Palabras de acerada proa

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“La ola restalla en la palabra”

(p. 10)

Palabras de acerada proa es el tercer poemario (recién publicado) de Marco Antonio Madrid, tras la aparición de La blanca hierba de la noche (2000) y La secreta voz de las aguas (2010).

El autor de esos anteriores libros de poesía, de indudable calidad, vuelve a desplegar aquí una forma rigurosa y limpia, sin ornamentaciones innecesarias, y en acecho del mar y sus afluentes, de los cuales él deviene un justo apalabrador. Lo que el poeta nombra se palpa, se ve, incluso se respira.

Así, el texto de Palabras de acerada proa encierra metáforas dotadas de peso y volumen: “las sombras ladraban/ a una media luna que como una barca dormía entre/ el agua parda y las hojas muertas” (p. 11); “…mana el tiempo/ como un vino crepuscular” (p. 19). O “…como un bosque flotante de guanacastes/ y cedros/ duermen ya canoas y barcas”. (pp. 25 y 26). También es dable hallar aliteraciones armónicas, cómplices en la construcción de los climas propicios: “Tirar las redes en esa rueda del mar intacto donde/ duerme el pez y duerme el astro” (p. 13); “el dolor del desarraigo se hundía como el acero/ de una daga imperturbable” (p. 53); o “Velar las armas/ hasta que tu silencio/ hable por mi silencio./ ¡Leve arcilla, dulce viento!” (p. 10).

Está presente asimismo el juego de equilibrios y contrastes, como el que se suscita entre la naturaleza y la áspera provincia de lo humano: “Nómadas como el viento en la estepa solitaria/ en las huellas dejadas sobre el barro duerme/ la memoria del guerrero” (p. 33); o “Y los cascos de la nave rozaron el agua fría y se vio/ la tierra/ de los bárbaros brillar como un metal sombrío” (pp. 53 y 54).

Pero así como el género humano atenta de múltiples maneras contra el entorno natural, éste a su vez se carga de una tensa y modesta humanidad: “Los primeros poetas la llamaron urania, la noche./ Su magia manaba de una ribera lejana,/ ajena a la comprensión de los hombres/ y sus limitaciones terrenas./ Los poetas intuyeron esa magia y para tratar/ de explicar sus ignotos orígenes trazaron signos/ al pie de las altas hogueras.” (p. 11) O este verso magnífico abroquelado como el colofón de un romance viejo: “Qué era la noche sino un manto de estrellas donde/ dormían los peces más allá de la bocana”. (p. 15)

La eficacia de este poemario se deriva de la riqueza de recursos verbales inserta en un tono sostenido y coherente, que apenas varía, y cuyas inflexiones se hacen en seguida reconocibles. Si decae alguna vez, o roza la abstracción, acaso por densidad conceptual (sobre todo en la segunda parte del libro), a la postre se “redime”, pues la mejor escritura poética de Marco Antonio Madrid se da en los entrelazamientos imaginativos y las pasiones del intelecto:

“En algún lugar de la memoria, el oscuro sabor/ de la ceniza yace sepultado entre las cosas/ y el tiempo se repite como el mar sobre/ la cala del navío”. (p. 17)

Lo que aglutina y da coherencia a Palabras de acerada proa y convierte su lectura en un placer es la limpidez del estilo: “…y mirar en el espejo/ de las olas, en un cielo que es otro cielo, el rostro/ que ya no es tu rostro y saber que somos carne,/ materia inerme, soplo que va y no vuelve” (p.13).

Apasionado en el despliegue de los temas náuticos y terrestres, “que desembocan en la gracia del poema” (p.41), del todo contemporáneo en la forma, Madrid es uno de los poetas hondureños más brillantes, y de voz más personal. Su lúcida sensibilidad atañe a la más pulida poesía hecha hoy en nuestro país.

Tegucigalpa, 25 de octubre de 2018

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