El vaivén de los significados

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Sapir, Whorf, Deutscher, Chomsky, Everett, las eternas compañías del escritor en sus pequeños raptos creativos. Cada uno metiendo baza en su cabeza, nombrándole el mundo a su manera. Y por más que el escritor lea y relea sus hipótesis descomunales, siempre sospechará que hay algo que se queda afuera, que no encaja allí. Una idea fútil que agujerea el fondo de sus investigaciones, que conspira contra los razonamientos lingüísticos que los empujaron al pugilato. Al escritor le gustaría concluir que la lengua es una monserga, dar un manotazo a la página y poner pies en polvorosa, pero no puede hacerlo. La materia del mundo es verbal, lingüística, según los supuestos de estos científicos del lenguaje, y todos estamos encasillados de alguna manera dentro de esta materia.

Salir a las calles y pasear por ellas no basta y, emborracharse, tampoco. La calle es una larga sucesión de frases hechas y la botella contiene un vocabulario completo. La lengua está en todas partes, según Sapir y Whorf, y decide el destino de los hombres; para Noam Chomsky sólo se trata del esbozo de un destino universal que cualquiera puede sortear con elegancia. Mientras que Everett piensa que hay huecos en la cultura producidos por el asentamiento de la lengua en la conciencia que empujan a la humanidad a liberarse de su origen religioso.

Con tanto enunciado rebotando en el cráneo, es sensato imaginar que la realidad es una imposición descabellada. Hay algo que se nubla cada vez que lo volteamos a ver y las palabras son los únicos indicios con los que contamos para que no se borre del todo. Las palabras hacen surgir las cosas de esos rincones del espacio, las llevan a la cabeza y nos restriegan los significados o por lo menos nos ayudan a comprender volúmenes, fuerzas, colores, trazos, rencores, malevolencias, juicios, vicisitudes, estampidas. Nos permiten transitar el caos y salir indemnes de él.

Mientras pasea, el escritor puede elegir a su lingüista favorito: con Sapir hay que tener los sentidos en tensión: la lengua es una encrucijada y se puede terminar en el agujero del infierno saboreando los rescoldos de un determinismo escabroso. Whorf trató de sacudirle las aristas a las ideas de Sapir y junto a Guy Deutscher propusieron una leve mejoría conceptual, imaginativa; su relativismo consuetudinario solo puede sostenerse en la cabeza del lector gracias a la variada gama de colores que componen el arcoíris. Con Chomsky asistimos al cruce genético, esa idea de la universalidad de las almas. ¿Y Everett? Éste niega la recursión del mundo gramatical y somete a los hablantes a la experiencia personal y directa, nada de números, memoria colectiva o representaciones religiosas o artísticas. ¿De quién hacerse acompañar, entonces?

Como el escritor todavía no se decide, el cuerpo acelera la marcha, trompica. También el desplazamiento es verbal, un núcleo de desinencias tirando las piernas hacia adelante. El bulevar que ha tomado está libre de adverbios; sustantivos en forma de gránulos de asfalto replican su caminata impostada. Uno que otro pronombre detrás de los rostros de los conductores que pasan con sus “rapiditos” endiablados. El sol con su adjetivo fácil, hasta aquel lugar del puente en que los verbos se traban.

No hay hacia dónde caminar, el tráfico se ha roto y las interjecciones sacuden el dolor en las gargantas de los curiosos. Qué habría pensado Everett ante tanta calamidad. En esta tribu que bordea el puente de Megaplaza tampoco los verbos reconocen el futuro. La acción vive un presente perpetuo. Me acerco y miro. Cinco metros y medio de caída libre, más el cemento reforzado que aprieta como el granito. La muchacha debió de hacer un clavado perfecto. La disposición de los objetos indirectos en forma de pelotas de sangre preludia la noticia. Todos están de acuerdo en eso, menos Whorf desde su indagación abreviada de la realidad. Al investigar entre los nativos Hopi de Norteamérica, Benjamín Lee Whorf se dio cuenta de que su lengua no tiene expresión gramatical que denote tiempo, por lo tanto, dedujo que sus acciones cotidianas deben ser validadas por la voz del hablante para ser consideradas como ciertas.

Aquí, en el puente de Megaplaza, hay que validar todo desde el principio. Desde las causas hasta las consecuencias que muchos confunden. El escritor decide escuchar la voz de la multitud. Murmullos en sordina o los verdaderos chillidos. La lengua entrampada en el puente, el lugar que ha escogido la muerte para renegar de los significados. Después de media hora de entonaciones y falsetes, el escritor saca la siguiente conclusión.

