Literatura for dummies (*)

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De entrada aclaro que no es mi intención reseñar la publicación de un nuevo libro de la exitosa serie surgida en 1991; tampoco me mueve el inefable interés por lanzar un taller iniciático para solventar un par de “agujeros financieros”. La finalidad de estas líneas es más bien didáctica, pese a la alergia que me provoca todo lo que lleva ese marbete. Aunque tal vez pudiera ahorrarme tiempo y esfuerzo y remitir a posibles lectores a textos insuperables como los de Amorós, Brioschi y Di Girolamo, Eco, Bloom o al más reciente Cómo leer literatura (2016), magistral propuesta de Terry Eagleton. Pero no sería del agrado del editor en jefe de esta revista y, además, nunca está demás un aporte, mínimo y humilde, en este sentido.

Y es que la literatura, precisamente por tener como obligatorio punto de partida al lenguaje, se presta a sufrir toda clase de malversaciones. Como el lenguaje en sus dos acepciones primarias se define como una facultad propia a todo ser humano y como un sistema de comunicación verbal, pues en algunas regiones sublunares una minoría desinformada y atrabiliaria asume que amontonar palabras y encuadernar las páginas producidas por tal actividad califica automáticamente como literatura.

De igual manera, aupado por la inveterada propensión demagógica de algunos mediadores investidos de una presunta competencia crítica, se ha consolidado el desprecio aldeano hacia la dimensión teórica del fenómeno literario en favor de valoraciones oportunistas que van del impresionismo al activismo militante a lo naif y viceversa (en la red pueden constatarse improperios del poeta festivalero hacia lo que su imaginación eminentemente numismática considera “la rancia academia”). Mientras otra secta —igualmente raquítica en pensamiento pero influyente en espacios mediáticos donde sus dómines pontifican desde el “limpia, fija y da esplendor”— persiste en la impronta decimonónica y pondera “lo bello” como estampilla inconfundible de la literatura.

Y así pudiéramos enumerar ad infinitum los despropósitos suscitados en torno a la literatura, pero el inevitable punto de partida de los entuertos tiene que ver con su definición, ligada desde sus inicios al alfabeto, a la gramática, a la cultura del hombre de letras, hasta el giro decisivo en el siglo XVIII cuando pasa a designar la producción resultante de la actividad de este último, migrando de la cualidad de un sujeto a un “objeto o conjunto de objetos que se pueden estudiar”, lo que deriva a designar, por extensión, al conjunto de obras literarias de un país. Ya en el siglo XIX se particulariza, pasando a considerarse, entre otras vertientes, en atención a su origen, temática o intención (literatura femenina, literatura de terror, literatura revolucionaria), como conjunto de la producción literaria de una época (literatura victoriana) o bibliografía sobre determinado tema (sobre el romanticismo contamos con una amplia literatura). Más adelante, resultará esencial el aporte de Jakobson al enfatizar la función poética en la valoración de lo literario. Si al lector le interesan mayores detalles, Aguiar e Silva lo explica con mayor propiedad y detalle en su ineludible Teoría de la Literatura.

Sin embargo, el aporte decisivo para definir tanto a la literatura como a su objeto de estudio lo hicieron los formalistas rusos, a través de la actividad investigativa orquestada en San Petersburgo (OPOJAZ, Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético) y Moscú (Círculo Lingüístico de Moscú). La actividad de figuras como V. Shklovski, B. Tomashevsky, Y. Tinyanov, B. Eichenbaum y el ya citado R. Jakobson, otorgaron al estudio de la literatura su estatus científico definitivo, alejándolo de premisas historicistas, esteticistas y biografistas que desvirtuaban su esencia lingüística.

Trabajos magistrales como el de Shklovski en torno al “arte como artificio” o el de Eichenbaum sobre “El capote” de Gógol, sólo para citar algunos textos básicos del formalismo, son el fundamento de posteriores avances en teoría y crítica, destacando su aporte a trabajos tan significativos como los de Bajtin y Lotman, así como a movimientos tan influyentes como el estructuralismo. Construcciones teóricas como la literaturiedad (literaturnost), la oposición fábula/trama o el proceso de extrañamiento (ostranenie) como génesis de lo literario, han sido de uso común en las más prestigiadas facultades de letras del mundo entero, resultando en acercamientos objetivos y reveladores en torno al fenómeno literario.

