Saltarse las teorías

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Es difícil para un escritor no pensar en las aporías de Zenón al momento de ponerse a escribir un relato. Sabe que al igual que el filósofo griego, él, mientras escriba, tendrá también que lidiar con los problemas del movimiento, del tiempo y del espacio, inherentes al desarrollo de una historia. Y es que, contrario a lo que cualquiera pueda imaginar, no son la conducta de los personajes o la naturaleza de las acciones las que producen el verdadero dolor de cabeza en el autor sino la dificultad de anclar la historia que va a narrar a un punto determinado del mundo.

El escritor tiene la página fija en la máquina, pero todos los elementos que conforman su relato rotan alrededor de ella, se resisten a dejarse atrapar. Y eso sólo incita su memoria, la conduce hacia la arbitrariedad, al desconcierto; dirige su cerebro al momento clave del relato en el que arrojará el primer verbo, o sea, ese brevísimo interludio en que tratará de mover el discurso en alguna dirección. Detrás de los verbos irá él mismo, como un dios de cartón sojuzgando la escritura, alterándola. Cada partícula del relato supondrá un desafío mayor que el escritor está obligado a repensar.

Cuando el escritor se decida por un hecho cualquiera, tendrá que acordarse seriamente de Zenón y de sus aporías, de las leyes físicas que rigen la realidad y que deberá traspasar a la historia. Tendrá que pensar en la paradoja de Aquiles y la tortuga o en la alteración que produce en el pensamiento su incomprensible dicotomía.

Zenón consideraba que una flecha se encuentra siempre inmóvil en el espacio y que la continuidad es un sofisma que sólo se produce en el discurso. El mundo, o es una infinita serie de parcelas o un bloque indivisible de sucesos, pensaba. A partir de esas creencias, el escritor entenderá que el acto de escribir más que una contingencia humana es una perturbación en el espacio-tiempo de la página que sólo se manifiesta en la conciencia. Así que debe hacer acopio de ella para llevar adelante el relato.

El problema es que su conciencia lo lleva hacia el mundo de verdad, ese que refuta con su encarnizamiento cualquier disquisición filosófica. Parado frente a frente con la realidad, al escritor sólo le queda replantearse sus propias teorías. En eso anda, en eso entretiene su tiempo, cuando el suceso que llama su atención empieza a formarse delante de él. Hasta ahora sólo puede ver las sombras, la siluetas en el aire, pero detrás de ellas hay una ciudad miserable que, como la flecha de Zenón, permanece congelada en un punto crítico.

La calle frágil brota de la pared de su memoria, alrededor de ella se alinean muros de hormigón. Los muros son vientres de ballena en cuyo interior la vida no germina, al contrario, parece irse desgastando. Seres de granito que percuten en el vacío llenan las esquinas. Y, más allá, los automóviles como un enjambre rabioso. Una calle cualquiera de San Pedro Sula está echada en la página y lo desafía. Hasta este momento la paradoja colinda de manera perfecta con la realidad.

Más tarde aparecerá el autobús, uno de esos armatostes de hierro que se ponen a la cola de todo. Está atado al espacio todavía, por eso no puede desplazarse, o se mueve de manera tan enredada que su propio motor se ha colgado de sus bielas.

Luego aparecerán los muchachos, silenciosos, adictos a un amor de muchachos, unidos no sólo desde las membranas del corazón sino también desde el sonido. Un hilo de cobre atrapa sus oídos y se extiende hasta un pequeño reproductor de música. Tampoco se mueven, están estaqueados a la acera y dan patadas al tráfico. Tal vez miren el horizonte o sea el horizonte el que reclame sus figuras.

Un tercer actante entra por una calle lateral. Se parece a una oruga, pero en el lenguaje del escritor pronto se transforma en un pequeño taxi; es el único que no se ciñe a las aporías, que cruza con desenfado toda la intersección. Un hueco labrado por la lluvia milenaria en el asfalto lo espera a mitad de la manzana, en él los neumáticos se atoran todos los días. Parece una calle que no se extendiera de forma horizontal sino que se introdujera en la tierra. El hueco y el taxi comprobarán el primer paralogismo de Zenón.

En la página que el escritor tiene fijada a la máquina han empezado a crecer los hierbajos y el asfalto se ha mojado. La misma ciudad parece desmoronarse, pero sólo en la página, porque en la calle de verdad el tráfico amaina. Toda esa inmovilidad no tiene razón para la lógica, ni siquiera el sol que acuchilla con sus alfileres los ojos de los muchachos. Al escritor le ha brotado un nuevo sentido, por eso percibe lo que va a ocurrir nomás los sucesos pierdan su ritmo y se precipiten.

El amor que se tienen acrecienta la confianza de la pareja. En otro contexto, hace rato que se hubieran decidido a correr siguiendo una regresión infinita. Si continúan en la esquina es porque no tienen a dónde ir, porque la historia que fluye en la página los ha frenado sin remisión. En ese instante el escritor se decide a disentir del mundo. Basta con que afloje la cabeza para que las cosas vayan a buscar su lugar.