A esta chica la roía el amor. No hay lenguaje para eso o sólo el que propone la muerte. Con Eduard Sapir uno puede creer que el muchacho de que estaba enamorada la engañó, pensar que tenía un embarazo de tres meses y un pánico del demonio a sus padres. Incluso, puede considerar que vivía en un mundo diferente al que le mostraban sus sentidos. Si las palabras determinan lo que percibimos, es factible imaginar al muchacho huyendo de aquel amor que roía el interior de la muchacha o dejándole recados encriptados en los árboles. Al otro lado de ese mundo que percibía la muchacha estaba su barrio plagado de niños que esculcan en la basura. Basta un asomo en él para arrojarse, para darse cuenta que nada tiene valor y que la vida no es más que un chapuzón en el fango.

A Whorf le hubiera agradado sostener que la muchacha no estaba enamorada del todo. No había por qué lanzarse al vacío, al menos que alguien la empujara. La realidad de la chica no difería de la del muchacho del que estaba enamorada, aunque usaran términos disparejos y volubles. Sin embargo, lo importante era la experiencia, la categorización de los problemas de la comunicación sentimental. La muchacha orientaba sus afectos hacia el muchacho, pero había un hombre casado que también entraba en ellos. El embarazo podría ser cierto, sólo que inútil, puesto que ninguno de los dos estaba dispuesto a encararse con aquella responsabilidad. La muchacha percibía el mundo desde su corazón y allí no mandan las palabras ni la lengua. Tampoco los razonamientos de unos tipos inteligentes que recorrieron el mundo en busca de pruebas para refutarse.

Otra versión de la historia rechaza todos los hechos. El escritor se da cuenta rápidamente que es la idea más generalizada entre los grupos. Para una madre descuidada es fácil renunciar a las volubilidades de la hija. Como hizo Deutscher con el prisma de los colores, lo importante es saber de dónde surge el estímulo y cuáles son sus variantes.

Si no existe ningún amor de por medio, este es el suicidio más triste que existe. Lanzarse del puente es un hecho vacuo, carente de significado y explicación. El lenguaje no tiene cabida allí y de nada sirve que el escritor haya llegado a tiempo y que cavile acerca de la realidad y de los elementos que la componen. En caso de que la madre de la muchacha tenga razón, se ha sufrido por nada.

A último minuto aparece un tipo que espera salvar la situación. Trae la versión de los medios, la que se antoja a los micrófonos y cabe en el recuadro de la cámara. Es un palurdo que entra en volandas con cara de sabérselo todo. Acaso haya leído el relato de los Amantes de Teruel en internet y quiera trasplantar la historia. San Pedro Sula no tiene trazas para ello, pero con un poco de paciencia se le puede seguir la corriente. Lo primero que hace es idealizar los espacios: el puente de Megaplaza deja de ser la burda joroba de cemento y el barrio que lo rodea adquiere matices de Montparnasse. Sin embargo, lo traiciona la lengua, todo es improductivo y raquítico en su expresión, hasta sus clichés. El tipo revisa los documentos que hay en cada rostro de los curiosos y toma una determinación: la historia es digna de los principales titulares, hay que inmortalizar a los protagonistas. San Pedro Sula merece tener una patética realización amorosa que sobrepase las lenguas y los tiempos.

Al escritor le empieza a parecer todo esto una zafiedad. Hay que respetar, aunque sea una vez, los designios del cerebro, que no del corazón, que siempre se delata solo. La muchacha pretendía llevar adelante su numerito en solitario. No le importaban las teorías ni la mezquindad humana. Ella y el corazón decidieron todo, lo demás sólo es una serie de equívocos que cada cual interpreta a su manera o como lo ha entendido a partir de las teorías del lenguaje. El hecho de que todo parezca ahora un desatino de la naturaleza se debe a la intromisión de ese tipo de los medios y a la discordia de las lenguas que, desde la Torre de Babel, han empujado a los hombres a la disensión.

Poner un poco de orden en la historia le corresponde al escritor, pero ahora se encuentra con el ánimo desgastado. Según los mecanismos de la lengua en una narración, todos dicen la verdad y todos mienten, incluso cuando ya no hallan qué decir y guardan silencio. Nadie es capaz de acercarse al hecho concreto sin intentar encubrir algo de él. Ni el mismo escritor que se ufana de haber arrastrado en su carrera gramatical a Sapir, Whorf, Deutscher, Chomsky y Everett. ¿Qué se puede hacer para terminar con esta historia cuanto antes, entonces?

Tal vez soplar sobre lo que ha dicho y borrarlo del todo. Seguir caminando como si nada. Traspasar el bulevar, ir contra el sol y su adjetivo fácil, lograr alcanzar cuanto antes aquel lugar del puente en que los verbos ya no se traban. Prescindir de las palabras, negarles todo su contenido, aniquilarlas. Sin palabras a la vista ya no existen los acontecimientos, el puente se halla desolado en toda su magnitud, la muchedumbre extinguida, ninguna muchacha se ha arrojado al vacío y el amor es un hueco abierto en el espacio.

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