¿Para qué sirve la literatura? (Otra vez, sí)

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Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

yo tomé el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia.

Robert Graves

Comenzar esta columna con un título como el anterior y pretender captar su interés de lector, probablemente resulte tan exitoso como el proyecto de subir a la cornisa de un sexto piso, dejarse caer de cabeza y vivir para contarlo. Con los ríos de tinta que ese tema ha hecho correr podría, seguramente, tatuarse de pies a cabeza a la totalidad de la población hondureña; sin embargo, como no todo ese conglomerado ha visto su rostro en la corriente, es posible que aún quede alguna persona interesada en zambullirse en estas letras.

Digamos, para ahuyentar algunos bostezantes, que no quiero presentar la formalina teórica que busca las respuestas en azarosas tesis. Digamos que sólo intento abrir un poco el historial de mis búsquedas de respuestas, para que puedan asomarse un poco a él.

Lo fácil es decir que la literatura es un objeto de cuarta o quinta necesidad en la pirámide de Maslow, que el mundo lo que necesita es alimentos (no importa si son transgénicos, siempre que sirvan «para hacer el mojón», como sostiene un amigo procaz de Santa Bárbara) o viviendas (aunque terminen patas arriba como en Ciudad del Ángel) o mejores empleos (que nos otorguen los empleados de los empleados de los empleados del jefe Iluminati) o restituir al presidente (a la silla del narcoestado). Para algunos la lista es infinita y la literatura ocupa los últimos lugares del ranking, mientras para otros está en el top ten. Fácil, también, asegurar que sirve para todo, que es el remedio chino universal para los males de la humanidad. Ni lo uno ni lo otro. Si fuese por lo primero, hay tantas necesidades materiales en el mundo que hace mucho los libros serían especie extinguida; y si fuese por lo segundo, viviríamos, gracias a los libros, en el más feliz de los mundos de este suburbio de la galaxia.

Pasa que los libros (y, por ende, la literatura que contienen) por sí mismos pueden llegar a tener una utilidad muy distinta al propósito para el cual, se supone, fueron creados, por ejemplo: corregir una mesa renga, como proyectil en una reyerta, como pisapapeles, como parte de la utilería para hacer el personaje de intelectual, entre otros usos. En todo caso, la utilidad de los libros está en relación directa con la persona que se acerca o pasa de largo de ellos; sin reducirla a un asunto de distancias, puesto que se trata, principalmente, de actitud ante la literatura.

«Actitud», he ahí otra palabra si no sobrevalorada, al menos vaciada de significado. Díganme ustedes qué tan cierto será lo que pone como estado de WhatsApp un amigo: “La actitud es más importante que la aptitud”. ¡Carajo! Esos jueguitos de palabras pretendidamente benedettianos, las frases enlatadas (¡vaya, otra frase enlatada!) que hurgan en la fonética sin reparar en los significados. Es natural que en la infancia y adolescencia pese más la actitud lúdica ante la literatura, sin problematizarla buscándole rocambolescas interpretaciones, pero llega un momento en que las capas del “texto” empiezan a exigir la búsqueda de otros sentidos y significados. Es entonces que pasamos de la etapa de creer que nuestro reflejo en el espejo es una entidad separada de nosotros, a reconocernos en él. Así también con la literatura. No quiero decir que el placer de la literatura deba ser sustituido por el severo rigor de la disección intelectual, pero sí que debemos evolucionar o madurar en nuestra actitud como lectores, lo que, indefectiblemente, debería causar algún efecto en la utilidad que la literatura puede prestarnos o podemos exprimir de ella.

