Marco Antonio Madrid: tres poemas sobre el mar

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Poemas y fotografías de Marco Antonio Madrid.

Historia de la noche

Los primeros poetas la llamaron urania, la noche.

Su magia manaba de una ribera lejana,
ajena a la comprensión de los hombres
y sus limitaciones terrenas.

Los poetas intuyeron esa magia y para tratar
de explicar sus ignotos orígenes trazaron signos

al pie de las altas hogueras.
Entonces, un ascua de esplendores ascendía

por la vieja montaña de piedra;

/las sombras ladraban
a una media luna que como una barca dormía entre

el agua parda y las hojas muertas.
El mar cantaba una canción olvidada

/por los hombres.
Los poetas aguardaban una chispa, una llama,

/un relámpago
de la hoguera que los acompañara a escribir

/el verso aquel,

el poema.

 

Tu primer rostro

¿Qué esconden estas lápidas huidizas e incesantes?

La desconocida profundidad de un abismo media

entre el misterio de una tierra no hollada y la luz.

En las montañas, donde el sol es aún verde entre

la niebla de los bosques, mana el tiempo

como un vino crepuscular o como el pequeño

/arroyo

que nace de la corteza del ocozol.
Sí, el manar del tiempo, el azar.
Como esos viejos robles que ya lanzan su semilla

al viento a un vuelo incierto, fugaz.

 

En el puerto entre las amuras y la proa

/de algún barco, el torrente

opalino de la luz. Los objetos varios dispersos

/como

tesoros donde los días van acumulando la polilla

/de su orín

y las gentes su corazón.

 

Más allá de las boyas, el viento que viene

/de los cabos,

emboscado por la marea, tiñe de un oscuro
añil el cielo claro de las rocas.
Contempla la cordillera sepultada en el torbellino

de la fragua, la estepa solitaria donde el verano

/enfunda
su ardiente daga. El huerto, la estación madura

/para el fruto
seco de un sol que se hunde ya entre el silbo

/de las aguas.

 

¿Qué esconden estas lápidas huidizas e incesantes?

Acaso el brillo de tu primer rostro

/en las aguas del sur.

El ídolo y la magia.

El oro inútil de una raza que sepultó la mar.

 

Mare nostrum

Al final de cruenta guerra, las armas de Roma

se impusieron a las de Cartago, la flota romana

fue dueña del Mediterráneo, al cual llamó mare

nostrum. Mas estos hechos tan solo son fastos

de la historia; lo realmente importante es el mar

que todo hombre debe conquistar en su interior,

y Júpiter concede cuando se ha vencido

/a los dioses

de los bárbaros.

Nómadas como el viento en la estepa solitaria,

en las huellas dejadas sobre el barro duerme
la memoria del guerrero.
¡Que la victoria te sea propicia, vencedor

/de ti mismo!

¡Que Marte insufle valor en tus aceros!

Ya se escucha el golpe del piélago sobre el dulce

/velamen,

el rumor de los primeros astros sobre

/las silenciosas olas.

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