Biografía de una “mala palabra”

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He querido escribir esta reseña tantas veces como he viajado por Centroamérica. En cada trayecto –no lo sabía, entonces– fui hilando estas palabras que hoy hago posibles debido a Mierda, novela de Carla Pravisani, quien narra la cartografía de una época en Nicaragua, previo a las elecciones de 2006 que ganaría Daniel Ortega.

De esos viajes voy a nombrar dos experiencias:

La primera corresponde a 2005. Rafael Murillo Selva, Rigoberto Paredes y yo salimos de Tegucigalpa rumbo a Granada. A eso del mediodía, una manifestación de unas cien personas nos detiene –si mal no recuerdo– antes de llegar a Estelí. El presidente de Nicaragua es Enrique Bolaños, pero ellos gritan a favor de Arnoldo Alemán. Al darse cuenta que somos hondureños, dejan que el carro avance a velocidad de carreta. Visten de rojo, como sus banderas y voces.

La segunda de esas experiencias es de 2006. Viajo rumbo a Costa Rica. En el camino, me topo con varias vallas publicitarias. Daniel Ortega ya es presidente, un hombre de camisa blanca, remangada. Tiene un brazo levantado. El otro, caído. Lo acompaña un lema: “Vivan los pobres del mundo”. El fondo de la publicidad es fucsia (¡qué color, qué palabra!), el mismo que ilustra la portada de Mierda, esta novela editada por Uruk Editores.

Parafraseando a Gelman, mucho se ha dicho de la mierda en que andamos, lo cierto es que, como si se tratase de una geografía paralela, pienso constantemente en aquel verso (inspirado en Otto René Castillo) reescrito por Rebeca Lane: “cómo es posible que a esta tierra bella le nazcan hijos tan viles”.

Quienes creemos en la utopía de sentirnos centroamericanos, sabemos dos cosas: uno, estamos gobernados por una desalmada clase política; dos, Centroamérica es una represa a punto de romperse. Y no podemos concebir cada uno de nuestros países sin analizar lo que sucede más allá de cada frontera.

Carla Pravisani lo sabe y por eso escribió esta novela sobre Nicaragua, que deja la sensación de algo que pudo ser. Resumo mi lectura en cuatro ejes: la pudrición que rige en la política, el Síndrome de Pedrarias, la impotencia en el accionar de los sistemas de salud y los conflictos que afectan la convivencia familiar.

En materia política relata detalles importantes respecto a una asesoría publicitaria en la campaña de Herty Lewites, carismático político nicaragüense y líder del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), quien hasta el día de su muerte fue considerado un candidato con grandes opciones para ser presidente.

El Síndrome de Pedrarias se refiere a Pedrarias Dávila (cito un fragmento en la página 28): “un tirano que llegó a Nicaragua como gobernador en 1527 ya anciano, pero eso no le quitó ni la energía, ni las ganas, para masacrar a miles de indígenas”. El Síndrome de Pedrarias insinúa que en cada nicaragüense convive un indígena y un tirano. Este elemento me llamó la atención. ¿Dónde comienza el verdadero amor por nuestra tierra y con quienes la compartimos? ¿En qué momento nace el Pedrarias que llevamos dentro y nos unimos a quienes provocan (de forma tan deliberada) la masacre?

Sobre los sistemas de salud me sorprendió un vértigo tan bien logrado, metáfora de nuestra fragilidad frente a dos organismos: el personal, profundamente afectado por el entorno, y, en contraparte, la insensible forma en que se asiste a los enfermos de una sociedad gravemente herida, una sociedad que parece ir transportada en una ambulancia destinada a perderse en el camino.

Respecto a la familia, todo río arrastra –con el tiempo– el caudal de lo que sucede en el mundo.

Hay una escena que resume la dificultad de tratar con la mierda. A esto apunta Carla Pravisani, a las situaciones en donde solo uno mismo puede tomar –literalmente– ese papel.

Mierda es todo aquello que no deseamos vivir, pero que está a la orden de nuestro tiempo, una función diseñada para dos bandos: los títeres (su carne, su música triste, sus huesos) y los más oscuros directores (¿dictadores?) de orquesta.

No es casualidad que mientras escribo estas palabras cruce por México la caravana de migrantes hondureños. Este éxodo pintado en el mapa como una cicatriz o, más bien, una herida abierta. Actos desesperados como este y la oposición del pueblo nicaragüense dan cabida a una lucha que debería dejar sobre la mesa un resultado más optimista. Lo triste es que los muertos aumentan y el futuro parece ser un calendario de sangre y lágrimas.

Ojalá pudiésemos escribir otra historia, pero como sucede en Mierda, el panorama no es prometedor: es el de una Centroamérica parecida a un perro que, al sentirse mal, vomita sus problemas para comérselos.

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