Sin embargo, acercarse a la producción de los formalistas —acción que esclarecería la mayoría de los sinsentidos surgidos en torno a la literatura y sus alrededores— implica un esfuerzo intelectual considerable y exige dedicación y disciplina, de ahí que en Anchuria para una abrumadora mayoría ha sido y es más redituable, en materia de alcanzar reconocimiento, mantener un acento popular en sus aproximaciones teórico-críticas, que finalmente evitan la objetividad y se refugian en disfrazar afinidades y falencias personales e ideológicas, aderezando el desfile de lugares comunes con un aparato verborrágico de definido acento decimonónico.

Y así, los detractores del formalismo —y de cualquier otra disciplina teórica que contribuya al estudio científico de la literatura— por regla general aluden a oscuridades lingüísticas y problemas de comprensión; incluso califican a las metodologías de estudio como responsables de “resecar” la riqueza de las obras literarias. Prefieren, para el caso, dedicar párrafos enteros a destacar “la raigambre social de la poesía de Roberto Sosa” o entornan los ojos, llevando la voz a límites melodramáticos, casi al borde del llanto, mientras ponderan el carácter multitudinario de los pobres o la bondadosa intención que implica construir puentes interminables hacia la dignidad para los humillados de la tierra. Y con ese talante persisten en obviedades que conquistan insulsos, antes que optar por el estudio serio que revele las claves del arte poética de Sosa o los procedimientos que utiliza el autor para lograr ese equilibrio entre la denuncia social y la riqueza formal de sus versos.

De esa manera preservan su popularidad y mantienen su vigencia, amparados en una propuesta que empobrece la interpretación de la obra y los recursos implícitos en su construcción, pero favorece una demagogia seudo-crítica que agrada a la tribuna, contenta con su dimensión estática, siempre a la espera de la floritura vacía, del regate estéril que no conduce a ninguna parte, en el más gráfico de los símiles futboleros. Pero el análisis de las funciones y compromisos del lector en la recepción de la obra es mejor dejarla para una segunda entrega de esta literatura for dummies. Hasta entonces.

(*) NOTA del AUTOR: La serie For Dummies (Para Dummies) comenzó en 1991 con el texto de informática DOS for Dummies, escrito por Dan Gookin y publicado por IDG Books. El concepto nació con Michael “Mac” McCarthy, quien tuvo la idea durante una discusión con su tío, quien le sugirió un libro con suficiente información para los principiantes (que, en idioma inglés, son denominados dummies). El libro se volvió popular debido a lo radical de los materiales para principiantes en DOS. Aunque, inicialmente, la serie se enfocaba en software y tecnología, se ha ramificado a temas de interés general. La serie es ahora publicada en idioma inglés por la editorial John Wiley & Sons, empresa que adquirió a principios del año 2001 a la editorial Hungry Minds (nombre que adoptó IDG Books desde el año 2000). Desde 2010, el Grupo Planeta publica la colección “Para Dummies” en español en España y América Latina. Aún no tienen un volumen titulado Literatura Para Dummies.

1 comentario
  1. Carlos P says

    Muy de acuerdo con la necesidad de rigor y formación en lo que concierne a la crítica literaria independientemente del nivel al que se quiera ejercer. Ahora, es tremendamente atrevido y desacertado querer darle a la crítica literaria (o estudio de la literatura) un definitivo estatus científico.
    El estudio cientítico, la definición de ciencia y el caracter científico en general sugieren empresas y características del todo ajenas a lo que es la valoración literaria. Comprendo querer proveer (la tan necesaria) formalidad a la (de nuevo, tan necesaria) discusión del verdadero valor y trascendencia de textos literarios en nuestro pequeño país en vías de desarrollo pero el método científico es algo que es (y que por muchas razones de formalismo cientítico, debe mantenerse) alejado al estudio de la literatura. Pensar y proponer lo contrario es migrar del formalismo a lo dogma (no puedo exponer todas las razones por las cuales esto es así considerando que escribo esto en mi celular y desde un bar) y, sí, es posible que todo sea una cuestión semántica (de la variedad léxica si nos queremos poner pendejos) pero con el cuidado ejercitado por el autor en explicar las diferencias entre formar y ejercitar criterios tísicos y correctos, es, hasta cierto punto, necesario establecer qué es qué. Las teorías literarias permanecerán (con razones de sobra) divorciadas de las científicas. El estudio de la literatura, como el histórico, deben permanecer, a lo sumo, como disciplina académica y de ser ejercido de forma casual, como dijo el autor, debe ser algo bien informado.

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