Eso sucede a continuación y, entonces, el enorme autobús traquea, se libera y avanza. Desde el otro extremo el taxi se encabrita. Son la representación exacta de Aquiles y la tortuga, pero no lo saben, ni entienden que esta historia trata de distancias y velocidades relativas, de que uno tiene que atravesar la mitad de la ventaja que tiene con relación al otro, pero que cuando lo haga, el otro ya podrá estar lejos. Y así sucesivamente, hasta que ambos reconozcan la existencia de una suma de infinitos.

Todo iría de maravilla si no fuera por la intervención del agujero labrado en el asfalto por la lluvia. La distorsión y el frenazo conducen al taxi al encuentro con el autobús. Una ley natural se rompe con la irrupción de las carrocerías. Suerte que Zenón no ha tenido razón esta vez: el taxi recupera terreno a último minuto y se encoge a tiempo para capearse el armatoste. De inmediato el autobús se ladea y derrapa, lo que aumenta su velocidad. De la paradoja de Aquiles y la tortuga se pasa de inmediato a la dicotomía. El asunto es que ahora son los muchachos los que ingresan en la ecuación.

Esta historia es un homenaje a ellos, por eso hay que puntualizar ciertos aspectos relacionados con sus vidas. Sus rostros son un decorado de ansias y sus cuerpos el trampolín desde el que esos deseos se abalanzan sobre el mundo. Ella no es bonita, pero tiene unos labios que incitan a la compasión; él no es altivo, pero una manada de logaritmos se agita en su cabeza. Hay algo complementario en la manera en que mueven las manos, o cómo tuercen los ojos para evitar la luz de frente. La estructura emotiva de ambos se halla sosegada, inerte, como si las clases de cálculo o geometría que piensan recibir más adelante en la universidad hubieran castrado sus inteligencias afectivas.

El autobús ha salido despedido y ahora enfila hacia la calle. El lector ya sabrá a este punto que el epicentro de la calle es la pareja.

Zenón auguró hace siglos lo siguiente: si se lanza una flecha al espacio vacío, en cada momento del tiempo que dure el recorrido de la flecha, ésta se hallará en una posición específica. Si cada momento es demasiado pequeño para ella, la flecha no tendrá tiempo de moverse, por lo que estará siempre en reposo, pero si comparamos cada momento con otros adyacentes, veremos que la flecha estará en una posición distinta de la que estaba antes o se encontrará después, por lo tanto, se está moviendo. El movimiento sería la sucesión de los distintos espacios ocupados por la flecha. El escritor que sirve de testigo casual del hecho que ocurre en esta historia comprende que eso sucede, precisamente, con el autobús. Hay leyes concretándose y anulándose en su sinuoso desplazamiento. Para Zenón los muchachos nunca podrán ser alcanzados, sin embargo, los escritos del matemático escocés James Gregory aducen que sí.

El autobús deja atrás la primera mitad de la distancia que lo separa de la pareja. En ese instante ambos emprenden la fuga. El hilo de cobre atado a sus oídos les impide separarse al principio, además, uno de ellos patina en el bordillo. Cuando logran arrancar de veras, el autobús acomete la mitad de la otra mitad de la distancia. A los ojos del escritor, el único que disiente de la ecuación, nada se mueve o sólo se mueve en una dimensión que sobrepasa a todas las realidades. Los muchachos han sumado unos metros en el momento en que el autobús, después de haber traspasado todas las fracciones posibles, alcanza el lugar donde se encontraban al principio.

Entonces todo vuelve a comenzar, el autobús acomete la primera mitad de los metros alcanzados por los muchachos, luego la mitad de la otra mitad, luego la mitad de la mitad de la otra mitad y todos los fraccionamientos que los números naturales permiten… pero cuando agota esos metros y llega al sitio en que estaban los muchachos, éstos se han proyectado unos cuantos centímetros adelante. El proceso se reinicia y ocurre lo mismo, ahora hay milímetros de distancia y luego nuevas fracciones que traerán otras y otras y otras, hasta el cansancio…

Para no fastidiar más a su audiencia, el escritor dispone rechazar a Zenón y a sus aporías. No es posible la imagen de un autobús que persiga a una pareja de enamorados por toda la eternidad. Lo rechaza también porque no quiere darse cuenta de lo que ha sucedido o sigue sucediendo. Hay una dilatación del campo visual que perturba los acontecimientos; por una parte, todo se ha consumado y, por otra, está lejos de contener un final. Lo único verosímil que el escritor puede sacar en limpio es que en una calle céntrica de San Pedro Sula hay una pareja de muchachos tumbados en el asfalto, agonizantes. Lo consuela saber que ya nunca van a envejecer: que tendrán siempre la misma edad, el mismo amor y la misma muerte.

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