cree él, si los individuos que encarnan sus ideales no pretenden ajustarse a ese progreso. La política es una hipocresía porque pisotea a los mismos seres que le proveen su libertad de acción, señala. Así que Martínez Galindo se rebela contra sus prácticas engañosas o, tal vez, contra aquellos individuos que la hacen aparecer tan triste ante las sociedades organizadas. Es seguro que un pensamiento de ese tipo le acarreó muchas enemistades; es seguro que criticar a los que gobiernan con mano dura y mancillan la dignidad de los menos favorecidos lo haya alejado de la capital y lo condujera en una travesía desesperanzada por los pueblos del litoral norte de Honduras.

Para un abogado como él, que trata de ganarse la vida honradamente es viable pensar que las pequeñas ciudades y los caseríos cercanos al Mar Caribe le hayan ofrecido muchas posibilidades de encontrar algo de sosiego y tranquilidad. Su trato con la gente del campo le ofrece un poco de alivio a su vida hastiada de los avatares políticos de las ciudades.

En las treguas que le deja su trabajo sigue escribiendo. La visita a la tierra de Edgar Allan Poe le ha marcado profundamente, al punto de llevarlo a crear personajes que, como él, no encuentran su lugar en el mundo. Su visión del individuo se parece mucho a la de los decadentistas europeos, con la salvedad de que en Martínez Galindo el punto de vista no se aparta de manera definitiva de las convenciones literarias de su entorno.

En algún momento de aquella travesía tuvo que haberse encontrado ante la premonición, de frente con la corazonada; es imposible no imaginarse eso con un tipo tan lúcido como Martínez Galindo. Se trata de un ser iluminado y, por lo tanto, la realidad debió de mostrarse transparente para él. La Costa Norte es un hormiguero de vitalidad por ese tiempo, cientos de trabajadores de las bananeras pululan con sus machetes en todas direcciones. Van y vienen como si los arrastrara la marea de un mar turbulento. El brillo de sus machetes deslumbra los caminos, los andenes, las tabernas. Los machetes determinan el sustento diario de cada individuo, establecen la diferencia entre la indigencia y una forma vana de la prosperidad, pero al mismo tiempo, definen la vida y la muerte. Es posible que en algún lugar de esas tierras encandiladas por el sol abrumador del trópico haya sido testigo de una disputa sangrienta en la que los machetes afilados mantuvieron su protagonismo ancestral por encima de los rudos brazos que trataban de sosegarlos.

Su último lugar de peregrinación es Trujillo, un pueblo de embarque de bananos arrimado al mar por las circunstancias de la empresa bananera. Los caudillos militares que sostienen el monopolio del comercio extranjero no admiten replicas a sus acciones. Pero Martínez Galindo no ha nacido para quedarse callado o someterse, su palabra es diáfana y afilada y penetra en los espíritus como un machete. Pronto entra en dificultades con las autoridades locales, lo que, aunado a las críticas al gobierno central, define su trágico destino.

Nadie sabe cómo ocurrieron los hechos de su muerte, y lo único que podemos hacer es especular a partir de las pocas noticias recogidas por sus amigos. El final pudo haberse dado de cientos de maneras y ahora sólo queda conformarse con alguna concatenación de sucesos que no parezca tan contradictoria. Por ejemplo: es viable imaginarse al hombre que regresa de La Ceiba en el tren y mira por última vez los enormes sembradíos a las orillas de la línea férrea. El sudor, la gente, los machetes que tintinean con el vaivén del vagón. Va pensando en el artículo que ha escrito hace tiempo: “Honduras no tiene literatura ni literatos”. El pensamiento no se corresponde con la realidad que lo constriñe a cada giro de la máquina. Sus compañeros de viaje piensan en el duro trabajo del día, en trampear con el pulpero o el capataz para que el sustento ajuste para la semana, en el calor que doblega la columna vertebral, en la mujer embarazada y los hijos famélicos. El tiempo ha pasado a formar una placa calcárea adelante, como una escalada de presagios tormentosos, pero el hombre que venimos imaginando ya no trata de ajustarse a sus caprichosas desviaciones. Sólo ve el descampado en el que el tren se detiene y los mordiscos del hierro que se le echan encima una vez que baja.  Siente que le laceran la piel y le segmentan los huesos, que le arrancan el núcleo de sus células, luego el duro polvo y el dolor… La sangre ahora es un coágulo de palabras que se mueve hacia el porvenir, no así el hombre que es Arturo Martínez Galindo, que permanece encharcado en su propia sustancia esperando que se le haga justicia, precisamente en el país de la justicia imposible.

2 Comments
  1. EJM says

    Las últimas líneas son exquisitas.
    Nunca leí con tanto placer la muerte de este gran escritor.

  2. Fabricio Estrada says

    Magnífica semblanza.

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