Discúlpenme

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La primera vez me pasó a dos calles de mi casa, en San Luis. Lo recuerdo perfectamente porque siempre saludo a la gente que no es y dejo de saludar a la que sí es, y al cabo de unos días alguien llega a mi casa y le dice a mi mamá que su hijo es un prepotente o anda siempre drogado, o algo aún peor: que solo saluda cuando le conviene. Esa vez fue diferente porque ocurrió desde la acera contraria: un desconocido levantó la mano con una gran sonrisa, rozando la euforia, y yo obviamente hice lo mismo con el temor de que si cruzaba la calle sería un gesto de gran provecho. Por suerte no lo hice y seguimos nuestro camino. Así es como uno atesora entre sus defectos la mayor de sus virtudes: no acordarse de alguien y disimularlo regular.

La segunda ocasión fue algo más confusa. Lo vi llegar por la misma acera y de pronto mis manos empezaron a sudar. Sinceramente pienso que mi vida a veces es demasiado arriesgada, aunque no tanto como la de mi amigo Rubén Membreño, que un día escribió a las once y media de la mañana en su Facebook: “Me voy a comer: cosas de gente que pasea por el lado salvaje de la vida”. No tenía yo ahí mucha escapatoria, así que opté por una estrategia arriesgadísima: acelerar el paso como quien va tarde al trabajo y tocarle el antebrazo con un gran “¡hey!”. Por suerte salió bien, y el resto del día recuerdo haberlo pasado sin sobresaltos.

La situación se repitió a lo largo de los meses y aún de los años siguientes. San Luis es un pueblo en el que un día te acostás al regresar del colegio y al siguiente te despiertan los hijos. Todo adquiere de repente una velocidad imprevisible.

Esto define un poco metafísicamente mi vida, y quizás contándola yo les ahorraría muchas palabras, pero uno siempre le da largas al asunto. Cuando me propusieron escribir en Tercer Mundo a lo mejor pensaron que podía yo hacer lo que más o menos he venido haciendo desde hace un tiempo: sacar adelante unos artículos realmente fascinantes que pretenden divertir un poco, hacerles a ustedes pasar un rato ameno o incluso trascender escribiendo sobre política o literatura. Nada más lejos de la realidad. Yo aquí solo estoy tratando en la medida de lo posible de aburrirles, porque hoy en día la gente se aburre poco y peor aún: los que se aburren, se aburren mal. Yo intentaré que ustedes se aburran a gusto, sin remordimientos, pensando que podían estar haciendo algo mejor pero que no se les ocurre nada y eso ya es mala suerte.

En el tiempo que llevo dándole forma a Trago es Trago he recibido cantidad de solicitudes de amistad, follows e incluso correos electrónicos, lo que me recuerda que soy un periodista de principios de siglo. En uno de ellos, escrito en Courier new, una muchacha me dijo sin rodeos que se aburría al leerme.

“Vos me aburrís. No sé por qué te tienen ahí publicando estupideces”.

Verán ustedes: al ser yo periodista siempre me había creído opinador experto, y además un opinador experto de izquierdas; de esos que leen una y otra vez la noticia para detectar el punto de vista progresista del tema en cuestión. Si no lo encontraba esperaba los lunes para ver qué decía Julio Escoto en El Heraldo y salir yo el día siguiente entusiasmado detrás. Pero no siempre las cosas fueron tan sencillas. Si Mel eliminaba o recortaba gastos a la Iglesia o al Ejército —que no sé si lo hizo— yo pensaba: “Eso está bien, pero tiene que haber algo que se pueda decir al respecto”. Y sintonizaba Radio Globo para esperar una reacción oficialista. De esos años aprendí que ser un opinador de izquierdas era algo verdaderamente agotador. Imagínense ustedes ahora que tienen que formarse una opinión de izquierdas de Jorge Cálix y me entenderán mejor. La derecha estas cosas las ha resuelto históricamente mejor; no me pregunten cómo, pero mejor. No se les ve cansados, quiero decir. Yo dimití de la izquierda por hastío, lo que no quiere decir que luego en privado incordie a quien buenamente pueda, pero eso ya es cosa de bolos.

A esa muchacha, digo, yo la aburro, pero creo que es un aburrimiento ideológico. Modestamente, yo aspiro a aburrirles a ustedes de otro modo. En mi vida pasan muchas cosas y pocas interesantes, y considero que ese mérito debe de ser explotado. Me llamo Cristian Rodríguez y tengo 34 años, una edad absolutamente escandalosa. Soy pobre y honrado en la medida de lo posible, y a eso no hay que darle muchas vueltas. Me definieron una vez como heterosexual asimétrico, pero gracias a Dios no recuerdo quién ni en qué momento. Por el título de esta columna no se alarmen. Yo soy hijo de puta, sí, pero en un sentido canónico. Me verán ustedes muchas veces en la calle, saludando o dejando de saludar a la gente, solo les pido que cuando me vean no duden en putearme: lo peor que pueden hacer es preocuparse por mí.

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