Hay quienes creen que al mundo lo que le sobra es actitud: ahí están los Trump, los Macrón, los Bolsonaro y las figuras de acción de nuestras dictaduras latinoamericanas. Actitud, me dicen, también es lo que sobra en la literatura actual: ahí están los Marwan y similares revolucionando el concepto de literatura y exigiendo que los académicos hagan congresos y tesis para encontrarle las bondades ocultas bajo capas y capas de obviedad a esa literatura posmoderna; ahí están los anuncios de talleres de escritura creativa servidos por “escritores” que no saben redactar ni puntuar; ahí están, escribió no hace mucho alguien, quienes dicen “mi obra” sin haber escrito siquiera una línea memorable.

¿Es esa la actitud más idónea para extraer de la literatura sus mejores utilidades? ¿Cuáles son esas “mejores” utilidades? No estoy yo para hacer la lista definitiva, ni mucho menos, de esas “actitudes y utilidades”. Hablo solamente de unas pocas reflexiones personales, que tampoco son enteramente mías, sino que comparto con muchos que han encontrado en la literatura una razón, al menos, para oponer otros argumentos a la degradante y embrutecida sociedad de consumo en la que vivimos.

Lo primero que podría decir al respecto es que la literatura nos permite comprender mejor, como en un espejo, los rasgos fundamentales de nuestra existencia, y eso ya es un mundo. En ese sentido, habría que recordar la monumental y casi irrealizable inscripción en un antiguo portal: “Conócete a ti mismo”. No se trata de una invitación bondadosa, sino de una orden atroz. La verdadera literatura, esa que huye de los manuales de autoayuda tipo Coelho, nos muestra de manera frontal que la naturaleza humana está cruzada por el mal, por esa capacidad nuestra de infligir daño a los demás, característica que, incluso, le hemos asignado a los dioses y semidioses de nuestra invención. Carl Jung -en Respuesta a Job- habla del alegato jurídico que ocurre entre el Dios bíblico y el humano que es Job, sometido este último a aceptar su sino, so pena de ser fulminado por un rayo de su dios amoral si se rebela a su voluntad tirana. El argumento de Job es la moralidad misma que posee y que su dios es incapaz de comprender por carecer de ella.

Conocernos a nosotros mismos es, por lo tanto, reconocer que somos capaces de tanta bondad como de su proporción exacta de maldad. La literatura “virtuosa” que nos muestra un mundo feliz termina siendo una literatura endeble y de baja calidad, más por el fondo que por la forma. Los seres humanos somos campos de batalla sangrientos, en los que operan permanentemente fuerzas antagónicas que, a su vez, son el motor de las dinámicas sociales. No nos vayamos a confundir y pensar que estoy proponiendo dedicarnos a leer o hacer la literatura del odio, pero es indudable que una literatura basada sólo en exponer las virtudes no necesariamente contribuye a hacer de este un mundo mejor. Sin caer en ese didactismo a ultranza de la virtud, la bosta de los caballos que maculan la nieve en Bola de sebo son un buen ejemplo de buena literatura y de esos conflictos que revelan la naturaleza contradictoria inserta en nuestro ADN.

Al decir lo anterior surge otra de las utilísimas características de la literatura: su función reveladora. En palabras de Harold Bloom, las mejores obras de la literatura ayudan al lector y al escritor a entrar a «zonas desconocidas y temerarias». Existe una caricatura que muestra al escritor con un fósforo encendido frente a un túnel en cuya entrada hay una flecha y un cartel que dice: al inconsciente. Faulkner decía que los escritores lo que hacen con sus libros es “encender un fósforo diminuto en medio de la rotunda oscuridad que nos rodea”. Roberto Bolaño pensaba que para escribir bien (digamos que también para “leer bien”) había que “meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío”. Por su parte, Hermann Broch dice que es inmoral aquella literatura que no descubre algún terreno de la existencia hasta entonces desconocido.

