Breves apuntes sobre la imagen de la patria en la poesía hondureña

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Pedro Henríquez Ureña afirmaba, a principios del Siglo XX, que la literatura latinoamericana había tomado dos caminos: “uno en el que se persiguen sólo fines puramente artísticos; otro en el que los fines en perspectiva son sociales”. América Latina, lugar de disputa desde la llegada de los europeos, ha tenido siempre a la literatura como un reflejo de los cambios sociales. En Honduras los progresos en literatura han sido escasos y han tardado en llegar, desde que nombres como Lucila Gamero, Froylán Turcios, Juan Ramón Molina o Arturo Martínez Galindo consolidaron, también a principios del Siglo XX, la idea de la existencia de una “literatura hondureña”.

Después de muchos años sumergida en el Romanticismo, esta literatura hondureña se fue volviendo decididamente costumbrista hasta ver florecer eso a lo que ahora se le llama Realismo Social. La imagen de la patria fue cambiando también a lo largo de los años, pero más allá de las expresiones literarias derivadas del espíritu neoclásico, no hubo grandes manifestaciones que dieran cuenta de ese cambio.

Como punto de partida está, probablemente, la poesía publicada por la Generación del 50. La imagen de la patria comienza a ser difundida y junto a ella, la problemática social. Obviamente, esta visión está conformada desde diferentes puntos de vista; la imagen de la patria varía según los autores. Algunos muestran optimismo mientras que otros expresan lo contrario.

La evolución de este tema en la poesía llama la atención, pues en el caso de la narrativa pareciera que, después de las novelas de Ramón Amaya Amador, inscritas dentro del Realismo Social, los autores más sobresalientes del país han optado por alejarse un poco del camino en el que “los fines en perspectiva son sociales” e inclinarse hacia los “fines puramente artísticos”. Ahí están Eduardo Bähr, Julio Escoto y Roberto Castillo, por ejemplo, que no dejan de abordar asuntos propios del contexto social en sus cuentos y novelas, pero que sobresalen más por sus aportes a la renovación estilística de la narrativa hondureña.

Es seguro que la visión de la gran mayoría de los autores hondureños está influenciada por la realidad social, pero el tema de la patria, específicamente de la imagen de la patria, ha decaído de cierta manera.

Pompeyo del Valle escribe algunos de los poemas con más sentido patriótico de la época. “Honduras”, poema que ha sido recogido de la selección de Jorge Luis Oviedo, refleja el estado de un país en conflicto: “Sobre esta Honduras de fusil y caza,/ de asfixiado color y amarga vena,/ se oye gemir el mapa de la pena/ que en murallas de sal se despedaza./ Bajo esta Honduras de metal y maza,/ de enterrado perfil-laurel y arena/ como un tumulto de cuchillos suena/ la atormentada sangre de la raza”. De esta forma se describe a un país lastimado, pero que aún con eso, mantiene la esperanza de sanar. Los versos de Pompeyo del Valle recorren el camino a la esperanza. Más adelante continúa: “Pero otra Honduras de potente aurora,/ decidida y total y vengadora/ alza la frente perseguida y bella./ Porque una tropa juvenil se agita/ bajo su cielo y en su voz gravita/ el porvenir, fundado en una estrella”.

Este autor particularmente refleja optimismo y patriotismo en su poesía. El poema “Lempira, primera semilla de la libertad” deja claras las intenciones de su obra. El poema está compuesto por cuatro estrofas en las que el objetivo principal es enaltecer al héroe. El deseo de libertad y la fe de lograr a base de lucha un futuro libre de injusticias conforman la idea principal de la poesía de la primera mitad del siglo XX.

Algo similar ocurre con Óscar Acosta en algunos de sus poemas: “El nombre de la patria” es una de esas composiciones que pertenecen a lo que antes llamé “optimismo patriótico”. En este poema Acosta trata de describir el país, su nombre, sin llamarlo propiamente. Es sin duda uno de los poemas más enaltecedores de la imagen de la patria que se han escrito en Honduras. Las constantes imágenes llevan a quien lee a una paradisiaca descripción de un ambiente: “Mi patria es altísima./ No puedo escribir una letra sin oír/ el viento que viene de su nombre./ Su forma irregular la hace más bella/ porque dan deseos de formarla, de hacerla/ como a un niño a quien se enseña a hablar,/ a decir palabras tiernas y verdaderas,/ a quien se le muestran los peligros del mundo”. Así comienza y así termina. Sin embargo, en Mi país (1971), en el poema con el mismo nombre, aunque la intención sea siempre engrandecer la imagen patriótica, comienzan a verse menciones de la violencia que, aunque revelada a pequeña escala, está ahí: “Mi país está hecho de niños/ ciegos,/ de mujeres olorosas a ropa,/ de sujetos violentos,/ de ancianos/ de bruces sobre el olvido”.

Como ya mencioné, la visión de la patria siempre ha sido distinta según quien se expresa. Para esos mismos años (entre 1970 y 1975) Roberto Sosa publicaría el poemario Los pobres. La visión que muestra Sosa de la sociedad es contraria a de la poesía de Óscar Acosta. El desapego, el desinterés, son muestras de que la vida en esta parte del mundo no tiene mucho valor. Resalta en Sosa el hecho de no mencionar a la patria; habla de ella, forma parte del punto central de sus poemas, pero el nombre no sale a relucir, porque está de más. En donde sí se menciona es en el poema “Secreto militar”: “La historia de Honduras se puede escribir en un fusil,/ sobre un balazo, o mejor, dentro de una gota de sangre./ Llegará, en su día,/ la sombra al lirio”. Este poema denota sed de justicia, afirmando que “llegará, en su día”. Han pasado cincuenta años, sin embargo…

Es ésta una poesía que resulta de la desafortunada realidad de Honduras, sumida en la corrupción, en la pobreza y en la violencia. Para cuando Pompeyo del Valle publica sus poemas entusiastas, los problemas y la desigualdad social ya estaban presentes en el país. Lo mismo sucede con la poesía de Óscar Acosta, que, en cierta medida, parece aún más alentadora que la de Pompeyo del Valle. Sin embargo, Roberto Sosa y su poesía darían un vuelco en el que la realidad sería expuesta de manera hermosamente trágica.

