Katastrophé en tres actos

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Gustavo Campos publicó en 2012, bajo el sello de la Editorial Nagg y Nell, el libro de cuentos Katastrophé, un texto breve en cuyas páginas una voz crítica denuncia la devaluación de la literatura y otras formas artísticas en la actualidad.

A partir del prólogo “Un escritor mirando un mundo que no le satisface” el lector descubrirá algunos elementos clave en la motivación temática del libro tales como el desencanto y las aficiones personales del autor, quien, según la prologuista, Jessica Sánchez, “se nos antoja joven, desencantado, lleno de experiencias marginales y referencias posmodernas: libros, autores, medios visuales, cine” (pp.7).

Katastrophé se divide en tres partes: “La parte de las historias”, “La parte de los meidosems” y “La parte de los apuntes”, cada una con textos que oscilan entre la narrativa y la reflexión con un tono ensayístico. Esta idea, en teoría, resulta atractiva por la determinación por parte del autor de establecer un contacto más íntimo con los lectores a través de las anécdotas y meditaciones presentes en los relatos. Sin embargo, el objetivo de Campos no logra desarrollarse con el éxito esperado, pues las historias cuentan con un desarrollo muy poco elaborado con personajes planos, de escaso interés para el lector.

“Historial de estupideces”, perteneciente a “La parte de las historias”, presenta a dos amigos que emprenden un alocado y peligroso viaje en motocicleta a través de la ciudad de San Pedro Sula y sus alrededores. En su trayecto se ven constantemente amenazados por el peligro, al que ignoran motivados por el alcohol y la adrenalina, sintiéndose inmunes a la muerte:

Borrachines y libres, inconscientes, sin un carril para nosotros los ebrios, íbamos tentando a la muerte como si la vida estuviera en la obligación de protegernos y seguir brindándonos nuevas oportunidades (pp.41).

Aunque existen reflexiones que, como la anterior, resultan originales, estas son escasas y se ven opacadas por la descripción de eventos vergonzosos producto del estado de ebriedad de los protagonistas, situación que convierte al relato en una simple anécdota de una noche de copas:

Mi amigo no pensó en detenerse, así que el carro nos persiguió y bajaron de él un par de tipos con pistola. Le quitaron la llave a la moto y el sujeto llamó a la policía. (…) Al ver que estábamos demasiado ebrios los tipos se rieron y guardaron las pistolas. Ay, papá, con razón, si es que andan a pija (pp.44).

Es fácil perder el interés en la lectura, pues ésta se vuelve tediosa ya sea por los objetivos difusos del argumento o por los razonamientos poco creativos. En “Breve crónica de la muerte de la poesía” el autor intentó crear un relato crítico sobre la poesía, quizá sobre su decadencia, en la que un grupo de intelectuales inconformes decide destruirla de forma simbólica: “La mató como si el asesinato contribuyera a la imagen de los del Grado Cero. Y lo peor de todo es que algunos de sus amigos contribuimos” (pp.59). Lastimosamente la anécdota no cumple con las expectativas y más bien resulta lamentable, centrándose más en las riñas del narrador con uno de los miembros del grupo, razón por la cual no participa de “la quema de la poesía”:

Mishima que ni se me acerque, le dije a Yorch y le di un abrazo. Le pedí disculpas por no haberlo acompañado a quemar esa mierda en su cumpleaños, que recordara que lo habíamos planificado desde el año pasado cuando recién muerta la poesía y que ya era hora de enterrarla de una buena vez por todas (pp.62).

La crítica queda empañada por completo y el resultado es un cuento simple y, hasta cierto punto aburrido. Otro elemento que dificulta la lectura de los relatos es el diseño de los personajes ya que estos se vuelven muy esquemáticos y poco verosímiles. Casi todos fueron esbozados con personalidades arrogantes, son “intelectuales” de beber y quejarse, y nada más. En “Teoría musical no de Spitzer, sino de Rolando” se mantiene el mismo bosquejo de personalidades; Rolando, autor de las teorías musicales, al igual que el resto de sus compañeros, se caracteriza por ser un “audaz dipsómano” cuya particularidad radica en las relaciones que establece entre la música popular y algunas teorías filosóficas, las cuales sirven solamente de entretenimiento para sus compañeros:

No sabíamos con exactitud de qué hablaba o qué rumbo o giro tomaría sus disquisiciones. Nos intrigaba. Por supuesto nosotros conocíamos algunos teóricos citados, mas no la asociación disparatada que no hacía más que mantenernos expectantes acerca de qué nuevo significado habría encontrado en equis o ye canción (…). Sabíamos que era por juego, con la única sana intención de entretenernos (pp.49).

Más allá de esta función del personaje, el relato no desarrolla a profundidad ningún objetivo; si acaso, se aprecia la intención de denunciar algunos aspectos negativos de la sociedad hondureña, como la falta de interés por el arte, pero sin nada concreto. Lamentablemente estos esquemas en los personajes y el poco desarrollo argumental son aspectos que no favorecen a las historias; sin embargo, “La parte de los Meidosems” y “La parte de los apuntes” son un poco más amenas y honestas, sin las excesivas pretensiones malogradas de la primera parte. En “Meidosems II”, por ejemplo, el autor presenta a un narrador que se debate entre seguir escribiendo y buscar la felicidad:

Hace meses que no, nada más me dedicaba a revisar lo que había escrito con anterioridad, a dilatar, a pensar, a huir de mis pensamientos, a incluirme con responsabilidad al sistema, pero me han regresado los meidosems. Fui feliz por ratos. He sido feliz, no lo niego. Hay que reconocerlo (pp.108).

Debe destacarse que este libro, si bien tiene sus fallos, muestra el intento por parte de su autor de crear literatura, pero en el futuro tendrá que considerar que para escribir buenos relatos no basta con la conjunción de unas cuantas noches de copas y otras tantas buenas intenciones. La literatura requiere de algo más y hay que seguir en la búsqueda.

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