ON-OFF

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“Poder narrar la propia historia es, también, poder narrar la propia identidad. Es necesario deconstruir la tradición, mostrando que ésta fue inventada y que existe apenas sobre la base del texto que la construyó como ficción”.

Achille Mbembe

La entrada

Quizá no sea un ejemplo de comprensión universal ni el que podría esperarse para el tema de esta nueva visita a Hotel Insomnia, pero imagina que alguien entra a una de las desconocidas habitaciones del hotel y, como hacemos casi instintivamente, abre la puerta, mete la mano en la oscuridad, busca a la derecha en la pared el interruptor y ¡sorpresa!, resulta que no encuentra la “normal” protuberancia plástica que en “off” mantiene interrumpido el fluido eléctrico que en “on” haría que la habitación se iluminara. Lo único que palpa ese “alguien” es una especie de pequeña tapa redonda que no sabe cómo funciona. Con creciente urgencia (quizás alguien que le acompaña respira ansiedad en su nuca) descubre que al apretar el aparatito circular se hace una luz débil que apenas muestra la cama y el resto del escaso mobiliario hundidos en lo indeterminado. Casi por accidente gira hacia la derecha el elemento circular y la luz se intensifica. Prueba a girarlo hacia la izquierda y la luz disminuye gradualmente hasta desaparecer totalmente. Antes de que quien le acompaña se desespere o se enfade y se marche, vuelve a girar a la derecha y deja la luz en un agradable tono ámbar. Entran, al fin.

De alguna manera, nuestros cerebros trabajan muchas veces como ese interruptor que sólo admite “on” y “off” y desconoce una tercera (o “cuarta”) posibilidad. Una de mis mayores molestias en la literatura es observar (tanto en la poesía, la narrativa o la crítica) que se acuda de modo tan evidente a las dicotomías (sí, ese es el tema) como método de producción o análisis. Este podría ser uno de tantos “problemas” a los que se enfrenta la literatura en su ámbito particular; sin embargo, un breve paseo por los terrenos del comportamiento humano –occidental y catracho, sobre todo, dirá alguien- fácilmente nos informarán que no es tan exclusivo de la literatura y que constituye una actitud y una práctica más frecuente de lo que podríamos suponer, y no sería extraño acusar más de un desliz de ese tipo en la transcripción de estas reflexiones; sin embargo, la idea es invitarnos a pensar en el asunto y cuestionar el tema y su incursión en lo cotidiano.

Para efectos metodológicos, una breve definición del pensamiento dicotómico puede expresarse como la tendencia a clasificar las experiencias de acuerdo a dos categorías opuestas, contrastadas, bipolares, extremas y, sobre todo, simplificadoras. Muchos autores han coincidido en afirmar que el pensamiento occidental es de carácter binario, y que está constituido por esos pares antagónicos en los que hemos sido formados y entrenados. Ejemplos: todo o nada, bueno o malo, blanco o negro, de derecha o de izquierda, alineado o no alineado, correcto o incorrecto, válido o inválido, legítimo o ilegítimo, capitalistas o proletarios, rural o urbano, sagrado o profano, sí o no, on-off.

Esta postura simplificadora tiene que ver con un pensamiento binario, que intenta explicar desde los contrarios una realidad. Incluso la filosofía en algún momento dividió el mundo en dualidades del tipo ideas-cosas, como las religiones monoteístas también realizaron la partición cielo-infierno, cuerpo-alma, creyente-no creyente, hasta llegar al tema de las identidades de género, de clase, étnicas o políticas, que anulan o limitan, al menos, la posibilidad de lo alternativo. La vuelta de tuerca histórica de tales concepciones ha aportado nuevos abordajes que no se pueden desconocer, como el pensamiento “complejo” de las diversas teorías de sistemas, el pensamiento “queer” o “trans” de los estudios de género y del pensamiento “rizomático” de la filosofía posmoderna, que difuminan, diluyen y complejizan aquellas dimensiones.

Libre de dicotomías

Para tocar tierra en el tema, de todos los ejemplos dicotómicos o binarios, quisiera proponer unas breves reflexiones relacionadas con la nueva ola de éxodos, la política vernácula y la crisis humanitaria que se vive en Honduras. Una vez admitida esa tendencia a pensar el mundo con base a dicotomías, habría también que razonar que tales esquemas no son sólo modos naturales de describir la realidad, sino también esquemas de dominación que procuran perpetuar unas jerarquías materiales, políticas, económicas, culturales, que rentabilicen positivamente para unos y agravien a otros.