La obra de Roberto Sosa está indiscutiblemente ligada a la pobreza de la gente: “Los pobres son muchos/ y por eso es imposible olvidarlos”. Los elementos centrales de su poesía son la injusticia y la desigualdad. La imagen que logra transmitir en su obra es la de un país desunido, en el que nadie vela por las necesidades de nadie, sino por los intereses propios. Maldice a quienes, aún siendo parte de la población marginada, se suman a los que marginan, negando su realidad y su pasado. Esto es lo que expresa “Malditos bailarines sin cabeza” del poemario Un mundo para todos dividido (1971): “Aquellos de nosotros/ que siendo hijos y nietos/ de honestísimos hombres de campo,/ cien veces/ negaron sus orígenes/ antes y después/ del canto de los gallos./ Aquellos de nosotros/ que aprendieron de los lobos/ las vueltas/ sombrías/ del aullido y el acecho,/ y que a las crueldades adquiridas/ agregaron/ los refinamientos de la perversidad/ extraídos/ de las cavidades de los lamentos./ Y aquellos de nosotros/ que compartieron (y comparten)/ la mesa/ y el lecho/ con heladas bestias velludas destructoras/ de la imagen de la patria, y que mintieron o callaron/ a la hora de la verdad, vosotros,/ -solamente vosotros, malignos bailarines sin cabeza-/ un día valdréis menos que una botella quebrada/ arrojada/ al fondo de un cráter de la Luna”.

La poesía de Roberto Sosa marca un antes y un después en la idea de la imagen de la patria en la poesía hondureña. Quien haya pasado por este poeta habrá cambiado su visión del país. La imagen de la patria que Sosa expuso quedó grabada en el inconsciente colectivo de los poetas emergentes.

La segunda etapa de la vanguardia literaria en Honduras estaría compuesta por un grupo de poetas entre los que destacan Rigoberto Paredes (1948), José Luis Quesada (1948), Galel Cárdenas (1945) y José Adán Castelar (1941). La poética de estos autores sobresale en gran medida por tener una voz fresca y nueva, comprometida, en cierta medida, con la denuncia social pero también preocupada por la expresión de hechos cotidianos a a través de la ironía.

La visión de la patria cambiaba de nuevo, del mismo modo en que el sentido del patriotismo. José Antonio Funes publica Modo de ser (1989), y dentro de ese poemario destaca “Porque estamos en guerra”, poema en el que la sensación de desinterés es palpable, en el que la idea de que el conflicto constante en el país no deja que la belleza florezca: “La ciudad ha cerrado sus puertas/ y vuelve el sopor/ arrastrando su cola de polvo entre los espejos del día (…) Nadie pregunta aquí por la poesía,/ pero seguimos arando sobre tierra y mar/ hasta que reviente la estación donde se pudran las cáscaras del odio”. Posteriormente, en Agua del tiempo (1999), el tema reaparece de la misma forma que en el primer poemario. De manera sutil Funes muestra su interés por la patria, por lo que pasa y por cómo acabarán las cosas: “Se filtra la angustia/ y viene desde ese paisaje profundo de la infancia,/ aquel deseo inútil de las frutas prohibidas/ y una puerta cerrada para siempre/ justo al final de la travesía de los sueños”.

Cinco años después de la publicación de Modo de ser, Jorge Luis Oviedo aparece en la escena respondiendo al llamado social con Lamento por todos (1994), libro en el que el poema con el mismo nombre sobresale como un grito, exigiendo justicia, o simplemente haciendo memoria a quienes desaparecieron en la época de los 80´s. Estos hechos acaecidos durante esa década tenían que salir a relucir tarde o temprano. Aun así, lo escrito sobre los desaparecidos durante esa época es escaso.

Los hechos que ocurren en el país sólo logran que el desapego siga creciendo, conforme pasan los años la problemática aumenta y la desdicha se refleja en la poesía. El sentido patriótico está cada vez más apagado.

Otro poema publicado años después y que recoge la imagen del país como punto central de la obra es “Noción de patria”, de León Leiva Gallardo: “te ensartaron en un asta/ cuando sólo eras dos brazadas/ de género pálido y azul…”. Ilustra la imagen y refleja la negación de la libertad.

Muchos poemas han surgido en las últimas décadas en Honduras con el tema de la patria, la gran mayoría con un tono de reproche, de desencanto y de desarraigo. La imagen estará siempre ahí para los poetas, eso es inevitable en un país como Honduras, que mantiene con obstinada vigencia sus problemas sociales e incluso los actualiza año con año, pero esa imagen entusiasta, hasta cierto punto optimista a pesar de la realidad, que representaron Pompeyo del Valle y Óscar Acosta no parece tener cabida en los poetas de las nuevas generaciones, que desde la poesía de Sosa tienden al pesimismo y a la desesperanza.

2 Comments
  1. Hazelle says

    Increíble perspectiva .

  2. Hazelle says

    En mi opinión este es uno de los mejores artículos que he leído en Tercermundo, incluyendo claro , “¿Para qué sirve la literatura?” .
    Por cierto , definitivamente tiene aire de Cerati .

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