Clones: relatos futuristas en un país del pasado

0

San Agustín creía que sólo existía el presente, que lo que llamamos pasado no es más que un presente que fue y el futuro, uno que no ha sido. De forma que quien escribe sentencia las palabras al pasado inmediato del presente. ¿Qué pasa entonces cuándo se escribe para el futuro? Asimov, Bradbury, H. G. Wells, P. K. Dick, Huxley y Orwell tienen la respuesta: en lugar de que las palabras recuerden lo que fueron, mejor que anticipen lo que serán. Es así que durante el siglo XX surge la literatura de anticipación o ciencia ficción, de la que esta obra es heredera.

En este género la tecnología es el factor que define la realidad. Clones. Relatos breves de 2096 (2018), del argentino radicado en Honduras Raúl Arechavala, pretende anticiparse al mañana, esa época que está a la vuelta de la esquina. Lo curioso es que lo haga desde Honduras, un país con un presente de amnesia o -si se quiere- de un eterno pasado. Arechavala trabaja con la distancia temporal entre la publicación de su obra y el tiempo interno de la trama (2096) para crear su mundo futurista. En el transcurso del tiempo entre ambos puntos se crean leyes que prohíben el uso del papel, se adopta el “lenguaje inclusivo”, se fabrican hijos sólo con el ADN, la naturaleza ha sido reemplazada por hábitats artificiales, se legaliza la cocaína y se utilizan motores de combustión de hidrógeno. Todas estas innovaciones reinventan el presente.

Lo que en un principio resultó el elemento atractivo de la literatura de ciencia ficción se convirtió en una fórmula más. Los mundos futuristas dejaron de ser impresionantes cuando algunos autores de este género le dieron mayor relevancia al elemento humano. Es así que el dilema humano-tecnológico se vuelve el enfoque principal de este tipo de narraciones y, como recursos de esa intención surgen los humanos del futuro: los androides, las inteligencias artificiales, los robots (sí, robots), los clones, entre otros.

Arechavala elige a los clones para plasmar el dilema de la identidad: “Te veo tristemente amputado porque cuando perdí mi brazo izquierdo, en el accidente, hubo que recurrir a ti. Quizá habría que tener un clon de un clon, un clon a la segunda potencia para que esto no sucediera” (p. 13). En su mundo cada individuo tiene un clon de repuesto en el sótano de la casa esperando el momento de ser utilizado. Luego está el asunto de las personas que temen ser clones. Y los clones que asesinan a sus dueños para reemplazarlos, como en “El κλώνος [clon] vengativo” y “El κλώνος usurpador”, o el clon que espera compasión de su dueño: “¿qué piensas de mí cuando te alejas, cuando apagas la luz del sótano, cerrando suavemente la puerta y subiendo, como gato, las escaleras?” (p. 13).

Aunque el autor crea bien un mundo alternativo, el tratamiento del dilema entre el humano y la tecnología da la sensación de resultar insuficiente. Quizá Arechavala buscó un equilibrio entre los temas de la nostalgia y el dilema tecnológico. Sin embargo, los cuentos que tratan de las remembranzas de los tiempos antiguos (“Coca Cola añeja”, “Semillas”, “Viajes de nostalgia”) no son tan atractivos como aquellos en los que los clones son los protagonistas. Con todo, esta obra representa un aporte importante a la narrativa hondureña (aunque considerarla como tal pueda generar un debate), escrita con las pautas de un género cuyos más cercanos seguidores hondureños han sido Roberto Castillo, Nery Alexis Gaitán y Javier Vindel.

Leave A Reply

Your email address will not be published.