Una manera de explicar la política en Honduras ha sido a partir del bipartidismo, que, por más que aparentemente se nomine como nacionalistas y liberales, se fusiona en un solo bloque histórico de conservadurismo opuesto a las luchas sociales y su fundamento ideológico de izquierda o, al menos, “progre”. Como producto del golpe de Estado de 2009 aparece el Frente Nacional de Resistencia Popular y al Partido Libertad y Refundación, como alternativas a la dicotomía cachurecos-liberales. Sin embargo, el carácter renovador (no tanto “revolucionario”) que supondrían estas alternativas se ve cuestionado por el modo en que operan desde adentro hacia afuera y de la cúpula a la base los órganos de dirección, planificación y acción política, quienes en muchos casos han transmitido su pensamiento dicotómico y colonizado a la masa desesperada y en lucha.

Ejemplos del pensamiento dicotómico en Libre han sido la partición tácita y binaria de las posibilidades de lucha discutidas en algún momento en la dirección del fnrp, cuando se aceptó el acuerdo de crear “el brazo político del frente”. En aquella mesa de discusión se declaró la imposibilidad de realizar la huelga general y de mantener indefinidamente a la población en las calles por el riesgo de un baño de sangre (que ya enlutaba cientos de familias) y que entrar al juego de unas elecciones burguesas era la alternativa. Se nos dijo que “o eran las elecciones o una lucha armada”, y que, evidentemente, no teníamos ninguna posibilidad de enfrentarnos y sobrevivir a un ejército sofisticado (que, irónicamente, había sido fortalecido por los gobiernos inmediatamente anteriores al golpe).

Esto último no dejaba de ser cierto en alguna medida, pero al poner las cosas en blanco y negro se soslayaron otras posibilidades de la lucha social. Alguien podría estar en desacuerdo o corregir mi lectura de esa coyuntura (admitamos otros razonamientos), pero me parece que la agenda de lucha del Bloque Popular se turnó al fnrp y luego al nuevo partido (que no fue, como se dijo, el brazo político del frente), con lo cual su fuerza disminuyó progresivamente. Así se desmovilizó en un alto porcentaje a la población en resistencia y entramos a la habitación oscura de varias elecciones controladas que instalaron presidentes fraudulentos, ilegales e ilegítimos; pero también se puso de manifiesto, con más fuerza, la disidencia crítica interna representada, por ejemplo, en los “refundacionistas”. La reacción desde los órganos de dirección que permeó gran parte de la base fue de desconocimiento o descalificación del disenso, claro ejemplo de pensamiento político binario, de “exclusión del tercero”, de rechazo a la crítica y, consecuentemente, asimilación de elementos propios del conservadurismo en un proyecto político que pregona otros postulados.

Otro ejemplo interno sería el que deriva del pensamiento cuasi religioso alrededor de las figuras de dirección o control. En este punto la cosa se vuelve lapidaria, al menos para quienes declaran reconocer el valor de las acciones de Manuel Zelaya, pero niegan ser melistas y, en lugar de idealizar al individuo, observan los procesos que podrían conducir a los cambios deseados. Para una gran parte de la masa fanatizada, se está con Mel o se está contra Mel. Otra vez el pensamiento binario en su mayor esplendor. La sublimación de esta tendencia de pensamiento se manifiesta cuando se polariza de tal modo que, si no sos de libre (honestísimo) y no aceptas ciegamente lo que emana de los cuadros de dirección, entonces sos cachureco (corrupto), cincuentapesero, vendido, prácticamente un paria político a quien se le ha conculcado su derecho a opinar de modo contrario, a disentir, a proponer otras maneras de pensar y actuar en un partido que parece moverse por determinismos, mesianismo y una dialéctica pregonada pero negada al mismo tiempo.

Llegado a este punto, aclaro que desde su fundación he sido parte de las estructuras del fnrp y de Libre, que he sido parte activa de sus acciones y creo que es una herramienta que puede resultar útil, pero no se necesita echar humo por la cabeza para saber que la simple participación en los episodios electorales (por más que en algún momento de las calendas otorgue la presidencia a un candidato del partido) no basta para operar los cambios que la nación requiere para salir un poco del marasmo. Hace falta, entre otros aspectos, la articulación profunda de las fuerzas orgánicas que existen en el seno del descontento, la pobreza, la ira y la urgencia de la lucha social. Hace falta desmontar las estructuras políticas, económicas y culturales y, con ello, trascender y superar el pensamiento fanático, dicotómico, binario, excluyente, normalizador, polarizado, y el intento de colonizaje (negado, por supuesto, pero real en muchas ocasiones) de la base por parte de los estamentos jerárquicamente superiores.

