Inquilinas

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En aquellos años deambulaba yo entre la desesperanza y la frustración, de modo que cuando un compañero del trabajo me pidió hospedar unos días en mi apartamento a dos amigas suyas que llegarían “a jalón” desde Guatemala, asentí levemente resignado. Analicé la propuesta y deduje que a San Pedro Sula normalmente no se llega a jalón desde otro país, así que algo raro debía estar ocurriendo; algo, quizás, muy próximo a la ilegalidad. Y lo que ocurría es que se trataba de dos putas que no podían quedarse en casa de mi compañero de trabajo porque su mamá, su abuela y sus tres hermanas no lo consentirían.

Me dijo que las había conocido meses antes en Puerto Barrios, y aunque sería el destino, o la trata, lo que las traería hasta Honduras, dispondrían, eso sí, de unos días para vacacionar. En principio pasarían el fin de semana en mi apartamento y después buscarían “otro lugar”, y eso quería decir que se quedarían hasta mediados de siglo. Así que a falta de cuatro días para que llegasen yo ya estaba, en total estado de abatimiento, ideando un plan para expulsarlas de mi hogar.

Aun así la tarde del viernes mi compañero y yo saltamos desde el rapidito aun en marcha y llegamos con buen ánimo al punto de encuentro: el estacionamiento de un supermercado ubicado en la salida norte de la ciudad. Lo que sucedió a continuación fue realmente inquietante. De la cabina de un camioncito Isuzu salió una mujer tan gorda que inmediatamente pensé que si detrás de ella aparecía otro ser humano estaríamos presenciando un verdadero milagro. Pero casi colgando de su bolso Louis Vuitton asomó la otra muchacha, una flaca con aspecto de modelo de cajetilla de cigarros a quien rápidamente presentó como su sobrina. A lo mejor existe algún código ultra mega secreto entre las putas que ha de indicarles que cuando dos o más de ellas andan juntas deben presentarse haciendo alarde de algún parentesco, como si el mero hecho de comparecer en público como tía y sobrina, o como madre e hija, fuese a poner más caliente a la clientela.

El asunto es que nos presentó allí mismo el compañero de mi trabajo en una escena que pese a todo resultó muy entrañable, con algo de desproporción, eso sí, esa desproporción tan propia de las fulanas. No serían las primeras putas que ingresasen en mi apartamento, pero evidentemente sí serían las primeras con plena consciencia de serlo. La emoción no me embargaba.

Subimos los cuatro a un taxi y, al llegar, el hijo de puta de mi compañero bajó del maletero el equipaje de las parientas, consistente en tres bolsas negras, y exigió al hijo de puta del taxista que se fueran derrapando como almas que se las lleva el Diablo. De repente yo me encontraba en el portal de mi casa con aquellas dos hembras, una de ellas sobradísima de libras hasta límites inconstitucionales, completamente ajena a la ley, emplazada en un limbo jurídico que podía acabar arrastrándonos a todos. Nada más ingresar al apartamento decoraron todo a su antojo y colocaron sobre la mesita de la sala un cojín de Bob Esponja que ensombreció mi mirada. Entonces me dejé llevar por un estado de pavor alentado por los prejuicios y las alucinaciones: de pronto, habiendo transcurrido apenas un par de horas, me había convertido yo en anfitrión de dos damas desconocidas que habían llegado desde Guatemala con bolsas negras en un camioncito Isuzu. De remate, una de ellas —la inconstitucional— recibió una llamada a las dos y media o tres de la madrugada de un amiguito suyo que tenía por costumbre llevarla “a comer a Puerto Barrios”, un dato súper sutil teniendo en cuenta que a cinco minutos de mi casa había un food court.

Pensé que tendría yo bien merecido todo lo malo que pudiese pasarme en ese momento, y me dejé llevar por el rencor, que de inmediato se convirtió en animadversión cuando la flaca me preguntó si me apetecía pasar la noche con ella. Y al decir “pasar la noche”, la muy puta, valiéndose de la mímica hizo unas infames comillas con los dedos. La rechacé de un modo tajante, armado de cobardía. Desde el momento en que entraron en mi apartamento hasta que se fueron rocé yo la esquizofrenia. El domingo por la noche llamé a mi compañero y le dije que no podía más, que estaba a punto de sufrir un derrame, y pese a verme ahí, demacrado, intentó convencerme tan en vano que me dieron ganas de llevárselas a primera hora del lunes con bolsas, Bob Esponja y todo y ponérselas sobre su escritorio.

Pero ahora que lo pienso me doy cuenta de que por momentos sí fui feliz estando con ellas, aunque entonces no haya sido capaz de darme cuenta, cegado por mis prejuicios. Lo fui la vez que se alistaron para ir a bailar a Karaoke Club; desnudándose y vistiéndose entre brinquitos y nalgadas, llamándose a gritos desde la habitación o desde el baño. O cuando pasaban a mi lado y me decían “peloncito mi amor”, y me daban besitos en la frente y me acariciaban la barba. A mí se me escapaba una sonrisita coqueta y perversa y las complacía poniéndoles Wisin & Yandel en mi BlackBerry, cavilando la posibilidad de que la cosa quizás podría funcionar si decidíamos explotar sus aptitudes, que solo era cuestión de echarle ganas y empezar a facturar. Al despedirme de ellas, me fui corriendo despavorido hasta mi habitación, dando manotadas a las sábanas y las almohadas impregnadas de Channel 5 y zarandeando histéricamente a Bob Esponja, sin saber muy bien si por la ansiedad o por el pánico sincero a la Karol.

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