Literatura for dummies (2)

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Al dedicar la primera entrega de esta literatura for dummies a la reflexión didáctica en torno a temas propios de la teoría literaria creí —de manera un tanto ingenua— que me alejaría del ruido mediático y la polémica estéril con los dómines de la filial catracha de la “escuela del resentimiento”; sin embargo, no faltó a la cita el inevitable perico de palotes que se sintió afectado por mi supuesta afrenta al olimpo de la ciencia fáctica al aludir al estatus positivo alcanzado por los estudios literarios a partir de los aportes del formalismo ruso.

Antes que incurrir en un diálogo de sordos lo más sensato es remitir a los interesados a la lectura de los textos citados al inicio de la serie, una ruta que podría partir de Brioschi y Di Girolamo, siguiendo con Amorós para después recalar en Aguiar e Silva, como obligatoria introducción a la trilogía de maestros: Eco, Calvino, Bloom y el más reciente Eagleton. Todos ellos han cumplido una función parecida a la de Carl Sagan en su libro Cosmos: definir conceptos fundamentales, aclarar controversias, iluminar zonas de penumbra y compartir sus lecturas canónicas con amenidad y precisión. Seguramente hay otros nombres de pensadores y teóricos ilustres y geniales, pero los anteriores constituyen un casi obligatorio punto de partida para las reflexiones posteriores, en la medida que compendian y explican con notable sencillez el abc de los estudios literarios contemporáneos y establecen lazos con los aportes teóricos de la tradición clásica.

A través de su estudio, un lector atento y medianamente ilustrado podrá acceder y sacar provecho a textos de autores fundamentales que han marcado la evolución del formalismo al estructuralismo y sus variantes post-estructuralistas, así como a las teorías afincadas en la recepción o en la rejuvenecida hermenéutica, que marchan a la par con enfoques semióticos o marxistas y los más recientes acercamientos motivados por la “condición posmoderna” mediante los estudios culturales o el post-colonialismo: Barthes, Foucault, Derrida, Culler, Jauss, Gadamer, Berman, Bourdieu, Jameson, Williams, Lyotard, Said, Hall, De la Campa, Zizek, García Canclini, Bhabha, Spivak…

Tanto nombre “extraño” a más de algún lugareño podrá sonarle a pedantería o elitismo, pero lo cierto es que el estudio de la literatura en la actualidad ofrece un sinnúmero de enfoques teóricos de diversas procedencias y escuelas que —lejos de esterilizarla o empobrecerla como pregona la “escuela folklórica-demagógica-identitaria”—proporcionan al lector herramientas extraordinarias para explorar con creatividad y precisión su complejidad y riqueza tanto en lo temático como en el aspecto formal. Persistir en la condición de pureza naif (léase indigencia teórica) que propugnan algunos tuertos en este país de ciegos, no hace más que adherirlos a la demoledora frase de Martí: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”.

Y esa condición aldeana —enfatizada por quienes ven el ejercicio literario como un oficio de ganapanes—se revela en la profusión de eventos y premios con que han saturado el ambiente de Anchuria en la época post-golpe. Así se suceden premiaciones inter pares y festivales pueblerinos internacionales, sospechosamente auspiciados por la satrapía de turno, pero cuya incidencia real acaba al recaudar las azules monedas y despedirse del nuevo amigo extranjero con la promesa de la invitación retribuida, porque un somero análisis muestra que la literatura nacional no ha abandonado su carácter insular, entrópico, de nula presencia tanto en las grandes editoriales como en sus contrapartes alternativas. Y este no es un asunto de mala suerte o desdicha geográfica, ya que, a un par de kilómetros de distancia, nuestros vecinos istmeños viven una realidad aparte.

En otro lugar hemos señalado que en el origen de nuestras “desgracias literarias” se encuentra un anémico y parasitario entorno cultural, agravado en los últimos años por la inopia gubernamental, la falta de mediadores especializados y programas de creación de públicos y lectores, pero en este momento es inaplazable plantear que para superar esta “condición”, el autor nacional deberá afrontar, junto a la lectura infatigable de los autores canónicos y de los grandes iconoclastas, el estudio concienzudo y serio de la teoría literaria, a partir de la definición de la literatura y los conceptos generales de historia, géneros, poéticas, narratología.

Ojalá y se entienda que nuestra propuesta no apunta a aburrir ni coartar el estro del “pequeño dios vernáculo”, pero una revisión a la biografía de los autores que destacan en el panorama universal de la literatura actual muestra que una abrumadora mayoría posee un perfil académico especializado en literatura o humanidades. Y el bagaje teórico implícito en este hecho se revela en la solidez de sus propuestas, que hacen gala de un nutrido arsenal retórico en la construcción de la trama. Ahí, en ese detalle imprescindible, deberá centrarse el esfuerzo del creador nacional si desea superar su atávica marginalidad, como en Hamlet: “To be, or not to be: that is the question”. De lo contrario, se deberá conformar con la disputa de los blasones propios de la ínsula Barataria para después lucirlos en “el traje nuevo del emperador”.

1 comentario
  1. Raúl César Arechavala Silva says

    Acuerdo totalmente con el artículo de Mario Gallardo “Literatura for dummies 2” porque en algún momento hemos compartido con él la lucha por conformar una academia en el CURN, y lo que dice en ese artículo forma parte de ese ideal, lamentablemente, hasta ahora no alcanzado, a pesar de múltiples reformas de la ley y de los edificios universitarios. Por supuesto que la literatura no necesariamente se escribe desde las aulas universitarias; pero la formación sólida a la que alude Mario es absolutamente fundamental para adquirir una mayoría de edad que le tiene que llegar a la literatura y al país. Gracias.

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