Dicotomías del éxodo

De tal modo se ha infiltrado este modo de pensar que, casi cualquier coyuntura se analiza bajo esos mecanismos. El éxodo masivo de miles de hondureños expulsados por la grave crisis humanitaria no escapa a ello. Hay quienes consideran un asunto de “ética revolucionaria” aceptar la muerte a manos del régimen, y el desplazamiento forzado se ha estigmatizado en muchos casos calificándolo de “huida cobarde”, de “cómodo exilio”.

A partir de ese pensamiento, no hay otra alternativa que mal morir por una bala o en la indigencia, con el premio de quedar convertido (con suerte) en imagen de una camiseta o letra de una pancarta, cuando no simplemente en un montón de huesos en una tumba anónima. Muchos de los que se quedan (la mayor parte porque no han dispuesto de los medios para poner distancia entre ellos y los riesgos y su consumación) se consideran héroes con superioridad moral para descalificar a quienes han tenido que abandonar su casa, su patria y todo lo que representa para ellos construcción vital.

Mucho de hipocresía y miseria humana hay en esas posturas que se arrogan las medallas (a quienes se quedaron) y reparten vergüenza (a quienes se han ido). Al duelo del exilio se suma, entonces, una crisis de identidad política y social en la que el exiliado pasa a ser una figura fantasmagórica que habita entre dos mundos que no le pertenecen. Su aparente ausencia del paisaje geográfico, político y cultural hace de él un ente que está en lo que Arnold van Gennep ha denominado «estadio o período de margen», es decir, al margen del mundo viejo del que viene como del nuevo al que va. Eso hace que su condición sea ambigua o paradójica: no están vivos, pero tampoco muertos (o bien están a la vez vivos y muertos).

Es una perogrullada repetir que el exilio es inherente a la humanidad, pero no lo es recordar algunas de las causas históricas que motivan el éxodo actual de miles de compatriotas. La figura coyuntural de Juan Orlando Hernández y las políticas tácitas y expresas que ha puesto en funcionamiento son las causas inmediatas, pero la corriente migratoria cuenta con antecedentes más profundos que se remontan a principios del siglo XX con el intervencionismo norteamericano en los países de la región centroamericana, con la llegada (decenas de veces), de marines, con la instalación de ejércitos irregulares, con la puesta en operaciones de escuadrones de la muerte dedicados a cazar comunistas, con la aplicación de las políticas neoliberales, con la organización, sofisticación, instrumentalización y transnacionalización del crimen, con la creciente reactivación de violaciones de derechos humanos que ha sometido a la población a presiones indescriptibles.

Así las cosas, Estados Unidos de Norteamérica juega un papel protagónico como causa en el fenómeno migratorio, pero, en lugar de reconocer esa cuota de responsabilidad, rechaza el producto de su deshumanizada gestión, es decir, rechaza a los migrantes (que para 2017 eran 450 mil, según la Organización Internacional de Migraciones de la ONU) que siguen intentando cruzar el Río Grande en un viaje de la nada hacia la nada.

La caravana de hondureños que en este momento se encuentra en tránsito por México hacia un frontón de 15 mil elementos militares listos para disparar (según ha dicho Donald Trump) es el signo, tanto del juego de las acciones de exterminio consuetudinario de los EEUU, como de la cuota de responsabilidad de Libre -y de la izquierda, en general-, que ha mostrado una limitada capacidad de ejercer un liderazgo realmente revolucionario en la lucha contra la dictadura, razón suficiente para admitir la necesidad de repensar “las cosas” en el partido, de reconocer el valor del disenso y abrirse a otros modos de operar.

La caravana de migrantes es la prueba más reciente de la grave crisis humanitaria que se vive en Honduras; es la búsqueda de un exilio forzado que, quienes critican desde el pensamiento binario de “quedarse=heroísmo”, “irse=cobardía”, seguramente deberán repensar antes de que ellos mismos se vean obligados a abandonar el paisaje si no se logra modificar en lo cercano la correlación de fuerzas en conflicto.