Cada uno sabe o intuye cuáles son esas «zonas desconocidas y temerarias». De no ser así, nos corresponde descubrirlas, y en eso la literatura juega un papel importante. El sentimiento de orfandad y desamparo que destila de la confusión y angustia de las guerras, de existir en estas sociedades opresivas, así como de nuestra fragilidad como organismos corruptibles, mortales y efímeros, nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte. La literatura nos coloca frente a ese túnel con la pregunta de Midas a Sileno: “¿qué cosa debe preferir el hombre por encima de todas las demás?”. El túnel, o Sileno, responde: “raza fugaz y miserable, hija del azar y del dolor, ¿por qué me fuerzas a revelarte lo que más te valiera no conocer? Lo que debes preferir a todo es, para ti, lo imposible: es no haber nacido, no ser, ser la nada. Pero después de esto, lo mejor que puedes desear es morir pronto”. La literatura puede ayudarnos a enfrentar esa respuesta no desde la imposibilidad de la inexistencia, puesto que esta es imposible en tanto hay alguien que pregunta, según Sileno, sino desde la existencia de las preguntas que dan cuenta del ser que existe detrás de las interrogantes. Las preguntas, la literatura (en tanto es una larga y compleja pregunta), son una demostración de la existencia y un consuelo temporal entre el nacimiento y la muerte.

Quiero hablar, también, del poder de la literatura para estimular la imaginación, pero quiero deslindarlo de la boba noción de que imaginación es pensar en arcoíris y unicornios que, paradójicamente, ya fueron imaginados y no hace falta sobrepoblar el mundo con más. En lugar de eso, prefiero, sólo como ejemplo y de manera sucinta, vincular la literatura y la imaginación a los conflictos sociales y al compromiso. Terreno espinoso.

Todo escritor se plantea en algún momento de su vida la relación que existe entre lo que escribe y los conflictos sociales de su entorno. Algunos lectores también lo hacen al confrontar la correspondencia entre sus lecturas y la sociedad en la que acontecen esas lecturas. Entonces es posible que surja un nuevo conflicto interno de carácter moral, ético, que lleva siglos de existencia. Las respuestas tienden a ser de carácter dicotómico: se escribe y se lee contra el sistema o a favor del sistema. Indudablemente, esas respuestas son válidas en su origen y colaboran en la configuración de nuestras personalidades individuales y colectivas. El error es inscribir la literatura en una militancia dura, desprovista de una visión integral del mundo, de sus ciclos y dinámicas. Al hacerlo, se elimina una de las características fundamentales de todo acto creativo, que es el derecho a la disidencia, y se atenta contra la imaginación que permite prefigurar otras realidades, otros mundos, de anticiparse a los apocalipsis y proponer alternativas para la sobrevivencia. El peligro de una literatura de ese tipo es ceder al mercado ideológico de compraventa del acto creativo.

No quiero decir que el escritor o el lector deban ser entidades sin posiciones políticas, estéticas o de cualquier otro tipo. Es su prerrogativa. Pero otra cosa es que los mecanismos de escritura y los motivos de lectura deban, indefectiblemente, estar signados por una voluntad ciega que sólo percibe un lado de la realidad. Se necesita imaginación para salir de las encrucijadas ideológicas y las interpretaciones históricas y sociológicas de corto plazo, para ascender a terrenos donde la humanidad puede ver su transcurso y horizonte desde perspectivas nuevas. Se necesita, cada vez más, una distancia crítica con respecto a todo lo que se nos propone como salvación en el mar de los espejismos. Imaginar es, en esencia, buscar las verdades más profundas en los lugares menos trillados, en el camino menos transitado, como en el poema de Graves, y para eso es necesaria cierta capacidad de disenso que presente alternativas a las comunes percepciones del mundo. Javier Cercas lo dice de esta manera: “toda literatura auténtica es literatura comprometida, al menos en la medida en que toda literatura auténtica aspira a cambiar el mundo cambiando la percepción del mundo del lector, que es la única forma en que la literatura puede cambiar el mundo”.

Por supuesto que hay mucho más que decir acerca de esa pregunta inicial, pero dejémoslo hasta aquí, para no cansarlos. Entre más cerillas se enciendan, quizá sea más fácil ver lo que hay adentro del túnel.

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