Las salidas

Como decía al principio, el pensamiento binario puede estar inserto o ser un resabio del modo occidental de describir la realidad. El problema aparece cuando esto se vuelve practica sistematizada, rígida y estereotipada, que genera disfuncionalidades en la persona, la sociedad y las estructuras que la componen.

¿Qué es el hondureño, qué somos los hondureños, qué es Libre, en ese contexto? La crisis humanitaria que deviene crisis de identidades preformateadas y diferenciales nos coloca ante la visibilización del abismo de la nada, que es tanto la posibilidad del “dejar de ser” como la oportunidad del cambio hacia “el ser”. La posibilidad del cambio nos ubica en lo que los antropólogos llaman «rites de passage» de los seres transicionales que “no tienen nada, no tienen ni status, ni propiedad, ni pertenencia plena”, como prototipos de una “pobreza” que consiste en “no tener nada, en no ser ni lo que eran ni lo que serán”.

Es necesario reincorporar al debate otras posiciones, otras miradas, otros pensares y actuares. Esto probablemente traiga otros conflictos, pero son los necesarios para mantener la vitalidad, ya que las entidades, las estructuras, los grupos sin conflictos son organismos muertos. La negación del disenso, de lo otro, de lo alternativo (de la rebeldía) es considerar el conflicto como un hecho inmoral, en aras de la ciega obediencia. Ante la falta de respuestas satisfactorias en la lucha revolucionaria, los militantes de esta muestran su descontento y exigen otras prácticas y pensares; ante la imposibilidad de “estar” donde les corresponde, las personas “se van”, migran, no como un acto de escapismo, sino como un recurso de rebeldía que pone en evidencia lo deficitario del sistema para su sobrevivencia. Lo opuesto es apostar por la “normalidad” o la “normalización”, por una falsa armonía interna que anula la esperanza, tanto como la capacidad y derecho de elección. No es aceptable, como expresaba Foucalt, que “la ley solo puede garantizar la libertad para los normales”, es decir, para quienes sólo obedecen, ubicando a los demás en el paradigma de “anormal=enfermo”, en apestados del sistema. La normalidad es un discurso hegemónico y la desobediencia es su virus.

La deconstrucción del pensamiento binario ha sido desde hace décadas materia de investigación de muchos autores poscoloniales como H. Bhabha (de la Escuela de Estudios Subalternos de la India), A. Mbembe (teórico del proceso descolonizador de África), G. Anzaldúa (representante del movimiento de reivindicación Chicana en Estados Unidos), E. Lander (del Programa Modernidad/Colonialidad latinoamericano), R. Paiva (del movimiento de reivindicación de los pueblos Amerindios) y R. Segato, a través de conceptos como “hibridez”, “pluricultura”, “paridad” y “mestizaje”, como núcleos de pensamiento y formas de resistir los discursos validados.

Dado que no podemos considerar a Libre como una organización pura de izquierda, sería lógico y deseable esperar que se acepte la multiculturalidad que gravita en su seno, que superemos la fase de dominación del pensamiento único, que se aborden los disensos como signos del conflicto identitario nacional al que nos enfrentamos y como alternativas a lo que, establecido, no ha cumplido la plenitud de su propósito. No es posible que se siga considerando “lo otro” como una amenaza mortal, como un peligro absoluto, y que se utilice esto como justificativo de “la muerte (virtual o física) del otro”. Rita Segato afirma que la lucha de los movimientos sociales … no alcanzará la radicalidad del pluralismo que pretende afirmar a menos que los grupos insurgentes partan de una conciencia clara de la profundidad de su “diferencia”, es decir, de la propuesta de mundo alternativa que guía su insurgencia.

De acuerdo a Mbembe, superar este paradigma supone reivindicar el derecho a existir y coexistir en la tensión que existe entre la bio- y la necro-política, es decir, en la administración de la vida y de la muerte. En suma, esta visita a Hotel Insomnia es una invitación a pensar y repensarnos desde otras perspectivas, a cuestionar nuestros mecanismos de análisis y descripción de la realidad, a dejar un momento el canibalismo y reconocernos humanos y diferentes, a re-narrar nuestra historia desde la aceptación de los diferendos y superar el abismo de la nada en que nos encontramos.

Coda para desmontar las suposiciones binarias

¿Quién abrió la puerta de la habitación oscura?, ¿quién respiraba en la nuca de quien abrió la puerta?, ¿qué es el migrante?, ¿qué significa ser hondureño en el contexto actual?, ¿qué somos?

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